Música

El ascensorista que inventó la música

(Imagen: Mike Litch, CC)
Imagen: Mike Litch. (CC)

Cuando hago música no pretendo que te agrade. Pretendo que te cure.

Situémonos. Mediados de los años cincuenta. Unos grandes almacenes de Los Ángeles. Cientos, miles de clientes debieron de estar en pie, durante uno o dos minutos, a escasos centímetros de aquel joven ascensorista que apretaba los botones con expresión grave. Nadie se fijaba en él. Uno de tantos empleaduchos negros que habían llegado desde el sur del país buscando un trabajo en la rica California. Nunca hubiesen imaginado que su casual ascensorista apretaba los botones del elevador utilizando los mismos dedos con los que, durante las noches, pulsaba las teclas de su saxofón para interpretar una música que todavía no existía. Cuántos de aquellos compradores de clase media y existencia vulgar, cargados con sus bolsas, ignoraron su presencia. Nunca pudieron contarle a nadie la gran anécdota de sus vidas, porque ni siquiera se percataron de que esa anécdota les había sucedido: «Entré en un ascensor y, por unos momentos, estuve al lado de un genio». Mientras tanto, entre planta y planta, el ascensorista construía melodías en su cabeza, o le daba vueltas a la manera de encontrar un puñado de músicos que lo entendiesen, con los que poder formar una banda en la que, por fin, dejase de sentirse como un bicho raro.

Había desempeñado ya varios trabajos de escasa importancia desde que había llegado a Los Ángeles para intentar abrirse camino en la escena musical. Objetivo que, por el momento, no estaba consiguiendo. En la metrópolis californiana era un incomprendido, como lo había sido en su Texas natal: cuentan que cuando el guitarrista tejano Pee Wee Crayton contrató a aquel joven saxofonista para su banda, llegó a pagarle un extra con la condición de que no hiciera solos, porque ni Pee Wee, ni los músicos de la banda, ni mucho menos el público, podían entender sus retorcidas improvisaciones. Esta anécdota quizá forme parte del mito pero, cierta o no, ilustra a la perfección los problemas que nuestro protagonista tuvo que afrontar durante sus comienzos. Imagínense a un extraterrestre que, recién caído a la Tierra, agarrase un instrumento y empezase a tocar. Intentaría sin duda amoldarse a las melodías de los humanos, pero sin poder evitar la profunda huella que en su espíritu alienígena habría dejado la, para nosotros extraña, música de aquel distante planeta de donde él vino. Esto era lo que le sucedía a nuestro ascensorista. Nadie parecía asimilar su música. ¿Quién es este tipo? ¿Por qué toca así? ¿Qué le sucede? ¡Que se baje del escenario! Tu sitio, excéntrico amigo, no está entre los músicos convencionales. Desafinas. No sabes lo que haces. Vete, aprende a tocar como Dios manda, y cuando tengas las cosas claras, vuelve… o, mejor todavía, ¡no vuelvas! Entre tanto, a falta de una manera mejor de ganarse la vida —es negro, son los años cincuenta, ¿qué otra cosa puede hacer?—, nuestro ascensorista pasa las horas en el centro comercial, subiendo y bajando de planta en planta. Su nombre es Ornette Coleman.

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11 comentarios

  1. Gracias por este homenaje a uno de los más virtuosos y vanguardistas creadores de todos los tiempos.
    «The Shape Of Jazz To Come» supuso un punto de inflexión tan majestuoso como el «Kind Of Blue» de Miles Davis.

    No hace mucho me recomendaron un documental acerca del disco (está en dos partes y subtitulado) donde se habla sobre las composiciones de Coleman, Mingus y compañía en el ocaso de los años cincuenta:

    https://www.youtube.com/watch?v=0BIEGF85cms (parte 1)
    https://www.youtube.com/watch?v=wXs6h3IHKus (parte 2)

  2. Paco Maldonado

    Mil gracias por este artículo, ha sido fantástico poder leerlo.

    Un abrazo

  3. Me ha gustado muchísimo el artículo. Reconozco que la primera vez que escuché a Ornette Coleman no lo entendí, me pareció un desvarío. Pero el mundo del jazz es curiosísimo, es muy fácil entrar en él por los principios (años 20 y 30, el swim y las melodías más comerciales) y muy difícil entender lo que ocurrió a partir de los 60. Digamos que la mayoría se quedan en el Bebop/Hardbop. Pero lo cierto es que cuando más jazz se escucha, más se va entendiendo a los artistas de verso más «libre», como Coltrane (que me costó muchísimo) o el propio Ornette Coleman (que todavía no he asimilado al completo).
    Me gustaría hacer un comentario, no tan positivo. Encuentro un poco sangrante que siempre que se hable de la revolución del Bebop se hable del gran Bird, pero no se le de la misma importancia a Dizzy. Este artículo incide particularmente en ese error; parece que Gillespie fue una «comparsa» en el nacimiendo del Bebop y la improvisación, cuando lo cierto es que su figura es tan grande como la de Parker. No puedo dejar de pensar que todo se debe a la leyenda negra y muerte prematura de uno, frente al buen rollo y larga vida del segundo. Está claro las historias tortuosas son más atractivas que las amables, pero me sigue pareciendo una gran injusticia.

  4. Federico Martínez

    Me he leído el artículo de un tirón. Muy bueno. Y qué músicos le acompañaron. Don Cherry, Billy Higgins (lo ví en Madrid hace años, con ¡Pat Metheny!, y fue sensacional) o Charlie Haden. Grandes.

  5. Gracias por este artículo.
    Lo he disfrutado. Me lo llevo

  6. Fabuloso artículo, he disfrutado leyéndolo de principio a fin.
    Abrazos, carantoñas y achuchones múltiples! como diría el gran Cifu (que en paz descanse).

  7. Javier Hedo

    Gracias por este artículo. Saludos

  8. Precioso articulo he disfrutado mucho de su lectura
    Muchas gracias

  9. Buen articulo. Muy ameno. Gracias

  10. Gran articulo! Excelente!

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