
Ya no cumplo años, cumplo meses, y quien me lo oye decir por primera vez suele tomarlo por una figura retórica cuando se trata de la unidad de medida con la que hoy organizo mi vida. Lo escribo con la esperanza de que le sirva de algo a quien acaba de recibir un diagnóstico como el mío, o a quien acompaña a alguien que lo ha recibido, sin intención de regalarle una esperanza fácil ni de asustarle más de lo que ya está, porque lo único que pretendo es contar, con toda la honestidad de la que soy capaz, cómo se vive esto por dentro.
He sido deportista toda mi vida, hasta el punto de haber corrido diez maratones y de haber estado en uno de ellos a punto de bajar de las tres horas, esa marca que tantos corredores populares persiguen durante años sin alcanzarla. Aquella disciplina convivía con una relación tensa con la báscula, que superó los cien kilos en más de una ocasión y que solo en los meses de preparación de una carrera bajaba hasta los ochenta y siete, puesto que comía de todo, con gusto, y el peso iba y venía con la misma facilidad con la que yo alternaba las rachas de entrenamiento serio con las temporadas relajadas. Me rondaba además un precedente del que nunca me libré del todo, el de mi padre, que murió en 1992, con cuarenta y siete años, de un carcinoma de vejiga provocado por el tabaco. Yo no fumaba como él, hacía deporte y cuidaba a mi manera la salud, y el cáncer llegó igualmente.
Los días anteriores al diagnóstico no trajeron ningún síntoma que anunciara la gravedad de lo que venía, apenas unas señales pequeñas que habrían quedado en anécdota si después no las hubiera atado entre sí, como unas digestiones distintas de las habituales, que me dejaban lleno con solo dos cervezas, o una orina que se fue volviendo anaranjada y oscura. Nada de eso me habría llevado a un hospital si los ojos no se me hubieran puesto amarillos de un día para otro, que fue lo que me hizo entender, un 28 de diciembre de 2024, que aquello nada tenía de indigestión pasajera y que tocaba ir a urgencias. El cáncer de páncreas resulta traicionero precisamente porque avisa tarde y con síntomas ambiguos, de manera que cualquier cambio raro y persistente en la digestión, en el color de la orina o en el de la piel merece una consulta antes que la confianza en que ya se pasará, esa confianza que a mí me duró hasta que el cuerpo no me dejó otra opción que hacerle caso.
En febrero de 2025 empecé seis ciclos de quimioterapia con el protocolo Folfirinox, cuyo objetivo era reducir un tumor de cuatro centímetros y medio alojado en la cabeza del páncreas y peligrosamente pegado a la vena porta, y que funcionó lo suficiente como para que el 20 de mayo pudiera someterme a una cirugía de Whipple, una intervención mayor que reconstruye parte del aparato digestivo. Tras la operación llegaron otros seis ciclos, esta vez adyuvantes, el último de ellos el 18 de septiembre, y la primera visita al oncólogo después de todo aquello trajo la noticia de que la anatomía patológica no podía haber salido mejor, con un matiz que no he olvidado, porque el cirujano solo había logrado dejar un margen de seguridad de siete milímetros alrededor de la zona del tumor cuando lo ideal habría sido un centímetro completo, un detalle que entonces pareció una pega menor dentro de una gran noticia.
Me recuperé y seguí adelante hasta que, en marzo de 2026, un TAC rutinario al que llegué preocupado porque no conseguía recuperar peso localizó una recidiva local, una bola de dos centímetros y medio que había crecido sin dar señal alguna de alarma. Recidiva, la palabra que yo no quería escuchar nunca, significa sencillamente que el tumor reaparece, en el mismo sitio o en otro cercano, después de haber sido tratado. El plan consistía en atacarla con radioterapia una vez que la quimioterapia la hubiera encogido, ahora con gemcitabina y Abraxane en lugar de Folfirinox, y aquel tratamiento me dejó sin pelo sin impedir que el tumor siguiera creciendo, mientras surgía la sospecha, después confirmada, de metástasis en el hígado, que era la segunda palabra que jamás quise oír y que también oí. El pasado verano cambiamos otra vez de plan para volver a Folfirinox, del que llevo dos de los seis ciclos previstos, con las defensas bajas y con un cansancio que cada día me deja algo más flojo, cosa que no escondo porque carecería de sentido esconder que este es un tramo duro.
Las estadísticas de supervivencia del cáncer de páncreas asustan de verdad a quien las lee al principio, puesto que son duras, varían mucho según el estadio en que se detecta, el tratamiento y la biología de cada tumor, y en muchos de los casos diagnosticados tarde hablan de una supervivencia media de unos pocos meses. Yo también leí esas cifras, que durante un tiempo me pesaron como una losa, hasta que fui aprendiendo que describen el promedio de un grupo y que nada saben del cuerpo de cada cual, de su respuesta concreta a la quimioterapia, de si su tumor puede operarse o de lo que la medicina investiga ahora mismo para gente como él. Quien se aferra a la cifra general recién salido de la consulta se hace un daño innecesario, dado que unos pacientes viven mucho menos que esa media y otros mucho más, y yo llevo veinte meses desde el diagnóstico, un número en el que he acabado centrando mi vida sin que ello suponga restarle gravedad a la enfermedad ni vender un optimismo que sería deshonesto.
Estoy en dos listas de espera para entrar en un ensayo clínico dirigido a mi mutación, KRAS G12D, una de las más estudiadas hoy en este cáncer y sobre la que trabaja mucha gente empeñada en dar justo en esa diana. Entrar podría darme unos meses más de vida, y quién sabe si entretanto la ciencia encuentra el tratamiento que marque la diferencia para mí o para quienes vengan detrás, una posibilidad con la que vivo sin tomarla por promesa y sin descartarla, y que me sostiene tanto como el mes a mes.
Me pregunto por qué a mí aun sabiendo que la pregunta carece de respuesta clara. Antes de que apareciera el tumor atravesé una época de bastante estrés, en la que se juntaron el trabajo, la familia y mi separación, y en la que el alcohol tuvo un papel que tampoco voy a ocultar, ya que, sin ser un bebedor problemático, tomaba mucha cerveza y de vez en cuando alguna copa. Ignoro si aquello influyó en la enfermedad, cosa que ningún médico me ha confirmado ni descartado, y prefiero contarlo tal cual porque forma parte de mi historia.
A quien haya llegado hasta aquí estando sano le pediría, por encima incluso de que recuerde mi caso, que no deje pasar un cambio persistente y sin explicación en su cuerpo, sea una digestión distinta, una orina de color extraño o unos ojos amarillos, dado que este cáncer apenas da síntomas claros en sus primeras fases y, cuando por fin avisa, lo sensato es acudir al médico enseguida. La ecoendoscopia permite explorar el páncreas con mucho más detalle que una ecografía convencional y, si bien no se recomienda como cribado para toda la población sana, se emplea para vigilar a quienes tienen un riesgo elevado, sea por determinadas mutaciones hereditarias o por contar con varios familiares directos que han padecido la enfermedad. Quien se encuentre en esa situación, o tenga a alguien de su familia en ella, hará bien en preguntar a su médico si le corresponde entrar en un programa de vigilancia, gracias a los cuales a algunas personas se les detecta el tumor en una fase muy inicial, cuando todavía puede operarse y las posibilidades de tratamiento son mucho mayores.
El peso psicológico, que no figura en los informes médicos ni en las estadísticas, quizá sea tan duro como el tratamiento. En todo este tiempo he tenido días malos, por supuesto, y también días muy buenos en los que quedo con amigos, tomo algo, me río y durante unas horas parece que todo está bajo control, aunque incluso entonces me acompaña una voz que no se calla y que aquí, en el sur, llamamos Pepito Grillo, esa vocecita que justo cuando mejor lo estoy pasando me susurra «que te lo estás pasando muy bien, sí, pero no se te olvide que tienes cáncer», y que nunca se me va de la cabeza. Desgasta de otra manera, siendo en apariencia algo menor, tener que repetir la misma historia una y otra vez, porque a quien está sano nadie le pregunta por su salud y a mí, cada vez que me cruzo con alguien a quien hace tiempo que no veo, la conversación me empieza siempre con un «¿cómo te encuentras?» o un «¿qué tal la quimio?», preguntas cuyo cariño agradezco muchísimo y que me devuelven una vez más a lo mismo, de modo que por mucho que uno quiera guardar la enfermedad un rato en un cajón resulta imposible sacársela del todo de la cabeza. Lo cuento porque dudo que quien no ha pasado por algo así pueda imaginar ese desgaste constante, de fondo, que no cesa ni en los momentos de alegría, y porque quien sí lo está pasando tal vez se reconozca en esa voz y en esas conversaciones repetidas y sepa que no está solo al sentirlo así.
A quienes, como yo, ya han escuchado las palabras recidiva o metástasis no voy a decirles que el panorama no pese, cuando a mí me pesa y mentiría si lo negara. Soy optimista a pesar de ello, porque estoy haciendo cuanto está en mi mano para curarme, desde la quimioterapia hasta llamar a la puerta de un ensayo clínico, y porque, si la cura no llegara a tiempo para mí, me reconforta pensar que todo lo que están aprendiendo conmigo, de mi mutación y de mi respuesta a cada tratamiento, pueda servirle a otra persona para que, llegado su momento, sí consiga sobrevivir. Mientras tanto sigo aquí, con la quimio puesta, con las defensas bajas y cansado, contando los meses uno a uno, y mientras los cuente seguiré escribiendo.






