Sociedad

Del Rin en el 406 a la valla de Ceuta, bárbaros contratados para contener a otros bárbaros

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Migrantes cruzan desde Marruecos a la ciudad autónoma española de Ceuta, el jueves 30 de julio de 2026. (Foto AP/Antonio Sempere)

1.

Estamos en el año 406, la gente se acumula en los márgenes del Rin con el anhelo de vivir en las estructuras de Roma. Son vándalos asdingos y silingos, alanos empujados desde las estepas, suevos que arrastran carros con mujeres, niños y ganado. No vienen a destruir un imperio, vienen a entrar en él, a cobrar sueldos, a comprar vino, a que sus hijos hablen latín y coman en vajilla de terra sigillata.

Enfrente, la frontera está más despoblada de lo que Roma quisiera admitir. Estilicón ha ido retirando unidades del limes renano para frenar a Radagaiso en Italia y para vigilar a Alarico, de modo que la vigilancia del río queda encomendada a los francos federados, asentados dentro del imperio con tierras y sueldo a cambio de hacer de tapón. Bárbaros contratados para contener a otros bárbaros. Roma no defiende el Rin, lo subcontrata, y esa noche no hay un solo soldado romano en la orilla. Funciona durante un tiempo. Los francos salen al encuentro de los asdingos y los derrotan, y en ese choque muere su rey Godigiselo, con miles de los suyos sobre el barro. Entonces la caballería alana de Respendial gira, carga y deshace la línea franca.

El paso se abre. La tradición dice que el río está helado, que la gente cruza a pie sobre el hielo la última noche del año, aunque puede que sea solo una imagen posterior, demasiado hermosa para renunciar a ella. Lo que sí ocurre es que Mogontiacum cae, y Borbetomagus, y luego Reims, Amiens, Arras, Tournai. Jerónimo, desde Belén, escribe su Epístola 123 y enumera ciudades como quien recita a un muerto.

Nadie que esté hoy en esa orilla piensa que está inaugurando el fin del mundo antiguo. Creen que negocian su acomodo, un pacto más, un foedus como tantos. Tres años después estarán en Hispania, repartiéndose provincias a suertes, y las estructuras que anhelaban habitar seguirán en pie un rato, vacías por dentro, sosteniendo a quienes solo querían entrar. La frontera aguantó exactamente lo que aguantó el subcontratista.

2.

Ceuta, año 2026. La gente se acumula en la otra orilla con el mismo anhelo de siempre, entrar en las estructuras de Europa. Vienen andando, corriendo, en moto, en coche, jóvenes y familias con bebés, mayores, personas con movilidad reducida, en una fila interminable que baja por el paseo marítimo de Fnideq. Otros se lanzan al agua desde el espigón del Tarajal, y en el mar quedan flotando chanclas, flotadores, ropa. Al menos nueve no llegan.

Esta ciudad lleva más de seis siglos siendo frontera. La toman los portugueses en 1415 con Pedro de Meneses al frente, pasa a la Corona española en el siglo XVII y se queda del lado europeo cuando el resto del mapa cambia de dueño. Lo que separa hoy las dos orillas no es un río helado sino diecisiete kilómetros de estrecho y una valla levantada en los años noventa, un limes con sensores y concertinas que funciona mientras alguien lo vigile.

Y ahí está la clave antigua. La contención del perímetro no la ejerce España, la ejerce desde hace décadas el país que está al otro lado, pagado para retener a quienes vienen. Son los francos federados del 406, con una diferencia que empeora el trato, y es que este contratista reclama para sí la ciudad que custodia. Esta madrugada esos agentes se retiran del área y el paso se abre. Después llega la distancia formal, la mención a la «ejemplar colaboración» y la culpa atribuida a las redes de tráfico. Ya ocurrió algo parecido en 2021, mientras se dirimía en un hospital español la suerte del líder del Frente Polisario.

España moviliza al Ejército. Nadie que cruce esta noche cree estar inaugurando nada. Creen que negocian su acomodo.

3.

El chantaje ya no necesita ejércitos. Marruecos es una monarquía donde el poder real se concentra en palacio, con un PIB per cápita que ronda los cuatro mil dólares nominales, cerca de un tercio de la población activa ocupada en la agricultura y una economía informal que absorbe a la mayoría de los que trabajan. Tampoco se libró de la primavera árabe, sencillamente la digirió. El Movimiento 20 de Febrero llenó las calles en 2011 y la respuesta fue una reforma constitucional que desactivó la protesta sin tocar el fondo del poder, que es una manera mucho más eficaz de sobrevivir que reprimir.

Lo que le queda a esa generación urbana de Casablanca, de Tánger, de Fnideq, es mirar al norte. Se organizan solos, sin que nadie tenga que empujarlos. Y ahí está el activo real del reino, que no es el fosfato ni el turismo, sino los diecisiete kilómetros que administra. Rabat vende contención a Europa y cobra en política exterior, además de cobrarlo en euros, porque Bruselas lleva años transfiriendo cientos de millones en programas de gestión migratoria que son, literalmente, el sueldo del federado. La frontera se aprieta o se afloja según convenga, y el gesto es siempre el mismo, retirar unos días la vigilancia, dejar que corra la voz, esperar en el balcón. Hoy la ventana se abre coincidiendo con la Fiesta del Trono, aniversario de la entronización de Mohamed VI.

El precedente está documentado. En abril de 2021 España acoge en un hospital de Logroño a Brahim Ghali, secretario general del Frente Polisario, y semanas después entran en Ceuta miles de personas, buena parte menores. Diez meses más tarde, Pedro Sánchez firma la carta que reconoce el plan marroquí de autonomía sobre el Sáhara como la base más seria, creíble y realista, alineándose con lo que Donald Trump había concedido en diciembre de 2020. La presión obtuvo exactamente lo que buscaba, y quedó registrada como método.

4.

Así que la pregunta pertinente no es quién salta, sino qué se está negociando ahora, y aquí el patrón habitual falla. Marruecos no tiene sobre la mesa ningún agravio bilateral que justifique el gesto. Consiguió el Sáhara en 2022, consiguió la reapertura de las aduanas de Ceuta y Melilla, y la relación con Madrid atraviesa su mejor momento en dos décadas. Cuando el chantaje no busca nada al otro lado de la valla, conviene mirar más lejos.

Y mirando más lejos, el alineamiento es difícil de ignorar. El reconocimiento del Sáhara que Trump firmó en diciembre de 2020 fue el pago por la entrada de Rabat en los Acuerdos de Abraham, y desde entonces Marruecos es el socio norteafricano de Washington y de Tel Aviv. España, mientras tanto, reconoce el Estado palestino, decreta el embargo de armas a Israel y se planta en la cumbre de La Haya negándose al 5% del PIB en defensa, lo que le vale amenazas arancelarias directas del presidente estadounidense. Un Gobierno español erosionado por una crisis migratoria en pleno verano no le viene mal a nadie de ese lado del tablero, ni a sus terminales domésticas, que llevan horas culpando a Moncloa de una frontera que abre otro país.

No hace falta un cable secreto ni una reunión en un sótano. Es sufiente con que los intereses antiespañoles coincidan y alguien, en Rabat, sepa que la ventana puede abrirse sin coste. Lo demás lo hace la desesperación de veinte mil chavales que ven como se vive en Europa en sus móviles y no tienen nada que perder. Hay que destacar también el instrumento que corresponde a una injerencia de este tipo es la situación de interés para la Seguridad Nacional de la Ley 36/2015, no la emergencia de interés nacional de protección civil, que es otra ley y otra cosa. Exigir la segunda para reprochar que no se declare es hacer ruido. Porque el que subcontrata la frontera deja de tener frontera. Tiene un contrato, y los contratos se renegocian cuando al proveedor le conviene. Roma lo aprendió la última noche del 406 y tardó dos generaciones en entender qué había pasado.

Los que cruzan a nado, mientras tanto, no deciden nada. Son el instrumento, igual que los suevos del 406 no decidieron el fin del mundo antiguo.

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