
Si en julio de 1990 era sorprendente que Madonna actuara en Vigo, mucho más alucinante fue que, en un momento dado, rompiera su calculada puesta en escena para cantar con la camiseta del Celta. La cosa quedó ahí hasta hace un par de años, cuando el club lanzó una edición especial de aquella camiseta y empezaron a aflorar sus imitaciones.
Ahora es uno de los modelos más populares en la grada de Balaídos, pero esto no solo ocurre en Vigo. No hay más que fijarse, porque se han normalizado a nuestro alrededor. Quizá lleves una encima sin darte cuenta. Con el mundial, la camiseta blanca de España, de toque retro, prolifera en bares y terrazas. Muchas otras del mismo estilo, de selecciones o clubes históricos, son desde hace un par de años el atuendo oficial de muchos festivaleros, visten a famosos e incluso inspiran el merchandising de grandes grupos. Las camisetas de fútbol retro se han convertido en el uniforme de una humanidad que corre sin descanso en la rueda del pasado.
A primera vista, puede tener sentido: a diferencia de las actuales, aquellas eran de calidad, con el escudo y la marca bordados, con publicidad de empresas icónicas y el dorsal de ese ídolo en extinción, el one-club man. Fueron la imagen del fútbol puro, de quienes lo vivían desde dentro, un objeto de culto para quien de verdad lo deseaba y se identificaba con él; eran la sotana de quienes predicaban un deporte que estaba a punto de gentrificarse. Camisetas experimentales, creativas, que, como la música y el cine de entonces, buscaban cada año romper los moldes con un diseño que miraba al futuro. Hoy nos las ponemos justo por lo contrario, por regodearnos en un pasado disfrazado de ¿pureza? Esas camisetas, como la infancia de quienes las veían en televisión, guardan algo genuino a lo que queremos volver. ¿Por qué?
La moda empieza a finales de la primera década del siglo XXI: las camisetas que el DJ Paul Kalkbrenner popularizó en la película Berlin Calling (2008) se extendieron a toda velocidad por las raves de esa década y la siguiente, en un ambiente todavía contracultural. Luego fue el turno del chándal clásico de Adidas, también muy futbolero, que el diseñador ruso Gosha Rubchinskiy sofisticó con una serie de adornos, despojándolo de su connotación obrera y gopnik (un colectivo urbano ruso asociado a la delincuencia). La prenda marginal por excelencia se convertía en una declaración de intenciones contra las modas de clase alta.
Entonces, las camisetas clásicas ya se cotizaban al alza en mercadillos y tiendas de segunda mano. En 2006, dos frikis con instinto visionario fundaron en Inglaterra la tienda Classic Football Shirts, tras detectar cómo sus búsquedas aumentaban en eBay. También en España hay marcas especializadas en imitaciones (omiten la marca original) que colaboran con los clubes: sin ir más lejos, la camiseta del Celta que Madonna vistió en su concierto. E incluso LaLiga celebró una jornada retro en abril de este año.
Quizá el boom estalló en el mundial de Rusia de 2018, cuando reaparecieron vulgares reediciones de la última camiseta de la selección soviética, o cuando Nigeria pegó un pelotazo con su equipación tributo al mundial de 1994, diseñada por Matthew Wolff. Giorgio Armani, Dior, Stella McCartney, Yohji Yamamoto o Balenciaga también se subieron a la ola futbolera.
Poco a poco, la estética hooligan, sin ninguna de sus connotaciones culturales, se infiltró en prácticamente cualquier ámbito. El merchandising de Fontaines D.C. es, directamente, una camiseta de fútbol. Lo mismo pasa con Oasis, cuya línea de ropa en colaboración con Adidas se convirtió en el uniforme oficial del verano de 2025 en el Reino Unido, un país que lleva treinta años intentando regresar a los noventa —quizá en esa falta de originalidad también el Reino Unido esté innovando—. Hay ejemplos a patadas en cualquier país al que vayamos.
Puede que obedezca a algo tan sencillo como el poder adquisitivo: la generación que fue joven en los años ochenta o noventa tiene más recursos que las siguientes para gastar en las prendas de su juventud. Y, en la actual apoteosis del consumismo, cada producto que se lanza al mercado debe ser una apuesta segura. Mejor repetir fórmulas conocidas que probar otras por conocer. Si en los años noventa era imposible predecir cómo sería el disco que arrasaría el año siguiente, desde los años dos mil no dejan de reiterarse los mismos esquemas, sonidos y texturas. La época del remake y el remix.
De hecho, por primera vez, el pasado está permanentemente disponible: a través de internet, se puede acceder a una cantidad ilimitada de grabaciones y es más fácil que nunca comprar imitaciones u originales de segunda mano. Este es uno de los argumentos a los que recurre el teórico cultural británico Mark Fisher para explicar lo que Franco Berardi llamó la «lenta cancelación del futuro» y el hecho de habernos quedado atrapados en un permanente deseo de volver a lo que ya fue. «Mientras la vida se acelera, la cultura se ralentiza», decía Fisher en 2014, en una conferencia sobre la incapacidad de la cultura popular para renovarse. «Incluso la palabra futurista se refiere a la estética de cómo en los años ochenta y noventa pensaban el futuro —reflexiona—, no a cómo lo vemos nosotros».
En una cafetería de Oporto, el escritor y pensador portugués Valter Hugo Mãe me explica que «la nostalgia no es exactamente querer vivir otra vez lo mismo; todos echamos de menos la infancia, pero nadie quiere volver a ser niño; no tiene sentido. La nostalgia implica respeto por lo que sucedió, pero no la voluntad de que se repita». Mãe interpreta esta tendencia como el síntoma de una «ciudadanía infantilizada que desea repetir siempre las mismas fórmulas, típicas del entretenimiento infantil o de TikTok». Estancándonos en la niñez o en el pasado, «no somos capaces de ver el futuro, lo que implica una percepción de muerte o de posmuerte de la humanidad y, por eso, parece que el pasado es el único camino, lo único que nos dignifica. Mira los discos de Taylor Swift: los últimos son iguales a los primeros y responden a fórmulas del siglo XX. Yo creo que, sin entenderlo, estamos intentando que el tiempo no avance. Ahora, crear es repetir», concluye.
Así también lo ve W. David Marx en Status and Culture (2022): «Los pioneros e innovadores de la clase creativa son ahora comisarios y archivistas. Los creadores aplicaron el corta y pega de los samples del hip-hop a casi cualquier expresión artística». En ese sentido, Marx cita a Gilles Lipovetsky, que ya en 2005 preveía que «el tiempo no estará estructurado por un presente absoluto, sino por un presente paradójico, un presente que exhuma y redescubre el pasado incesantemente».
Es decir, «la vanguardia es ahora retroguardia» (Simon Reynolds, Retromania, 2011), porque nos interesamos más por las tendencias del pasado inmediato que por las del futuro cercano. Y «si la vanguardia pretendía ser algo seminal, la retromanía es una vasectomía cultural» (Marx) que centra nuestros esfuerzos en repetir y repetir y repe…
Y —última cita, lo prometo— Gueorgui Gospodínov, en Las tempestálidas (2022), lleva esta intuición a la literatura: «En alguna parte, el pasado existe como una casa o una calle que uno abandonó por un momento, solo cinco minutos, antes de encontrarse en una ciudad desconocida. Está escrito que el pasado es un país extranjero. Disparates. El pasado es mi patria. El futuro sí que es un país extranjero, lleno de rostros extranjeros, no pienso poner un pie allí».
Vamos, que el fenómeno viene de largo, se nota en la música, en el cine, en la literatura y en la moda. (Queda implícito lo que esto está suponiendo en política). El tirón es tan evidente que ya no solo regresan las camisetas antiguas, sino que también inspiran las nuevas colecciones para evocar un pasado supuestamente mejor. Quizá lo que echamos de menos sea, más bien, una época en la que se experimentaba con el cuerpo, con la música, con las ideas, con la ropa; una época en la que el mundo llegaba a nuevas fórmulas. Echamos de menos, precisamente, lo que las camisetas retro nos echan en cara cada vez que nos las ponemos: la incapacidad de innovar, de mirar al futuro y arriesgar.






