
La sociedad del espectáculo es un contenedor en llamas. Unos avivan las brasas soplando con entusiasmo y otros se arrodillan ante su fulgor. Ya no queremos estatuas, sino centellas y chiribitas que ahora brillan y en un rato se apagan. Por eso la fama, antaño hija del mérito, ha trocado el laurel por un bidón de gasolina. Preferimos arder en directo, como el célebre monje de Saigón, a vivir en silencio.
Miguel de Unamuno llamó «erostratismo» a la forma febril y destructiva de ansiar la fama a cualquier precio. Eróstrato, ya se sabe, quemó el templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo, con el único propósito de perpetuar su propio nombre. Las autoridades prohibieron mencionarlo, pero su fama sobrevivió a la condena. También lo hizo el impulso que lo animaba.
Tal y como escribió Unamuno en Mi confesión —curioso texto escrito en 1904 y que vio la luz un siglo después—, se trata de una «dolencia que a todos los escritores, artistas y hombres públicos nos aqueja, de perpetuar nuestro nombre, ya que dudemos de perpetuar nuestra alma».
Hoy el erostratismo se ha democratizado y ya no es regalía de hombres públicos. Esa «furiosa manía de originalidad que destronca el alma», en expresión de Unamuno, se ha convertido en norma. De ahí que haya habido otros Eróstratos. Rubén Díaz Caviedes ha dado cuenta, en esta misma revista, de un alemán llamado Hans-Joachim Bohlmann que, a finales del siglo pasado, acudió con dos litros de ácido a la Alte Pinakothek de Múnich y los vertió sobre tres cuadros de Durero.
¿Cómo curar esa manía? Unamuno proponía como antídoto la entrega al otro, aún reconociendo que hasta la bondad más pura puede ser peligrosa si se convierte en un último intento de «salvar el nombre». La paradoja nos devuelve al bonzo de Vietnam: ¡el mártir puede ser un pirómano!
Tres décadas después de Unamuno, Jean-Paul Sartre reformuló el erostratismo: no se trataba, a su juicio, de una enfermedad espiritual que pudiera ser redimida con el altruismo, sino una simple manifestación de la conciencia alienada. En el relato «Eróstrato», incluido en El muro (1939), un don nadie observa a las personas desde su sexto piso y las percibe como «hormigas». Movido por un súbito impulso de reconocimiento, baja con una pistola y se pone a disparar a diestro y siniestro. De golpe y porrazo, se siente alguien, ¡ahí es nada! Porque no es el mundo lo que quiere hacer saltar por los aires, sino su propio anonimato.
¿Cómo sobrevivir en un mundo en llamas? Los entomólogos han estudiado que las arañas se sirven de una técnica llamada ballooning, que consiste en formar una especie de parapente de seda para recolonizar zonas arrasadas por el fuego. Se suben a una rama, elevan el abdomen, segregan un finísimo hilo de seda y esperan a que el viento sople. Y entonces se dejan llevar, flotando a la deriva. Es bonito ese romanticismo aéreo. En un mundo arrasado por el fuego de la fama, ¿qué nos queda sino elevarnos, flotar y buscar otras corrientes?
En su exquisito Vida de las termitas, Maurice Maeterlinck vio en esas criaturas subterráneas un modelo de civilización: laboriosas, anónimas, organizadas… Lo cierto es que las termitas construyen sin ver, operan sin ego, viven sin nombre. Nosotros, creo, nos parecemos más a las hormigas: sujetos a jerarquías como las termitas, en efecto, pero también dados al conflicto, al sobresalto y a la deriva. Una termita nunca montaría en globo.
Ni siquiera el turismo de postureo ha logrado arruinar del todo esa liturgia aérea de subir a un cesto de mimbre. ¿Exagero si digo que montar en globo es una de esas pocas cosas que no se han vulgarizado? Encender una llamarada controlada y ver cómo el suelo se encoge, sin motores ni mandos, solo el viento y un hilillo de fuego, exhalado con cautela. ¡Arte de flotar sin dominar!
En la barquilla del globo no cabe mucho. Dos, tres personas; una bombona, un quemador y el viento. Solo queda dejarse llevar por la física y la providencia. El mérito, por tanto, no está en maniobrar, sino en saber soltar amarras en el momento justo. ¡Cuántos héroes han sabido esto! El doctor Fergusson, el profesor Tornasol… Hasta el inolvidable vejete de Up, que convierte su casa en globo por promesa a su mujer muerta. El aire es el único lugar donde no se finge.
Y mientras uno flota, bien alto y bien callado, el mundo sigue siendo un cafarnaúm de ruidos. Todo el mundo grita, todo el mundo quiere ser oído, todo el mundo quiere que los vientos de la diosa Fama oreen sus rebuznos.
En la mitología griega, Feme era el rumor de los dioses. Virgilio no imaginó a su equivalente romana como musa ni como ninfa, sino como una vieja chismorrera con alas de aguilucho; una suerte de arpía alada que todo lo veía, todo lo escuchaba, todo lo tergiversaba. Tocando su trompeta, extendía rumores sin importarle si son eran ciertos o no. Sembraba la discordia desde su aposento en las nubes, convirtiendo chismes en tempestades y susurros en gritos de guerra. A diferencia de los mortales, sus ojos jamás se cerraban; Hipnos, el dios del sueño, nunca logró derrotarla. Sin descanso ni tregua, Fama velaba por la maledicencia…
En su versión renacentista, la pintaron con una trompeta orientada hacia el oriente, como si con cada amanecer viniera una nueva tanda de rumores frescos. ¿No suena esto a cualquier patio de vecindad, a cualquier red social abarrotada de opinadores profesionales? Así se las gasta Fama, diosa pluriocular, pregonera incansable, que todo lo inquiere y todo lo revuelve, siempre con el ímpetu de un vendaval. Su aleteo no levanta brisas, sino brasas, y en vez de orear la verdad la enturbia, la infla y le prende fuego. Cada pluma es una chispa. Su batir de alas deja tras de sí un rastro de reputaciones hechas ascuas y honras convertidas en tizón.
¿Cuándo pasó de ser el fruto del mérito a ser una simple cuestión de volumen? Algunos, un poco distraídos, afirman que entonces se «democratizaba». Sea como fuere, antes era sinónimo de prestigio: ganada en la batalla, en la tribuna, en la obra bien hecha; ahora basta con darse a conocer, aunque sea por caer en una alcantarilla en directo, y ser seguido por mucha gente.
Se diría que la fama está al alcance de cualquiera, como un signo más de la horizontalidad de los tiempos. Lo cierto es que esta postura, la horizontal, invita al descanso del cuerpo y a la holganza del espíritu; y quien la adopta no solo tiende la osamenta, sino que también relaja la mollera, dejando que el seso se le desparrame. Y así, entre bostezo y bostezo, entre rascada de barriga y estiramiento de zancajos, el mundo se le vuelve un balneario donde la fama ya no es el laurel del mérito, sino el simple eco de su propio ronquido.
Hoy, que molicie y notoriedad van de la mano, la gloria —gloria, sobra decirlo, sin pedestal— es el arte de tumbarse a la bartola y esperar a que los likes vengan solos. Y mientras tanto, Fama sigue tocando su trompeta. Curioso eufemismo ese de que la fama se ha democratizado, cuando en puridad han prendido fuego al pajarraco, convirtiéndolo en una tea ardiente que todos nos pasamos de mano en mano.
La fama tiene algo de encantamiento y de hechizo. Nos atrae como el fuego que congrega a la tribu en medio del campamento. Si todo el mundo fija la vista en el fuego será porque en él se esconde algo sagrado, ¿no? Y así, en esta lógica circular, la celebridad se abona a sí misma: miramos porque todos miran, admiramos porque todos admiran.
¿Qué es aspirar a la fama sino aspirar al pináculo del mundo, al resplandor de las cumbres? Poco importa que en esa atalaya no haya cimiento ni peana, que bajo los pies del encumbrado no haya más que nubes pasajeras. Fastuosa es la vida que se le supone, rebosante de caprichos, sensualidades y trapisondas. Aunque no sea más que escenografía, el famoso es el espejuelo donde todos querrían verse reflejados. Basta con un vislumbre fugaz, un destello antes de que la sombra lo trague.
A falta de hazañas, que ardan las vergüenzas. Todo vale mientras haya humo. De ahí que ya no busquemos la gloria, sino la fama, que es como el descalabro de la estatuaria de mármol al muñecote de feria. Por fama podemos entender el tránsito de la persona al personaje, la alquimia perversa que convierte a uno en sombra de sí mismo. No se olvide la socarrona sentencia de Woody Allen en Annie Hall: «¿Popular? Nixon fue popular. Los hula-hoops fueron populares. Una epidemia de tifus es popular». Cantidad no equivale a calidad. Que algo sea conocido por muchos no lo hace mejor, sino simplemente más difícil de esquivar.
¿Todos seremos famosos durante quince minutos, como profetizase Andy Warhol? Entonces nadie lo será. Curioso es que quien vaticinase el auge de la celebridad exprés se quedara a vivir en la memoria colectiva, mientras sus sucesores periclitaban con la misma rapidez con la que habían ascendido. Eran ya hijos de nuestro tiempo, no del suyo. ¿No sería hoy fútil pretender recordar el nombre de aquel influencer que ayer nos jurábamos inolvidable?
«Cría fama y échate a dormir», reza el dicho, que remite a un tiempo en que ascender al Olimpo de la fama garantizaba vivir de las rentas y sin sobresaltos hasta la vejez. Hoy la comedia toma el cariz de una tragedia. ¡Cría fama y tendrás pesadillas!, cabría decirles a los más jóvenes, pues la fama, cuando está al alcance de todos, es nociva como la droga. ¿Seríamos juiciosos si a un empleado de banca o a un transportista le recomendáramos consumir cocaína a diario, y a ser posible, mezclarla con alcohol y tranquilizantes, por aquello de los nervios? No parece mal ofrecimiento, sin embargo, invitar a un café mañanero a nuestros compañeros de oficina. No es lo mismo, por tanto, ser famoso en el pueblo por contar chistes que buscar la fama por la fama.
«Es mala amante la fama / y no va a quererte de verdad», canta Rosalía. Nadie podrá acusarla de hablar de oídas. ¿Quién quiere no ser amado de verdad? Ser famoso no es bueno ni malo: es bueno o malo lo que nos lleve a ser famosos. A la postre, qué se le va a hacer, solo sirven las obras.
Fuego contra fuego es el título con que se presentó en Hispanoamérica Heat, la obra maestra de Michael Mann, donde Robert De Niro y Al Pacino se persiguen como galgos. El título alude a un fuego literal —el de los tiroteos urbanos— y también a un fuego figurado. Estos dos hombres se define por la intensidad con que arden y por su necesidad de dejar una estela, aunque sea de humo. Su persecución vesánica ha destruído sus vidas, pero los dos, encendidos como bengalas, saben que sin el fuego que los consume no son nadie. La famosa escena de la cafetería es un diálogo entre dos personas que no pueden bajar del globo sin estamparse.
Fuego contra fuego… No es mala metáfora del exhibicionismo perpetuo de nuestro tiempo. Si el mundo entero ha decidido convertirse en un incendio de egos inflamables, no queda otra que hacer como las arañas sabias: soltar un hilillo, elevar el abdomen con dignidad y esperar el soplo que nos aleje del barullo. Si todo se reduce a egos y a fuegos, yo prefiero jugar.








Hagamos como las arañas: flotemos por encima del fuego, lejos de la hoguera de la vanidades.
Qué gran artículo para, justo después de leerlo, desconectarte de redes sociales y noticias vacías y sin importancia. Al menos durante lo que queda de verano. Gracias, señor Freire.
La fama, la fama. Me arriesgaría a decir que es como la democracia, una especie de prostituta generosa pero ingenua, pues acoge a todos sin importarle vicios o virtudes. Aquella muestra con oropeles y fanfarria a los ricos, bellos, ocurrentes o afortunados, y también a los pobres, a los marginados. Y esto duele. Me disculpe, pero tendré que ver nuevamente Heat pues me parece que en ese fantástico diálogo no se percibe en ambos una voluntad de dejar una huella. Y ya sería la cuarta o quinta visión. Creo que son dos obsesionados con lo que hacen sin importarles el futuro que les marcó el pasado, a uno la violencia, y al otro la soledad. Bella esa idea de las arañas que se dejan llevar sin anclas adonde el viento quiera. Mi batalla contra ellas la perdí, tiré la toalla. Que hagan lo que quieran. Después de todo estéticamente son fantásticas siempre y cuando no sean muchas, y de vez en cuando pagan un magro alquiler con algunos insectos desprevenidos con una danza ritual que hipnotiza, la víctima que se menea sin salir del centro y el cazador girándole atorno. ¿Las danzas, rituales o no, servirán a eso, a olvidar lo trágico? Mirar el cielo a través de una telaraña con gotas de rocio, es poder ver de día las constelaciones con un nuevo mapa de coordenadas suspendido entre las hojas de las plantas. Contundente artículo. Muchas gracias.
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