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Fama: egos, fuegos y juegos

Fama egos, fuegos y juegos
La caza de serpientes con fuego en la India en un grabado de Stradano (Jan Van der Straet) en Venationes ferarum, avium, piscium, 1640.

La sociedad del espectáculo es un contenedor en llamas. Unos avivan las brasas soplando con entusiasmo y otros se arrodillan ante su fulgor. Ya no queremos estatuas, sino centellas y chiribitas que ahora brillan y en un rato se apagan. Por eso la fama, antaño hija del mérito, ha trocado el laurel por un bidón de gasolina. Preferimos arder en directo, como el célebre monje de Saigón, a vivir en silencio.

Miguel de Unamuno llamó «erostratismo» a la forma febril y destructiva de ansiar la fama a cualquier precio. Eróstrato, ya se sabe, quemó el templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo, con el único propósito de perpetuar su propio nombre. Las autoridades prohibieron mencionarlo, pero su fama sobrevivió a la condena. También lo hizo el impulso que lo animaba. 

Tal y como escribió Unamuno en Mi confesión —curioso texto escrito en 1904 y que vio la luz un siglo después—, se trata de una «dolencia que a todos los escritores, artistas y hombres públicos nos aqueja, de perpetuar nuestro nombre, ya que dudemos de perpetuar nuestra alma».

Hoy el erostratismo se ha democratizado y ya no es regalía de hombres públicos. Esa «furiosa manía de originalidad que destronca el alma», en expresión de Unamuno, se ha convertido en norma. De ahí que haya habido otros Eróstratos. Rubén Díaz Caviedes ha dado cuenta, en esta misma revista, de un alemán llamado Hans-Joachim Bohlmann que, a finales del siglo pasado, acudió con dos litros de ácido a la Alte Pinakothek de Múnich y los vertió sobre tres cuadros de Durero. 

¿Cómo curar esa manía? Unamuno proponía como antídoto la entrega al otro, aún reconociendo que hasta la bondad más pura puede ser peligrosa si se convierte en un último intento de «salvar el nombre». La paradoja nos devuelve al bonzo de Vietnam: ¡el mártir puede ser un pirómano!

Tres décadas después de Unamuno, Jean-Paul Sartre reformuló el erostratismo: no se trataba, a su juicio, de una enfermedad espiritual que pudiera ser redimida con el altruismo, sino una simple manifestación de la conciencia alienada. En el relato «Eróstrato», incluido en El muro (1939), un don nadie observa a las personas desde su sexto piso y las percibe como «hormigas». Movido por un súbito impulso de reconocimiento, baja con una pistola y se pone a disparar a diestro y siniestro. De golpe y porrazo, se siente alguien, ¡ahí es nada! Porque no es el mundo lo que quiere hacer saltar por los aires, sino su propio anonimato.

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3 comentarios

  1. Antonio Yelo

    Hagamos como las arañas: flotemos por encima del fuego, lejos de la hoguera de la vanidades.
    Qué gran artículo para, justo después de leerlo, desconectarte de redes sociales y noticias vacías y sin importancia. Al menos durante lo que queda de verano. Gracias, señor Freire.

  2. La fama, la fama. Me arriesgaría a decir que es como la democracia, una especie de prostituta generosa pero ingenua, pues acoge a todos sin importarle vicios o virtudes. Aquella muestra con oropeles y fanfarria a los ricos, bellos, ocurrentes o afortunados, y también a los pobres, a los marginados. Y esto duele. Me disculpe, pero tendré que ver nuevamente Heat pues me parece que en ese fantástico diálogo no se percibe en ambos una voluntad de dejar una huella. Y ya sería la cuarta o quinta visión. Creo que son dos obsesionados con lo que hacen sin importarles el futuro que les marcó el pasado, a uno la violencia, y al otro la soledad. Bella esa idea de las arañas que se dejan llevar sin anclas adonde el viento quiera. Mi batalla contra ellas la perdí, tiré la toalla. Que hagan lo que quieran. Después de todo estéticamente son fantásticas siempre y cuando no sean muchas, y de vez en cuando pagan un magro alquiler con algunos insectos desprevenidos con una danza ritual que hipnotiza, la víctima que se menea sin salir del centro y el cazador girándole atorno. ¿Las danzas, rituales o no, servirán a eso, a olvidar lo trágico? Mirar el cielo a través de una telaraña con gotas de rocio, es poder ver de día las constelaciones con un nuevo mapa de coordenadas suspendido entre las hojas de las plantas. Contundente artículo. Muchas gracias.

  3. Pingback: La fama y su relación con el ego y la destrucción - Hemeroteca KillBait

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