
¿Por qué unas ideas alcanzan una gran difusión y otras no? ¿Qué es lo que convierte a un libro en un best seller, a una película en un taquillazo, a una canción en una melodía que todo el mundo tararee? Hay discursos que logran captar la atención de una forma insospechada, tal como este oyente de Goebbels explicó en su día: «Atendí a cada una de sus palabras. Me dio la sensación de que estaba dirigiéndose a mí personalmente. Mi corazón se aligeró, algo se despertó en mi pecho (…) al finalizar, me fui a casa en silencio… Me convertí en nacionalsocialista». ¿Cómo podríamos emular ese efecto para dominar el mundo o, en su defecto, disfrutar plácidamente de un daikiri en nuestro yate junto a alguna isla paradisíaca?
Como comprenderán si tuviera la respuesta no estaría aquí escribiendo esto, así que ya pueden dejar de leer, cerrar la página y continuar viendo fotos y vídeos de gatitos en internet, escuchando «Louie Louie» (probablemente la canción más viral de la historia, con unas mil quinientas versiones reconocidas) o indignándose/aplaudiendo fuerte a la última declaración de alguno de los líderes políticos tan carismáticos que nos han surgido últimamente. Pero si aún queda alguien ahí creo que tiene su interés jugar un rato a alquimistas de las ideas, indagando en las cualidades que hacen que algunas de ellas se expandan incontroladamente en todas direcciones, adentrarnos en la búsqueda de la esencia misma de la viralidad.
Pocas cosas resultan más fascinantes que observar el nacimiento, replicación, mutación y evolución de una idea a lo largo de la historia. Es lo que intento mostrar con más o menos acierto en los artículos que aquí publico, bien se trate de un breve recorrido por el antisemitismo, por las utopías políticas o por los monstruos gigantes, en todos los casos las ideas dan la impresión de comportarse como infecciones víricas, contagiándose de una comunidad a otra aprovechando cualquier resquicio, transmitiéndose de generación en generación como si aspirasen a la inmortalidad. Vemos cómo a veces cambian tanto en su apariencia que resultan difícilmente reconocibles o por el contrario permanecen estáticas a lo largo de los siglos. Su comportamiento es tan sorprendentemente parecido al de los seres vivos moldeados por la selección natural que dicho paralelismo ya ha sido señalado y teorizado con profusión. Richard Dawkins es hoy en día conocido por el público por su papel de martillo pilón del ateísmo, pero en 1976 publicó un libro que alcanzaría un notable impacto en la biología: El gen egoísta. Tal como indica su título hablaba de los genes como criaturas interesadas —entendido esto en un sentido metafórico, claro está— que utilizan los cuerpos de los seres vivos como contenedores en los que viajar hacia la siguiente generación, siempre en busca de su perpetuación. Pues bien, en uno de los capítulos y de pasada, dejó caer la observación de que las ideas parecen seguir un patrón similar y, para equipararlas con los genes, pasó a llamarlas «memes».
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Discrepo un poco del artículo, pero me ha parecido muy interesante.
¿Si programamos a los infantes con imágenes estimulantes de forma continuada mientras por el mero hecho de que su instinto las pide… cómo reaccionarán al enfrentarse al mundo real?
No podemos sacar conclusiones sobre la oferta y la demanda en años posteriores, cuando programamos a los niños desde que nacen para la sociedad en la que nosotros nos desarrollamos. Cuando crezcan, su sociedad será otra, la adaptabilidad será distinta, la oferta y la demanda por tanto, también diferirán de las argumentaciones de hoy.
Y por último, en cuanto a comunicación articulada se refiere; deberíamos analizar también el medio. Si nos centramos en la perdurabilidad, la rima y la narración son sin duda de las más antigüas, pero si el sonido de la música creada hace miles de años resonase hoy en nuestros espacios ¿Nos resultaría más o menos comunicativo? ¿Expresaría de una manera más fideligna (o no) la estructura de la mente humana? Creo que hay cosas que es difícil sentenciar.
Con todo esto, repito, genial artículo, se da a la reflexión :)
Un saludo!
Todo consiste en sintonizar intuitivamente con lo que la sociedad del momento demanda en profundidad. Sobre el éxito sorprendente de «Las desventuras del joven Werther» reflexiona el autor, Goethe:
«El efecto de este librito fue grande, incluso descomunal, y lo fue sobre todo porque apareció en el momento oportuno. Pues al igual que basta con un poco de pedernal para hacer estallar una potente mina, así también la explosión que se produjo en el público fue tan poderosa porque la juventud ya se había socavado a sí misma, y la conmoción fue tan grande porque a cada cual le hicieron estallar sus exigencias desmesuradas, pasiones insatisfechas y penas imaginarias”
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