
Me gustaría ser tan invisible
y tan necesaria.
(Margaret Atwood, «Variaciones sobre la palabra dormir»)
Si las letras tejen palabras, si las palabras trenzan sonidos, si los sonidos hilan sentidos, los silencios son la fibra que compone el tejido —el cuerpo de la poesía. La tinta vibra en el territorio del papel, vacío blanco que acoge la pausa y el paréntesis, lo invisible —el misterio de la poesía. Y las hebras movilizan significados en la fricción con lo establecido, áspera por el contrapunto, suave por el símil, pautada por el ritmo —el pensamiento de la poesía. Porque ahí —aquí— el lenguaje (re)nace y del verso transita a la prosa, y viceversa.
Bien lo sabe la creadora canadiense Margaret Atwood (Ottawa, 1939): el músculo poético palpita en su amplia obra y configura el horizonte de continuidad entre novelas y cuentos, ensayos y crítica cultural. La autora de El cuento de la criada (1985) y Alias Grace (1996) —ambas convertidas en series de televisión— inauguró su trayectoria con un poemario, Double Persephone (Doble Perséfone, 1961) y su último libro publicado, Paper Boat (Barco de papel, 2024) reúne una selección de textos de los veinte poemarios anteriores junto a poemas inéditos. «Cuando escribo poesía no sé si lo que escribo será el embrión de una nueva novela. Solo cuando la he terminado puedo decir qué constituye la clave de una novela, qué poema me condujo a ella. […] Es como si los poemas abrieran algo —una habitación, una caja, un camino— que la novela puede explorar», afirmó en la entrevista concedida a Mary Morris para The Paris Review, en 1990. Pues la poesía es, para Margaret Atwood, laboratorio y descubrimiento. Y cada camino abre también una puerta hacia la tradición literaria, en un diálogo personal con relatos míticos, figuras históricas y vivencias autobiográficas. Cada poema conduce a otra forma de nombrar la experiencia, en la lectura y la (re)escritura.
Perséfone y Casandra
Si dice el futuro del instante presente, la palabra es oráculo que anuncia la vida en la muerte. A la reina del inframundo, arrancada por Hades de un campo de flores, Margaret Atwood dedicó su primer poemario (cuya ilustración de portada, por cierto, dibujó ella misma con linograbado). Su Perséfone es doble, niña y mujer, suspendida ahora en «en el campo de jeroglíficas mentiras», en la tensión entre naturaleza y arte que el propio lenguaje amplifica con «palabras crueles como espinas». Las mismas que sufre Casandra, la sacerdotisa de Apolo que recibió del dios el don de la profecía y la maldición de no ser jamás creída por nadie. En Dearly (2020) —el poemario que Atwood escribió tras la muerte del novelista Graeme Gibson, su compañero de vida— imagina a la profetisa mientras se plantea rechazar el don, «entonces podría llorar por el fracaso», libre y desconocida.
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