Cine y TV

La madre de todas las casas de espíritus

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Al final de la escalera, 1980. Fotografía: Chessman Park / Universal Pictures.

Si hay una película de fantasmas y espíritus que da miedo de verdad esa es Al final de la escalera. No por sus efectos especiales. Tampoco por escenas sangrientas, sino porque con muy pocos recursos, con una factura casi de serie B y con un gran punto de cutrez, consigue que el cerebro del espectador cree todas las imágenes necesarias para el terror. No es una película para apagar la luz después de verla. Y si la ven solos estén dispuestos a irse con cierto canguelo a la cama. Porque les prometo que no se olvida.

Al final de la escalera fue estrenada a finales de marzo de 1980, el mismo año que El resplandor, de Stanley Kubrick. A diferencia del filme del director norteamericano, era una película canadiense, de bajo presupuesto, dirigida por el húngaro afincado en Gran Bretaña, Peter Medak, del que no se tenía constancia de ningún gran éxito, y no contaba con ningún apoyo para su promoción. Estaba basada en un relato de Russell Hunter, un escritor y compositor que en los años sesenta contó cómo había vivido un extraño suceso en una casa en Denver. En la historia, Russell, que había alquilado una pequeña mansión para ver si le llegaban las musas, relataba como, en vez de a estas, lo que comenzó a escuchar fueron ruidos raros. Como si la casa tuviera vida propia. Acababa manifestando —vamos a pensar que se trataba de su propia imaginación— que allí habitaba el fantasma de un niño asesinado por su familia por ser discapacitado. Es más, la familia, de clase muy adinerada, lo había matado y lo había cambiado por otro sacado de un orfanato para que fuera este quien heredase toda la fortuna. Pero el niño de la silla de ruedas no se había quedado quieto y reclamaba justicia. De primeras, ya acojona.

El título original de la película es The Changeling, que significa algo así como «niño cambiado». Para los angloparlantes da todas las pistas posibles. En España, no obstante, no se hizo una mala «traducción», porque si hay un protagonista es la escalera de la mansión y todo lo que sucede en ella. Su director, Medak, calcó punto por punto la historia de Russell y ahí nos encontramos con ese compositor, interpretado por George C. Scott —el primer actor que rechazó un Óscar de verdad y no como Marlon Brando, que envió a la actriz de origen indio Sacheen Littlefeather a recoger su estatuilla—, que alquila una casa en Seattle para empezar una nueva vida después de la muerte accidental de su mujer y su hijo. Hasta ahí todo correcto. Imágenes cotidianas y, si acaso, cierta pesadumbre por la tristeza que siente el compositor.

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4 comentarios

  1. josé antonio

    Se me han erizado los vellos del brazo recordando la escena de la dichosa pelotita. Esta película es todo un clásico del género, en su vertiente fantasmagórica, mucho más agradable a la vista que el gore, que aunque también ha dado a lo largo de los años alguna que otra satisfacción, siempre suele ser más un cine de cara a la galería (quinceañeros) que las historias de casas y espíritus del pasado que quieren decirnos, o hacernos, algo. En este caso, el cine va a la inversa que la literatura, recordando aquel prólogo de los Mitos de Cthulhu de Rafael Llopis, donde decía que los fantasmas, en la literatura, llegó un momento en que dejaron de dar miedo y por eso empezó aquello denominado cuento materialista de terror, con Lovecraft y sus dioses primigenios a la cabeza. En el cine, vimos como en los setenta eran los zombies y todo tipo de plagas las que nos hacían huir despavoridos, pero desde hace unos años, las mejores películas son las que vuelven a tratar el tema de los fantasmas, las que mejor acogida están teniendo y mayor calidad tienen. Ahora, le voy a tirar la pelota a mi perra a lo largo del pasillo, a ver quien o que me la devuelve.

  2. Pingback: “La madre de todas las casas de espíritus “ | " Una Voz en el Silencio "

  3. devilinside

    Yo me acojoné muchísimo cuando la ví

  4. The Haunting, de Robert Wise, 1963. «And we who walk here, walk alone…»
    Y no hay más que añadir.

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