
Wagner, huyendo hacia París, escapando de sus acreedores, con su mujer y con su perro, quedó atrapado en un temporal. A esta anécdota y a la lectura de Las memorias del señor de Schnabelewopski debemos El holandés errante.
La leyenda de alguien maldito y condenado a vagar hasta el final de los tiempos comenzó como un cuento antisemita. Se dice que un judío se negó a dar agua a Cristo en el camino del Calvario. Dios, en ese momento, pensó: «voy a redimirlos a todos menos a ti». Y por esto un hombre, al que se le han dado muchos nombres, está obligado a vagar por el mundo hasta el fin de los tiempos.
Al capitán de la ópera de Wagner no lo pierde dejar sediento al mesías, sino su insolencia: en mitad de una tormenta violentísima se empecinó en girar un cabo. «Juró y maldijo con necia arrogancia: “No cederé ante ti por toda la eternidad”». Entonces Satanás le tomó la palabra y desde ese momento está forzado a surcar los mares hasta el día del juicio. Tiene, sin embargo, una escapatoria: una vez cada siete años puede tomar tierra y si, por casualidad, diera con una mujer que lo amase con fidelidad, quedaría absuelto y podría, al fin, morir en paz.
La ópera también comienza con una tormenta, en la que la tripulación del barco de Daland, un patrón noruego, se ve arrastrada muchas millas justo cuando iba a llegar a casa (no hay que esforzarse mucho para recordar aquí la Odisea). En esa desviación se topan con un barco, el del Holandés, cuyo capitán está desesperado por tomar tierra. Al enterarse de que Daland tiene una hija (¡una posibilidad para salvarse!), el Holandés le ofrece tesoros valiosísimos por su hospitalidad. Y da la casualidad de que la hija, Senta, está obsesionada con la leyendita, y se pasa las horas mirando el retrato de ese capitán tan infeliz. Así que, como son tal para cual, tan pronto Daland los presenta («todos los padres desean un yerno rico»), ella le promete amor fiel.
En el pueblo hay fiesta: los marineros han vuelto. Claro que cuando los paisanos intentan convidar a los tripulantes del barco del Holandés, terminan por inquietarse: los fantasmas no son precisamente dicharacheros. En esto aparece Erik, que es cazador en un pueblo lleno de navegantes, y reprocha a Senta su encaprichamiento por el Holandés, cuando es a él a quien le ha prometido amor. Entonces el Holandés, sintiendo traicionado el juramento y la fidelidad, revela públicamente su identidad y la de su tripulación, manda desplegar velas y zarpar. Senta, en cumplimiento de su palabra, y para redención de ambos, lo sigue, arrojándose desde un acantilado.
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Me encanta el Holandés, la encuentro menos pesada, menos plúmbea que sus otras obras.
Un par de apuntes, buscar sensatez en el argumento de una ópera es como buscar honradez en un político del Pp, o sea, perder el tiempo. Solo que en la ópera nos encanta.
Y el otro, Wagner prescinde de libretistas creo – ahora no estoy del todo seguro – siempre. De hecho, él se tenia por un literato genial, no por un músico genial. En esto fallaba estrepitosamente.
¿ Porqué a todos les dá ahora por vestir a los personajes operísticos de mamarrachos ?
¡Gracias!