
No me puedo ganar la vida escribiendo, es un hecho. No me puedo ganar la vida empinando el codo, es otro hecho.
Decía un personaje de Hanif Kureishi que lo peor que le puedes hacer a Kerouac y compañía es volver a leerlos pasados los treinta. El relato autobiográfico de los últimos quince años de vida de Billy, el hijo de William S. Burroughs, encajaría en la estela de los escritores de la generación beat, como es el caso de las Crónicas de Motel, de Sam Shepard, coetáneo del chaval y heredero del legado de Kerouac, pero su situación es muy diferente. Billy en estos libros no buscaba inspiración, sino detalles sobre su propia vida. Era un personaje más en los textos y biografías de estos escritores.
Escapados sus padres a México huyendo de la policía por sus adicciones, en una borrachera, Burroughs le metió un tiro en la cabeza a su mujer jugando a Guillermo Tell con un vaso en lugar de una manzana. Billy tuvo que enterarse leyendo a Kerouac, así lo cuenta en Maldito desde la cuna (Dirty Works, 2015), de los detalles del suceso y de que Joan, su madre, tenía en realidad los dientes negros, al contrario de como se la imaginaba, y que no dejó de meterse speed ni de beber durante su embarazo.
Eso pudo condenar a su hígado que, tras años de alcoholismo, falló cuando el escritor era relativamente joven, aunque ya llevaba siete años bebiendo y vagabundeando. Dos hechos que marcaron su vida, la tragedia familiar y una cuenta atrás hepática, cuya magnitud solo podemos entender con este libro que recoge sus últimos textos y testimonios de quienes le conocieron.
Estaba teniendo pesadillas desgarradoras y leves delirium tremens, sentía bichos que trepaban por mi cuerpo. Un borracho me dijo: Tú solo espera a que se metan debajo de la piel, hijo.
Probó el alcohol nada más cumplir los veintiún años y nunca lo abandonaría. En sus delirios, culpó de su adicción a su primera mujer. Dice que por miedo al amor que sentía por ella empezó a trasegar cantidades ingentes de cerveza y sin darse cuenta se volvió alcohólico. Como si nada.
No queda claro si esto sucedió antes o después de meterse de cabeza en la drogadicción. Cuando esta otra adicción empezó a darle problemas con la ley, Allen Ginsberg intentó que sentase la cabeza entregándole una fotografía de su madre muerta con la cabeza reventada. Así quiso uno de los padres de la generación beat, también su padrino y ocasional amante, que «espabilase». Billy es el juguete roto de los colegas de su padre.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Pingback: Maldito desde la cuna – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE
Pingback: Maldito desde la cuna
La foto que ilustra el artículo habla por sí sola. Felicidades, un texto ameno e interesante.
Este artículo no es repetido?
¡Gracias!