Jonás Trueba tiene la suerte, o quizá más bien el mérito, de ser un cineasta libre. Hace las películas que quiere y como quiere, yendo a la suya y sin prestar demasiada atención a las etiquetas que pretenden encasillarle y robarle parte de esa libertad. Aquí no queremos poner etiquetas a su nueva película, La reconquista, sino mirarla con tranquilidad para intentar comprender cómo está construida. Y para ello, nada mejor que sentarnos dos horas con su creador. Le habríamos preguntado por cosas profundas como el amor o la identidad, pero nos advierte muy rápido que no tiene «ni puta idea, como demuestra la película», así que le preguntamos por cosas sobre las que sí que tiene idea: el uso del color, del espacio, del sonido y la música, de los movimientos de cámara, de la estructura y del montaje como herramientas cinematográficas para hablar de esas otras cuestiones profundas sobre las que, admitámoslo, ninguno de nosotros tiene ni puta idea.
(Este artículo contiene SPOILERS)
Color

«Digamos que en lo que respecta al color la película se estructura en tres partes. Primero una noche donde nos permitimos una contaminación cromática brutal: hay muchos colores, incluso algunos que son feos y locos, y se mezclan de formas extrañas. Luego una especie de interludio, que es cuando Olmo llega a casa, donde nos parecía que era bonito, por cómo es la secuencia, darle un descanso al color, y por eso está construida a base de blancos. Y finalmente la parte del pasado, en la que intentamos recuperar un poco una sensación de luz y color que yo asocio a las películas de los noventa, o de cómo las recordamos».
Dentro de la primera parte nocturna, el concierto de Rafael Berrio es el momento de mayor contaminación cromática, una auténtica fiesta del color. Por ejemplo, en el segundo plano de la escena, Olmo y Manuela entran en la sala de conciertos y se acercan hacia el escenario en busca de una mesa. Es un único plano, pero la luz empieza siendo predominantemente amarilla, luego se vuelve verde, y finalmente azul. Todo en apenas diez segundos. Este tipo de variaciones cromáticas continúan durante toda la escena, y se repiten en la escena del Travelling Bar. Pero cuando van a bailar swing a un local secreto y clandestino, de repente la concepción de la luz cambia, y, aunque mantiene esa idea de «franqueza sutilmente marciana» que buscan Jonás y su director de fotografía, Santiago Racaj, adquiere una mayor sobriedad y un tratamiento distinto.
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Demasiada teoría. La cuestión es: ¿se puede ver hasta el final ?