
ROCKEFELLER: ¡Toma, Moreno!
PÚBLICO: ¡Ja, ja, ja, ja…!
Mira tu mano. Obsérvala. Muévela. ¿Cómo sabes que esa mano es tuya? A no ser que sufras el síndrome de la mano ajena, que seas el Dr. Strangelove en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú o que hayas invocado a los muertos leyendo el Necronomicon junto con unos amigos en una cabaña en mitad del bosque, es probable que no hayas notado nada extraño en su funcionamiento. Si te pido que la abras (y me haces caso), sabrás que la has abierto voluntariamente porque lo has pensado —tu cerebro ha hecho una simulación del resultado— y lo que has visto y sentido gracias a tu propiocepción ha encajado con lo esperado. Por el contrario, tus alarmas hubieran saltado si la mano no se hubiera movido pese a sentir que lo estaba haciendo, o al revés, como quien está mirando la televisión y observa el movimiento del brazo de algún personaje.
La forma en que somos capaces de relacionar la información captada a través de nuestros sentidos se conoce como integración multisensorial. Sin ella, torrentes de olores, imágenes o sonidos camparían por nuestro cerebro sin orden alguno, lo que acabaría provocando un buen pifostio sensorial. Y es que necesitamos crear una representación coherente del mundo para poder comprender el caos que es la naturaleza en todo su esplendor. Incluso las acciones más sencillas nos exigen esta capacidad. Si vemos a alguien abriendo y cerrando la boca y a la vez escuchamos una voz localizada en la misma zona, nosotros, seres inteligentes, comprenderemos de forma automática que el discurso va unido al meneo de labios y lengua y llegaremos a la conclusión de que nos están hablando.
Un ejemplo tan simplón como el anterior es muestra de que desarrollar esta capacidad integradora es, por un lado, un rasgo que surge de manera natural, y, por otro lado, no requiere de grandes capacidades intelectuales. Sí, no nos vengamos arriba. Probablemente aquel macaco que vimos en el zoo arrojando sus heces a los visitantes domine habilidades similares. No nos sorprendamos entonces si los más tontos de nuestro barrio, aquellos de los que sospechabas que conocerían las ventajas de unos pulgares prensiles, no solo saben emplear esta forma de integración sino también boicotearla con herramientas básicas como una simple cuchara de madera. Pero antes, ¡ay!, en los albores de la tecnología de comunicación a distancia, la gente creía presenciar auténtica magia ante el primer teléfono o la primera radio, artilugios que llevaban el sonido a kilómetros de distancia sin incluir las fuentes de esos ruidos en el equipaje. Y ni que decir tiene si nos trasladamos a siglos anteriores, épocas en las que manipular el origen de una voz era visto como algo espiritual, incluso demoníaco. Aquellos sí que eran buenos tiempos.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







El comentario sobre la entrepierna del instructor me ha parecido realmente enfermo. Totalmente fuera de lugar.
O bien gustas de escandalizarte, o bien tienes una terrible capacidad de síntesis. La primera opción sería aplicable si el artículo te aburrió; y la segunda, si te resultó interesante.
¿Qué pensarías si tras un concierto sólo te dijeran «qué fea la mueca del cantante en la séptima canción»? Pues eso, que o te gusta criticar a falta de otros estímulos relevantes, o no sabes distinguir lo importante de lo accesorio.