Sociedad

El lujo inmobiliario de Barcelona

128 Barri de la Catedral Barcelona al fons la Via Laietana 1925 1926 vista aC3A8ria

Leí La ciudad de los prodigios siendo muy joven, en un verano largo en el que me sentía encerrada en la ciudad. Estaba preparando mi primer catálogo para una exposición de cierta relevancia y no pude irme de vacaciones. Recuerdo la sensación de sopor por las tardes en las que ni siquiera se podía salir a pasear y busqué refugio en la lectura. Sin saber muy bien por qué elegí la novela de Eduardo Mendoza sobre la ciudad que en ese momento detestaba como una especie de autocastigo.

Tras leer las primeras páginas me di cuenta de que aquella Barcelona no tenía relación ninguna con la metrópolis en la que me encontraba. Eduardo Mendoza la convertía en algo que respiraba, una criatura inmensa que crecía a empujones entre dos exposiciones universales y arrastraba consigo a las personas como la marea arrastra la arena. Onofre Bouvila llegaba con las manos vacías y se hacía dueño de un mundo que estaba inventándose a sí mismo, y yo cerraba el libro con la certeza extraña de que la verdadera protagonista no era ninguna de aquellas figuras, sino la urbe entera, ese ser vivo que mudaba de piel con una frecuencia poco natural. Cuando por fin anocheció, bajé para pisar sus calles y las recorrí buscando el latido de la novela, convencida de que bajo el asfalto seguía palpitando el organismo que Mendoza me estaba describiendo.

La ciudad que él narró era una ciudad obrera y famélica, de barracas en Montjuïc y pensiones húmedas en el Raval, de chimeneas que dibujaban un horizonte de humo sobre el Poblenou. Aquel barrio fabril, el que llamaban el Manchester catalán, hervía de telares y fundiciones, de jornadas interminables y sueños modestos. Las calles que hoy recorro despacio fueron entonces territorio de inmigrantes recién bajados del tren, de muchachas que cosían hasta perder la vista y de hombres que aprendían que la ciudad daba y quitaba con la misma frialdad. Mendoza no idealizaba aquella miseria, la mostraba con ternura y crudeza a la vez, como quien quiere a un lugar precisamente por sus heridas. Y yo, al leerlo, aprendí a querer esa Barcelona desconchada antes incluso de conocerla.

Han pasado los años y la criatura ha vuelto a realizar la ecdisis con un frenesí impropio incluso para un insecto hasta convertirse en un objeto de deseo para una inmobiliaria de lujo. El Poblenou de las fábricas es hoy un distrito de naves rehabilitadas, lofts de techos altísimos y ventanales de hierro que antes encuadraban máquinas y ahora enmarcan salones diáfanos. Donde se apilaban los telares se despliegan ahora viviendas de diseño, suelos de cemento pulido, vigas vistas que conservan el recuerdo del trabajo como una cicatriz hermosa. La antigua chimenea que dominaba un patio industrial sigue en pie, restaurada, presidiendo un jardín comunitario por el que pasean familias que no saben —o que han elegido no saber— qué manos encendieron aquel horno. La transformación tiene algo de prodigio y algo de despedida, y cuesta mirarla sin un nudo de melancolía en la garganta.

El Raval que acogía a Onofre en sus primeros días de hambre se ha vuelto, en muchos de sus tramos, una sucesión de fincas regias devueltas a su esplendor modernista. Los principales de techos labrados, las galerías que filtran la luz de mediodía, los pavimentos hidráulicos que dibujan flores bajo los pies, todo aquello que la novela apenas dejaba entrever entre la penumbra de las pensiones, resplandece hoy en propiedades que se cuentan entre las más codiciadas de Europa. La ciudad ha hecho lo que siempre supo hacer, reinventarse sin renegar del todo de su memoria, guardar en cada cornisa rehabilitada el eco de lo que fue. Pasear por el Eixample, subir hacia las torres serenas de Sarrià y Pedralbes, asomarse al frente marítimo que antes fue arrabal industrial, es asistir al mismo movimiento incesante que me fascinó en las páginas de Mendoza, solo que ahora el organismo respira en otra clave, más pausada, más dorada, acaso más solitaria.

No quiero leer este cambio con acritud de boomer, porque las ciudades no traicionan, simplemente continúan, y lo que siento al caminar por estos barrios transfigurados se parece más a la nostalgia que se tiene de una persona querida que ha cambiado de vida y a la que seguimos reconociendo en un gesto, en una mirada, en el modo de decir nuestro nombre. La Barcelona actual ya no muestra las capas de todo lo anterior; los fantasmas obreros que habitan bajo el parquet de espiga y las molduras restauradas ya no forman parte del relato que transmiten inmobiliarias de lujo como Living.

Vivir aquí no es ocupar un espacio nuevo sino instalarse en un palimpsesto, en una ciudad que ha escrito y reescrito su historia sobre las mismas piedras. Cierro el libro por última vez, en un piso alto desde el que se ve el mar que Onofre soñó conquistar, y entiendo que la fascinación de aquel verano no se ha apagado. La ciudad sigue viva, sigue mudando de piel, sigue siendo la criatura prodigiosa que Mendoza me regaló. Y habitarla, hoy, es un modo de seguir leyéndola.

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