Humor snob

Hipólito Ledesma, por su «’incomiable’ esfuerzo por poner en evidencia el entramado cultural patrio», gana el Premio Jot Down de Periodismo Insobornable

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Hipólito Ledesma viajando en busca de su merecidísimo premio

La noticia me pilló, como todas las grandes noticias, en mi mesa de la redacción, a cuatro metros del despacho del presidente del jurado. Un portavoz, cuya voz me resultó extrañamente parecida a la que me devuelve las piezas con anotaciones al margen, me comunicó por teléfono que la XLIII edición del Premio Jot Down de Periodismo Insobornable había recaído en mi persona. Confieso que lloré. Lloré como se llora cuando la justicia, tras décadas de rodeos, encuentra por fin tu domicilio. El jurado, compuesto por Ángel Fernández, Fernández Recuero, Ángel Luis Fernández, Ángel Recuero y un quinto miembro que el acta identifica únicamente como «Un sevillano», deliberó durante horas en una sala en la que, según testigos, solo se oía una voz. Los maliciosos han señalado que los cinco nombres guardan un parecido razonable con el de mi editor, que se llama Ángel Fernández, es sevillano y edita esta revista, pero el acta zanja la polémica certificando que se trata de cinco personas distintas y un solo criterio verdadero. Las discusiones fueron tensas. Ángel Fernández defendía mi candidatura con pasión, mientras Fernández Recuero, más templado, defendía mi candidatura con pasión. Ángel Luis Fernández llegó a amenazar con abandonar la sala si no se me premiaba de inmediato, a lo que Ángel Recuero respondió que él la abandonaría también, y el sevillano, que ya la había abandonado para pedir un tercio de cerveza, votó desde la barra. El fallo fue unánime, que es como deben ser los fallos cuando el jurado goza de buena salud mental o de una sola nómina.

El acta destaca mi «incomiable esfuerzo por poner en evidencia el entramado cultural patrio». Quiero detenerme en la palabra «incomiable», que no existe, porque me parece la elección más honesta del documento. Un jurado riguroso habría escrito «encomiable», pero un jurado riguroso también habría tenido otra composición, así que celebremos la coherencia. Los premios de este país llevan décadas redactando actas impecables para procesos impresentables, y ya iba siendo hora de que alguien invirtiera los términos.

Reconozco que la idea no es del todo mía. La inspiración me llegó esta misma semana, cuando la Asociación de Periodistas Europeos falló su premio anual de periodismo, ese que patrocina el BBVA, que entrega el Rey en un hotel de lujo y que este año ha celebrado la «crítica incansable al poder» mediante un jurado en el que se sentaban, entre otros, el director del periódico donde trabaja la persona premiada y la directora de Comunicación del banco que pone el dinero. Leí la nómina del jurado, leí el acta, leí las bases, que hablan de transgredir las presiones e influencias de los poderes, y comprendí que llevaba toda mi carrera haciendo el ridículo. Yo, que criticaba al poder gratis, por las bravas, sin banco, sin director y sin monarca, era un aficionado. La crítica al poder profesional se hace desde dentro del poder, con el poder de jurado, y a ser posible cobrando del poder los veinticuatro mil euros de la dotación. Aquel fallo fue mi camino de Damasco. Me caí del caballo y, al levantarme, comprendí que a mi carrera solo le faltaba un trámite: que mi editor constituyera el jurado. Lo hizo esa misma tarde, cinco veces.

Sé lo que están pensando. Que un premio otorgado por un jurado de jefes, amigos y futuros premiados carece de valor. Permítanme discrepar con la serenidad del galardonado. El barón de Münchhausen aseguraba haberse sacado de un pantano tirando de su propia coleta, con caballo incluido, y durante siglos lo hemos tratado como a un fabulador, cuando en realidad era un visionario del ecosistema cultural español. Aquí llevamos toda la democracia sacándonos de pantanos tirándonos de la coleta los unos a los otros en riguroso turno rotatorio, que es una versión coral del mismo prodigio. Yo simplemente he suprimido los intermediarios superfluos y he conservado el único imprescindible. Donde otros necesitan un banco, una asociación profesional, un jurado trufado de antiguos premiados y un jefe de Estado que entregue la medalla, a mí me basta un editor al que no le auguro mucho futuro. Llámenlo eficiencia. Llámenlo, si quieren, soberanía.

Porque el premio, entiéndanme, no es un reconocimiento sino un sacramento. En la liturgia del galardón el poder se administra a sí mismo la comunión, y el premiado hace de hostia consagrada, elevada ante los fieles para que todos comprueben que el milagro de la transubstanciación funciona, que el columnista de la casa se ha convertido, por obra del acta, en azote de los poderosos. La dotación económica cumple ahí la función del incienso. Nadie sabe muy bien para qué sirve, pero sin ella la ceremonia huele a poco. Mi premio está dotado con veinticuatro mil euros que mi editor me transferirá esta misma tarde de mi bolsillo izquierdo a mi bolsillo derecho, que en esta revista estamos sujetos a la normativa fiscal vigente y no queremos provocar a la Agencia Tributaria. La medalla, fundida en el bronce de una manilla de portal que ya no usábamos, ha sido diseñada por un escultor de la máxima confianza del jurado —que es mi editor— y me será impuesta en una ceremonia presidida por mi editor bajo la presidencia de honor de un retrato de mi editor en actitud pensativa.

Mi galardón viene además a inaugurar una familia de premios que la Asociación de Periodistas de Mi Salón convocará anualmente y cuyas bases adelanto aquí en primicia mundial. El Premio David contra Goliat, patrocinado por Goliat, distinguirá cada año al periodista que con más gallardía haya lanzado piedras de gomaespuma contra su propio patrocinador. El Premio Espejo de Plata al Periodismo Reflexivo será fallado por un jurado unipersonal instalado en el cuarto de baño del candidato, con voto de calidad en caso de empate consigo mismo. El Premio a la Voz Más Libre de la Redacción lo votará, como manda la tradición, el director de la redacción, que para eso conoce mejor que nadie los límites exactos de esa libertad. El Premio Ouroboros a la Trayectoria será concedido por un jurado formado íntegramente por futuros ganadores del Premio Ouroboros a la Trayectoria, en un esfuerzo pionero por dotar a la endogamia de dimensión temporal. Y el Premio a la Transgresión se entregará, naturalmente, en el salón de baile de un hotel de cinco estrellas, con esmoquin obligatorio y canapé de erizo, porque nada dice transgresión como un maître aprobando tu reverencia.

Habrá quien objete que estos premios ya existen con otros nombres, y con mejores patrocinadores. A esa gente le pido respeto por la propiedad intelectual ajena y le recuerdo que la parodia siempre llega tarde en un país donde la realidad madruga tanto. Uno diseña con esmero un galardón absurdo, con su banco del IBEX, su jurado de jefes, antiguos premiados y compañeros de pupitre, su rey de cuerpo presente y su acta proclamando la indomable independencia del premiado, y cuando va a registrarlo descubre que la Asociación de Periodistas Europeos lo falló el martes con los auspicios del BBVA, que auspiciar es lo que hacían los augures romanos, leer el porvenir en las vísceras de las aves, y aquí el porvenir se lee en las vísceras de la nómina. Escribir sátira en Españistán es competir en fotografía con un espejo. Él siempre tendrá mejor resolución.

Me preguntarán, por último, si no me sonroja recibir un premio de manos de mi editor. Y yo les responderé con la única filosofía que este país ha producido en abundancia, que es la del mérito reconocido a domicilio. Narciso no se enamoró de su reflejo por vanidad, como sostiene la leyenda, sino por profesionalidad. Presidía un jurado, miró el estanque, evaluó todas las candidaturas disponibles en la superficie del agua y premió a la de casa, que era la que mejor conocía y la única que no le llevaría la contraria en el discurso de agradecimiento. Es una circunstancia que solo escandaliza a quienes no han presidido nunca nada. Los griegos hicieron de aquello una tragedia porque no supieron verle el recorrido institucional. Nosotros hemos sabido. Le hemos puesto dotación, medalla, cóctel y nota de prensa, y lo hemos llamado ecosistema cultural.

Queda convocada, en fin, la próxima edición del Premio Jot Down de Periodismo Insobornable. Las candidaturas podrán presentarse en la sede de la Asociación de Periodistas de Mi Salón con propuesta motivada, y el galardón recaerá en aquella persona que obtenga la mayoría de los votos emitidos por el editor del galardonado. Las bases están a disposición de quien quiera consultarlas en quepais.com

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Un comentario

  1. Se me han saltado las lágrimas de risa. Vaya contubernio cultural que tenemos. Y coincido con usted señor Ledesma, si si jefe sigue tocándole las narices a las momias culturales recibirá muchas y serias maldiciones.

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