Ciencias

Terra incognita

Imagen: Antonio Tamez, a partir de material de dominio público.
Imagen: Antonio Tamez, a partir de material de dominio público.

La Tierra es un cementerio enorme alrededor del Sol. Sobre los animales extintos en tiempos recientes, que es otra manera de llamar a las bestias ahora míticas como el pájaro dodo y la paloma migratoria, Philip Hoare ha escrito que de su existencia solo tenemos como testimonio las palabras de terceros, en especial cuando sus atributos físicos parecen ridículos o imposibles. Algunos dinosaurios y otras tantas formas de megafauna, previas y posteriores, tienen el beneficio del récord fósil, que no es cualquier cosa si se toman en cuenta las condiciones puntuales que deben cumplirse para que ocurra el proceso de mineralización. Pero estas evidencias, en museos y en colecciones privadas, o como pequeños souvenirs que se compran en la carretera, no son un archivo completo de lo que ha sido. En verdad causa vértigo pensar en todo lo que ha caminado sobre este planeta a lo largo de los milenios, todas esas formas de vida de las que no sabemos, ni sabremos, absolutamente nada.

Gracias a los datos compilados desde los albores de la ciencia moderna, además de las ventajas de vivir en una civilización altamente tecnológica en la que todo queda registrado y etiquetado, es fácil creer que es poco lo que queda por conocer del mundo y el universo, y ahí caeríamos en el mismo error de toda esa gente educada que décadas o siglos antes pensó de la misma forma. Si le hubiéramos preguntado a un médico del Renacimiento su opinión sobre el futuro de su profesión, tal vez hubiera hablado de una refinación de los instrumentos quirúrgicos o de los remedios a base de plantas. La anestesia y los rayos X, desarrollos espontáneos del progreso, no hubieran figurado en su horizonte. Si podemos decir una cosa positiva sobre el futuro es que nunca resulta ser como pensamos que será.

Hic sunt dracones. Ya se ve esta advertencia escrita sobre las costas del este asiático en un globo terráqueo del siglo XVI, el Hunt-Lenox. Ahí, en esas regiones desconocidas, los europeos veían dragones. Pero la práctica de mitificar las periferias del mundo es más antigua aún, se ve en las historias, en las cartas náuticas y los mapas de exploradores medievales y clásicos; monstruos y leyendas de pueblos exóticos en las regiones limítrofes del conocimiento. Algo parecido a lo que ocurría con los bestiarios cristianos, donde las descripciones de animales que hoy parecen ordinarios, ya sean leones, ballenas o linces, se confundían con las de unicornios, basiliscos, y krakens, criaturas que bien pudieron ser invenciones de sus autores y las fuentes folclóricas en las que se documentaban, o auténticas exageraciones y testimonios confusos de fauna verdadera.

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2 comentarios

  1. Pingback: Terra incognita | museomendoza

  2. Gracias por el artículo

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