
Kafka ya se había percatado de que el siglo XX se despertaba convertido en un monstruoso insecto cuando el resto de mortales seguía empeñado en sacarle brillo a las desgastadas poltronas novelísticas del XIX. Porque el eco de estas voces encargadas, durante años, de convertir a la prosa en la reina de todos los intelectos rebotaba ya a esas alturas en las paredes de la «Shakespeare & co», desembocando en un nuevo modelo de novela que, por medio de los Joyce, los Proust o los Faulkner, mezclaba en un mismo cóctel la metafísica alemana, el monologue intérieur, la durée bergsoniana y quién sabe cuántos recursos más a medio camino entre la distinción y la horterada. Como por arte de magia se multiplicaban los pesados e inabordables tomos. Los vanguardistas europeos se empeñaban en resaltar la calidad de estas creaciones, aunque muy pocos se preocuparan por apurar hasta el último párrafo. Mientras, el ego de los protagonistas se elevaba por encima de los tejados del París de la época, que seguía siendo una fiesta antes de apolillarse con el influjo de las grandes guerras. Estos egos nos legarían célebres episodios como aquella cena entre los ya citados Joyce y Proust, donde cada uno se centró en hablar de sí mismo sin reparar en los desconocidos argumentos del contrario.
Ante semejante panorama, era cuestión de tiempo que nuestro querido Franz buscara algún antídoto que le permitiera escapar de aquella claustrofóbica habitación. Pero no sería fácil encontrar la fórmula para un chaval que exhibía nombre de emperador austro-húngaro y figura enclenque de orejas enarboladas y que apenas contaba con un empleo que lo ahogaba y un desamor propio sorprendentemente palpable. Todas estas características, incluidas el nombre imperial y su orejuda genética, habían sido maceradas lentamente por el apellido Kafka. Su padre, un judío no demasiado adepto, ejercía de patriarca con una mano tan dura que sus golpes se pueden apreciar en cada renglón escrito por el obediente hijo. Su madre había cogido las riendas de la creatividad de Franz, espoleada por unos ancestros bastante bohemios (perdón por el nefasto juego de palabras) y una mentalidad más afable. Las hermanas habían desempeñado el papel de amigas y confidentes, ofreciéndose como apoyo cuando Franz parecía caer, algo que, de manera literal, ocurría muy a menudo por culpa de sus frecuentes mareos. Más tarde, el apellido se consumiría en Auschwitz, donde las hermanas descubrirían que a veces no hay mundo más kafkiano que este que pisamos cada día. Pero, como decíamos, en estas llegó el bueno de Franz Kafka. Deshecho y atormentado. Áspero. Insociable.
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Pingback: Kafka y las putas
Quieres describir los hechos de forma precisa y al mismo tiempo ‘hacer’ literatura. Creo que escribirlas mejor si te decidieses por uno de los deseos en detrimento del otro.
Menuda chorrada.
No conocía la afición de Kafka por el puterío cutre, ajado y sucio, aunque le haya leído, creo, en su totalidad. De cualquier manera, de ser como en el artículo se asegura, no lo encuentro extraño entre hombres de, en apariencia, exquisita sensibilidad, para los que entre el sexo y lo escatológico exista un hilo conductor a modo,digamos, siamés, a la par que una elevada incapacidad ante el compromiso afectivo. No, no me parece raro que tales simbióticas condiciones de relación se dén en cierto tipo de credores fundamentadas o no, en menor o mayor grado en posibles problemas de autoestima o sentido del fracaso y la destrucción.
Saludos.
Putero como casi todos los tíos .
Sólo entre tíos? No es un fenómeno que se dé entre abuelos y nietos o entre primos consanguíneos también? Y esos tios son todos consanguíneos o hay algún colateral?
Excelente crítica, además estilo exquisito. Enhorabuena.
Acá La Metamorfosis para leer online para el que quiera releer a Kafka…
http://ablik.com/obra/la-metamorfosis-49
Franz Kafka escribió:“Usted no necesita salir de su habitación. Permanezca sentado en su mesa y escuche. Ni siquiera escuche, sólo tiene que esperar, estar en silencio, quieto y solitario. El mundo se ofrecerá a usted para que lo desenmascare, no tiene otra opción, rodará en éxtasis a sus pies”. http://eljardinerotranquilo.blogspot.com.es/2014/04/74-flores-de-pitosporo.html
«Deshecho y atormentado. Áspero. Insociable.»
Que no, que no, que Kafka no era tan kafkiano: http://antoniopriante.com/2014/05/28/kafka-el-profeta-inconsciente-i/
Por lo demás, artículo interesante.
«…uno se siente preso de los sentimientos del protagonista…». Que los becarios de los periódicos digitales, incluidos todos los que tienen edición en papel, crean que uno puede ser «preso» de los sentimientos de alguien (otra cosa sería que fuera preso «en» o «dentro» o «por» etc) vale; pero en Jot Down debería ser pecado mortal. (¿Es necesario decir que uno es «presa» etc, como si se tratara de un pobre ratoncito de campo que, como sabemos todos, suele ser presa de los sentimientos de las lechuzas?). En cualquier caso, me sorprende que la generación actual de periodistas cometan tantos y tantos errores gramaticales cuando tienen a su disposición toda un océano de fuentes de conocimiento en la Internet, de la que se supone que son expertos. Otra posibilidad es que tengan razón todos esos viejos profesores que opinan que para buscar es necesario primero saber.
Sí se puede ser “preso de los sentimientos de alguien”. Le aconsejo que se informe mejor. Observe el segundo apartado en este link y después pida perdón al autor y a Jot Down:http://buscon.rae.es/drae/srv/search?id=riVvlg9CRDXX2YD1qke2
Touché, Sr. Lugones. Perdón, Sr. Mayoral. A Jot Down no le pido perdón porque no sé cómo debo dirigirme.
«Un océano de fuentes» es una metáfora pésima. Gramaticalmente la expresión es correcta, sin duda, pero semánticamente, por así decirlo, es redundante, excesivamente acuosa.
Sr. S, a usted no le pido perdón porque los chistosos se perdonan ellos solos. En cualquier caso, hubiera preferido el calificativo de «líquida» al de «acuosa». Vea: «un océano de fuentes» es una metáfora excesivamente líquida. Reconozca que queda mejor.
Cuando leí por primera vez La Metamorfosis en el isntituto me pareció una auténtinca chorrada. Cuando lo volví a leer, muchos año después y después de una mala racha, fue cuando me di cuenta de que estaba ante una obra mestra. En este relato se describe perfectamente el proceso que pasa una persona que sufre de depresión . En un principio no le das importancia, y aunque algo tan sencillo como levantarte de la cama se hace casi imposible, crees que es algo pasajero y que en algún momento pasará. Te preguntas que opinarán tus seres queridos de los cambios que estás experimentando (Gregor intentando escuchar lo que dice su familia, encerrado en la habitación). Poco a poco te vas dejando ( Gregor deja de comer y esta lleno de polvo y restos de comida) y tu familia, que en un primer momento intenta ayudarte, acaba tirando la toalla al verse incapaces de revertir la situación. Jamás en mi vida me había identificado tanto con un personaje literario.
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Artículo claro y exquisito.
Al momento sólo he pasado por La Metamorfosis y El Proceso. He de decir que la segunda me dejó más perplejo. Por otro lado, no pensé que se le considerase «guapetón», en fin…
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Me ha gustado mucho el artículo y el comentario anterior de Samsa. No lo había visto desde esa perspectiva. Yo leí la metamorfosis en la adolescencia y se me quedó grabado a fuego.
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