He fallado tres veces una prueba destinada a demostrar que no soy una máquina. En la primera imagen tenía que seleccionar todas las casillas que tuvieran semáforos y se me páso una en la que en la esquina se veía algo gris que tomé por una señal de tráfico. Desùés tocaba reconocer motocicletas, algunas reducidas a un grupo de píxeles con una sospecha de tubo de escape. La última fase de la prueba consistía en identificar pasos de peatones. Después pulsé «verificar» y me dispuse a esperar a que la máquina me identificase como un miembro de mi especie.
La situación era justa. Llevaba media mañana delante del ordenador, repitiendo gestos con una regularidad que cualquier observador habría considerado impropia de un mamífero, y el programa disponía de motivos para desconfiar. Aun así, molesta que una casilla de seis centímetros se arrogue la facultad de decidir quién merece comprar un billete de tren o averiguar el horario de una piscina municipal. Uno entra en internet creyéndose ciudadano y termina ante un mosaico de bocas de incendio, sometido a un examen oral sin examinador.
El CAPTCHA nació a comienzos de este siglo con un nombre que parece elegido para que nadie pueda recordarlo completo. Sus iniciales designan una prueba de Turing pública y automática destinada a separar ordenadores y humanos, aprovechando que todavía reconocíamos letras deformadas donde las máquinas encontraban ruido. Bastaba maltratar una palabra hasta que pareciese escrita durante un terremoto. «Panadería» seguía pareciéndonos panadería, mientras los programas dedicados a inundar internet con publicidad de casinos se atascaban ante una vocal torcida.
Alguien advirtió pronto que aquellos segundos de atención podían ponerse a trabajar. reCAPTCHA empezó a mostrar palabras procedentes de libros digitalizados que los sistemas de reconocimiento óptico no conseguían descifrar; cada usuario resolvía una palabra conocida, utilizada como control, y otra dudosa, con lo que millones de pequeñas molestias ayudaron a rescatar textos impresos que las máquinas habían leído mal. Más tarde aparecieron números de portales y fotografías de calles. Intentábamos entrar en una página y, por el camino, participábamos en la educación visual de los sistemas que estaban aprendiendo a interpretar el mundo.
El trato nunca fue presentado como tal. Ninguna ventana anunciaba que el precio de entrada consistía en unos segundos de trabajo gratuito, probablemente porque escribirlo habría estropeado la elegante ficción de que aquello se hacía por nuestra seguridad. Un semáforo o un autobús apenas parecían esfuerzo, y la escala quedaba escondida detrás de la insignificancia de cada gesto, como tantas faenas digitales repartidas entre personas que jamás se conocerán y cuyo resultado termina perteneciendo a una empresa que sí sabe sumarlas.
Cuando Google anunció en 2014 que sus algoritmos podían descifrar incluso los textos más difíciles de reCAPTCHA con una precisión superior a la humana, la competición reveló su peculiar reparto de papeles, pues uno de los participantes llevaba años entrenando al otro. Las letras retorcidas fueron desapareciendo y llegó la célebre casilla «No soy un robot», cuya aparente sencillez ocultaba un análisis del comportamiento. El sistema observaba el movimiento del ratón y otras señales antes de calcular el riesgo de que tras el clic hubiese un programa.
La prueba terminó examinando nuestra manera de vacilar. Durante años habíamos situado lo humano en la capacidad de reconocer aquello que una máquina no entendía; ahora podía localizarse en una trayectoria algo torpe hacia una casilla o en el tiempo perdido antes de pulsarla. La eficacia despertaba sospechas y, para conseguir que una máquina nos creyera, convenía dejar algún rastro de nuestra torpeza.
Las versiones actuales pueden actuar sin mostrar siquiera el examen y asignar una puntuación a cada visitante. La pregunta sigue presente, extendida por la navegación entera, mientras el sistema observa antes de pronunciarse y muchas veces resuelve el asunto en silencio; atravesamos páginas bajo una sospecha que rara vez llegamos a conocer. Cuando aparece el mosaico comprendemos que nuestra conducta no ha resultado suficientemente humana y recibimos una oportunidad de apelación mediante bicicletas.
Vuelvo a la imagen del paso de peatones, donde en el borde inferior queda un recuadro con dos franjas blancas que acaso formen parte del dibujo y acaso pertenezcan a una terraza. Termino por marcarlo y la página acepta la respuesta, desaparece el mosaico y me permite comprar el billete, aunque durante el resto de la operación conservo la impresión incómoda de que mi humanidad ha consistido, durante unos segundos, en dudar delante de una esquina de semáforo.







