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El escalofrío de lo real

«Enfermedad, locura y muerte fueron los ángeles negros que velaron mi cuna», Edvard Munch. Foto: DP.
«Enfermedad, locura y muerte fueron los ángeles negros que velaron mi cuna», Edvard Munch. Foto: DP.

Casi cada día veía algo diferente en El grito. Una vieja lámina en la cabecera de la cama, como un Cristo profano, el hombre desesperado, mi mirada fija. Quizá era mi propia angustia reflejada en el rostro pelado y pálido, quizá la simple fascinación por todo lo que arde en ese cuadro, o un punto ególatra, enfrentarme a su horror cada mañana y sentirme fuerte por poder vencerlo, olvidarlo y seguir adelante con una vida presuntamente feliz. O puede ser que en realidad no tenga ni idea de lo que me llevaba a pensar tantas veces en descolgarlo y no hacerlo, ni del motivo oculto de que la versión más azul de El beso se haga carne en la pantalla cada vez que enciendo el ordenador; puede que el texto que sigue sea mi manera de entender estas interrogantes, darme a mí mismo la mejor respuesta. Aunque sea oblicua e incompleta. Aunque sea imperfecta. Aunque al final solo me deje cara a cara frente al vacío.

El escalofrío de lo real. Un alarido retumbante que solo escuchamos en el interior de la pesadilla, vuelto colores ardientes, miradas trémulas y rasgos distorsionados por la angustia vital. El arte de Edvard Munch no hace prisioneros; casi invariablemente, sus imágenes ensucian la conciencia con una desazón y un malestar que invaden al espectador desde dos frentes que son muy difíciles de defender a la vez: por un lado, ataca la acritud de las imágenes, un delirio expresionista solo controlado a medias, que revuelve las tripas como solo puede hacerlo la visión de la herida o el paisaje después de la batalla; es el mismo ángulo por el que a veces penetran Bacon o Goya (ojo a Golgotha y su parecido al Aquelarre), aunque sin la necesidad gore sangrienta del uno ni el recurso del otro a lo grotesco y deforme. Es un frente oscuro que solo puede defenderse desde la creencia en la excepcionalidad, pensando que los seres que pueblan el imaginario baconiano son desechos o laceraciones, que los monigotes de Goya representaban lo peor de una sociedad enferma. Que nada de esto es habitual.

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Un comentario

  1. Fascinante. Una parte de la realidad: la que creemos que es.

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