
Cuanto escribo sobre el concepto de moral parte del estudio de la psicobiología humana y del mejor conocimiento contrastado de que disponemos sobre ella, porque pretendo proceder como lo haría un científico que trata de comprender, para después explicarlo, cómo funcionamos los seres humanos en cualquier lugar y en cualquier momento de la historia. Busco las claves que nos mueven a construir un grupo social organizado y a mantenerlo unido, las reglas que ordenan ese organigrama y que llegado el caso lo destruyen cuando nuestros desarrollos culturales alcanzan su ocaso, como dejó demostrado Arnold J. Toynbee en su célebre Estudio de la historia.
Desde que un grupo humano supera los diez o doce miembros y dispone de lenguaje y de cierta tradición, el engranaje que lo crea, lo desarrolla y lo mantiene unido es el conjunto de creencias compartidas, costumbres y pequeños conocimientos extraídos de la experiencia diaria que los padres transmiten a los hijos por adoctrinamiento, y que es aquello a lo que llamamos moral. Esa moral ejerce el «liderazgo cultural» que moverá al grupo mientras no la reemplace otra, cosa que alguna vez sucede de mutuo acuerdo, por agregación o por sumisión, y que casi siempre llega con la derrota, cuando el grupo vencedor impone la suya.
En el Amazonas, en algunos valles de los Andes y del Himalaya y en ciertas islas pequeñas perviven grupos que mantienen creencias chamánicas de hace miles de años y que nada cuentan en el organigrama general, como sabe quien haya leído Tristes trópicos, de Claude Lévi-Strauss, o Tótem y tabú, de Sigmund Freud. Conservan bastante importancia las morales religiosas hinduista y budista, aunque sean poco combativas, mientras que las que combaten de verdad, con guerras reales además de con propaganda, son la judía, la islámica e indirectamente la cristiana en sus distintas versiones. La marxista, que fue la que más combatió durante el último siglo, parece hoy de capa caída, salvo en su mezcla con las tradiciones confucianas, que es la que sostiene al Partido Comunista de China y a su aliada Corea del Norte y la que goza en estos momentos de mayor fuerza e influencia en el planeta.
Todas ellas están sometidas por igual al acoso y derribo de la moral nacida con la Ilustración, puesto que predican la sumisión irreflexiva a uno o varios dioses y rechazan que el ciudadano pueda situarse por encima de ese dios y de la estricta obediencia que se le debe. Tratan de sobrevivir frente a una moral laica que proclama la importancia del individuo y, más todavía, la de los ciudadanos en su conjunto como lugar donde residen el poder y la autoridad que antes se atribuían a dioses y espíritus, de manera que el combate contra las ideas de libertad, igualdad y fraternidad solo puede terminar con el triunfo de la concepción ciudadana o con el de la sumisión a los dogmas que todas esas doctrinas estipulan.
El conflicto por la primacía de una moral sobre las otras, por el «liderazgo cultural», enfrenta así a todas las viejas religiones e ideologías con las proclamas ilustradas. Los jóvenes y las personas estudiosas de cualquier país, vengan de la cultura que vengan, se acercan a los criterios occidentales y a su defensa de la persona, de los derechos ciudadanos y de su aplicación democrática, tal como la Hélade la creó y Roma nos la enseñó hasta la saciedad. Su símbolo ineludible es el Panteón de Roma, donde cada cual puede rezar al dios que crea conveniente sabiendo que lo único válido y aplicable son las leyes democráticamente creadas que facilitan el funcionamiento del Estado, en el que todos queremos y debemos ser tratados con justicia e igualdad.
Los conflictos culturales de nuestro tiempo, incluidos los que han desembocado en guerras declaradas, como el de Rusia con Occidente, el de Estados Unidos con Irán, el de la India con los musulmanes, el de la propia China con los uigures y tantos otros, se libran en torno a la cultura llamada occidental, representada por el desarrollo científico, heredero de la búsqueda de la verdad que nos enseñó Aristóteles de Estagira hacia el 330 a. C., y por el ágora helena o, en versión más perfeccionada, por el Senado de Roma, que demostró cómo se elaboran y aplican las leyes del Estado con carácter técnico, lejos de los dogmas caprichosos y volubles que salen de las elucubraciones de brujos y chamanes.
Muchos autores han señalado que la propia Ilustración está hecha de mitos y que se levanta sobre creencias y composiciones literarias, lo cual no le impide alcanzar cotas de comprensión, de razonamiento y de aplicación práctica, como la división de poderes o la proclamación de los derechos humanos, muy superiores a las de cualquier religión o ideología anterior, porque está construida, según enseñaron los griegos, a la medida del hombre. Los romanos, con su ciencia política primero y con un derecho de muchos componentes científicos después, probaron que para organizar un gobierno a la medida de los ciudadanos resulta más práctico aplicar criterios racionales, basados en el estudio de la naturaleza y de la condición humana, que seguir los viejos mitos, y quien quiera comprobarlo puede acudir a Cicerón, a Séneca y a las Meditaciones del emperador Marco Aurelio.
El debate de fondo que origina todo el conflicto es muy simple. De un lado están los brujos y chamanes, en nuestro caso los profetas, que elaboran sus teorías o reciben por vía mágica mensajes y leyes divinas, como Moisés, Jesucristo o Mahoma, a cuyos dogmas debe someterse el resto de los individuos si no quiere esperar la muerte violenta reservada a los infieles. Del otro, los ciudadanos mayores de edad, hombres y mujeres, que se reúnen en la plaza pública, sea el ágora o el Senado, para debatir y elaborar las leyes de conducta que se aplicarán a todo el grupo. Seguimos como niños obedientes o nos convertimos en adultos que, con muchos errores prácticos, intentan razonar y organizar sus vidas mientras corrigen poco a poco los desajustes sufridos y alcanzan mejores equilibrios sociales.
La psicobiología humana enseña que todos los conflictos sociales se han dado, se dan y se darán entre la neofilia y la neofobia, entre quienes desean el futuro y quienes lo temen, a los que solemos llamar progresistas y conservadores, como ilustra todo el desarrollo de la política británica y de las monarquías parlamentarias que la imitaron. A un lado se sitúan quienes nada tienen y sufren una situación social desfavorable, junto a los idealistas y creadores que sueñan con tiempos mejores y tratan de reformar o destruir unas instituciones y unas reglas que consideran perjudiciales porque las padecen, y al otro quienes viven más o menos acomodados, quieren conservar lo que poseen y temen que el cambio les arrebate los privilegios de los que gozan o que sencillamente les perjudique.
Basta observar el mundo actual para comprobar que el conflicto social enfrenta a las personas, instituciones, gobiernos y dirigentes religiosos que quieren mantener una situación que les concede privilegios económicos, sexuales y de poder con quienes no disponen de casi nada, se ven obligados a emigrar y piden que los nuevos tiempos y las nuevas ideas les concedan también a ellos esos privilegios. El conflicto moral, entendida la moral como el conjunto de ideas que construyen y dirigen las culturas y las civilizaciones, se libra por tanto entre las viejas religiones e ideologías, con el marxismo muy especialmente incluido por la rigidez de unas ideas copiadas de la Antigüedad, y la moral nacida de la Ilustración, todavía en desarrollo, que es la de las llamadas democracias occidentales, como puede comprobar cualquiera que analice la realidad social y observe cómo fluye.
Para seguir estudiando estos asuntos y alcanzar perspectivas de análisis mejores y más profundas solo disponemos de un camino, que es el del conocimiento y, después, el de más conocimiento.






