
En el mundo hay muchos seres vivos. Más de los que usted se imagina. Desde las humildes secuoyas hasta las fascinantes arqueas, pasando por la poderosa hormiga roja de bosque o el elegante moho del pan, tenemos un precioso y enorme abanico de seres vivos en el mundo.
Conocemos casi dos millones de especies vivas. Hay quienes estiman que el número de especies actuales es de más de diez millones; otros apuntan incluso a cuarenta millones. ¿De dónde vienen todas estas especies? ¿De dónde han salido? ¿Cómo han llegado hasta aquí?
Hay quienes creen que el origen de todo eso está escrito en el relato literal del libro del Génesis. Siguiendo las creencias bíblicas, las plantas las creó una deidad en el tercer día de la creación, todas las aves y todos los peces y animales marinos fueron creados en el quinto día, mientras que los animales terrestres fueron fabricados en el sexto día, igual que el ser humano, el cual, por cierto, fue creado a imagen semejante de ese dios. (Gén. 1: 11-27)
Pero la Biblia, al menos en su lectura literal, no es un libro válido de cara a obtener un conocimiento científico, porque no está basado en ninguna evidencia empírica. Y si decidimos que la Biblia es un texto que hay que interpretar de determinada manera, y que no hay que tomarlo de forma literal —salvando así la incomodidad de las contradicciones que contiene—, lo que resolvemos es que dicha interpretación es subjetiva, y por tanto sigue sin ser un argumento válido a nivel científico.
Según el libro del Génesis, Yahvé creó a todos los animales y plantas —y es lógico suponer que también a hongos, bacterias, y al resto de seres vivos— tal cual los conocemos hoy. La defensa de ese dogma de fe se denomina creacionismo.
Sin embargo, si observamos a cualquier ser vivo nos damos cuenta de un dato que, aunque parece obvio, puede resultar revelador: los seres vivos nacen, no los fabrica nadie. Además vemos otro aspecto que también es importante a tener en cuenta: los descendientes son, de forma general, distintos a sus progenitores. Tal vez no siempre suceda, pero sí en ocasiones un ser vivo dado resulta ser distinto a aquel del que procede.
¿Qué motivos hacen que ese organismo sea diferente? Hay varios. El más obvio, sobre todo porque sucede en los organismos que nos reproducimos de forma sexual, es la recombinación genética producto de la meiosis, que hace que el descendiente no sea un simple clon de sus padres. Pero hay otras opciones. A veces ocurre que mientras se replica el ADN se cometen errores. A esos fallos de copia, que generalmente son aleatorios y arbitrarios, aunque existen agentes físicos y químicos que pueden producirlos, los llamamos mutaciones. Si la célula que sufre la mutación es un gameto u otra que vaya a dar lugar a uno, su descendiente no solo van a llevar en su ADN ese error de copia, sino que además van a transmitirlo a su descendencia.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Queda algún gap que rellenar en esto de la evolución/mutación: los genes de un solo individuo incipientemente diferente (el osito blanco recién horneado) tiene una probabilidad altísima de verse DILUIDOS al mezclarse con los de sus más numerosos congéneres.
Aún es pronto para poder explicar apropiadamente transiciones tan llamativas como las de el ratón en murciélago, al menos usando la teoría de los «pequeños saltitos genéticos».
La evidencia parece defender más bien una teoría de grandes mutaciones de una vez (¿motivadas por cataclismos?) que afectarían a poblaciones enteras.
Buen artículo.
Pero no nos podemos quejar de que la gente niegue la teoría de la evolución si todavía en el siglo XXI la seguimos explicando en base, única y exclusivamente, a la selección natural de mutaciones ventajosas.
La genética de poblaciones y la epigenética tienen mucho que aportar, y creo que se pierde una gran oportunidad al no mencionarlas ni una sola vez en un artículo de divulgación como este.
Pingback: Bacterias, monos y termodinámica