
En el principio fue la música, especialmente «Tank», la vibrante sintonía con la que se abre cada capítulo. Compuesta por la artista Yōko Kanno e interpretada por la banda The Seatbelts. Una melodía de 03:30 minutos que se quedan en poco más de dos en una apertura al ritmo caótico e hipnotizante del beebop, en unos acordes que golpean violentamente el silencio sobre un anime de estética psicodélica. De esa manera me enamoré de Cowboy Bebop y eso sin ser especialmente amante del género procedente del país del sol naciente. Obra de los Estudios Sunrise en 1998, Cowboy Bebop consta de solo veintiséis episodios a los que siguió un largometraje estrenado en 2001 y que es el desarrollo de una subtrama que podría situarse entre los capítulos (llamados sesiones, puesto que hablamos de jazz) 22 y 23 de la serie original.
El argumento es sencillo y aparentemente podría no diferenciarse de cualquier otro producto del anime japonés: la Tierra es un planeta en ruinas como consecuencia de la explosión, en 2022, de una de las puertas hiperespaciales que la humanidad ha construido a lo largo del Sistema Solar. Así nos situamos décadas después en 2071, con la especie humana distribuida a lo largo de las diversas colonias construidas en distintos puntos de nuestro universo. A bordo de una vieja nave llamada Beebop viajan Spike Spiegel (exmiembro de la mafia Dragón Rojo que huye de su pasado) y Jet Black (un expolicía bonachón y amante de la cocina y la cría de bonsáis), tratando de ganarse la vida como cazadores de recompensas. A la tripulación pronto se unirán tres nuevos personajes: Faye Valentine (una muchacha que sufre de amnesia y de un erotismo desaforado), Ed (una niña de apariencia andrógina, genio de la informática) y un perro de nombre Ein. Sin duda, todo gira en torno a Spike, el claro protagonista, cuya historia centrará el desenlace existencial de la obra —«no voy allí para morir, sino para saber si todavía estoy vivo», confiesa a Faye en uno de los capítulos finales. Estamos ante un tipo cínico y bon vivant a partes iguales marcado por una abulia vital contra la que lucha durante toda la historia.
Sin embargo, pronto nos daremos cuenta de que el planteamiento inicial carece de importancia en una serie que poco a poco va ganando en contenido filosófico para centrarse simplemente en el desarrollo vital de sus protagonistas. Así, temas como la soledad, el humor, la amistad, el amor, las oportunidades perdidas y la venganza se van desgajando ante la mirada del espectador a medida que, de manera fragmentada, vamos adentrándonos en los secretos que guardan cada uno de los personajes. Porque de eso va Cowboy Bebop, de la vida misma en forma de rapsodia homérica. Todo ello aderezado con multitud de referencias culturales hacia el mejor cine de ciencia ficción desde 2001: Una odisea del espacio a Blade Runner, pasando por una parodia del mismísimo Alien. Pese a todo, es curioso que Cowboy Bebop no haya gozado de mayor predicamento, quedando relegada hoy a ese cajón de sastre apellidado «de culto». Algo que ocurrió de forma muy se mejante con otro muy añorado wéstern espacial, esta vez en carne y hueso, titulado Firefly (2002) y cuya deuda con la serie de animación resulta evidente.
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