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El otro Eróstrato

Una radiografía de los daños en ‘El archiduque Alberto de Austria’ (Rubens, ca. 1618) tras el ataque de Hans Joachim Bohlmann y la pintura después de su restauración.
Una radiografía de los daños en ‘El archiduque Alberto de Austria’ (Rubens, ca. 1618) tras el ataque de Hans Joachim Bohlmann y la pintura después de su restauración.

El 29 de marzo de 1977, Hans-Joachim Bohlmann entra en el museo Kunsthalle de Hamburgo, saca una jeringuilla que lleva escondida en el abrigo y rocía con ácido el Pez dorado, un cuadro de Paul Klee. En la pintura, de 1925, se ve un pececillo de color naranja vibrante, que casi parece relumbrar, sumergido en un azul oscurísimo y nebuloso que recuerda a las profundidades abisales del océano. Es óleo sobre acuarela, una técnica poco convencional. Klee recurría a ella para conferir estas cualidades lumínicas a sus obras, pero a cambio debía ejecutarlas sobre papel en lugar de lienzo y aplicar un barniz muy fino sobre ellas, si acaso llegaba a barnizarlas. El Pez dorado, en resumen, es una obra delicada. Y Bohlmann lo sabe. Bastan unos segundos para que grandes chorretones de pintura oscura corroída embadurnen el pez resplandeciente y hasta disuelvan parte de él. Aunque el cuadro fue restaurado, y todavía puede contemplarse en la misma galería, el pececillo de Klee nunca recuperó su luminosidad original. Eso dicen los expertos. 

Muchos años después, en una entrevista que concede a la revista alemana Der Spiegel en 2005, Bohlmann confiesa que su objetivo era infligir el mayor daño posible. Había experimentado con otras formas de vandalismo (pintar esvásticas en lápidas, cortar árboles recién plantados, destruir los caballitos de un tiovivo… Hasta le había prendido fuego al altar de una catedral), pero ninguna movía la misma indignación pública que la destrucción de pinturas. «Cuanto mayor fuera el daño que causaba, y más grandes los lamentos que aquello ocasionaba, más importante me hacía. Otras cosas pueden reemplazarse, pero el trabajo de los antiguos maestros no. Era algo que le estaba quitando a la sociedad. Y disfrutaba con la reacción que suscitaba. Gracias a ello, ya ni siquiera necesitaba tomar antidepresivos».

Su primera víctima fue Klee, pero hubo muchas más. Bohlmann atacó cincuenta y cinco obras maestras durante los treinta años siguientes, incluyendo cuadros de Rubens, Durero, Rembrandt, Lucas Cranach el Viejo, Drost y Emil Nolde. Fue detenido y condenado en multitud de ocasiones, pero no sirvió de mucho: en cuanto salía de la cárcel o se escapaba del psiquiátrico, volvía a atentar contra un cuadro. Solía hacerlo con una jeringuilla, aunque también empleó un bote de espray, y empezaba siempre por la parte más importante de la imagen, como los ojos de las figuras. De este modo se aseguraba de efectuar el mayor destrozo posible en el tiempo que tardaban los vigilantes de las pinacotecas en abalanzarse sobre él. 

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