
Jot Down para Samsung
Actuar, como leer, nos permite vivir otras vidas. Ponernos en la piel de otras personas. Ser otro u otra durante un rato. Resulta casi mágico que distintos mecanismos cognitivos nos faciliten de esa manera ver el mundo desde la perspectiva de un personaje de ficción, sintiendo como él siente y pensando como él piensa, llevándonos incluso en ocasiones a replantear nuestros propios sentimientos o nuestra forma de ver las cosas. La actuación, como la lectura, tiene un punto catártico porque nos arranca de nuestro mundo para zambullirnos de lleno en el punto de vista ajeno. Un efecto que nos permite descubrir cosas que tal vez nunca hubiéramos imaginado desde la cómoda perspectiva de nuestras existencias.
De ahí que conozcamos tantos casos de cantantes que han ido más allá de la simple interpretación de un papel, traspasando ciertos límites que han podido llegar a ser peligrosos para su integridad física o mental. Y de ahí el gran mérito del trabajo del intérprete y la eterna discusión de si realmente sentir lo que se muestra ante el público o solo impostar un sentimiento que, en realidad, no existe en su interior. Denis Diderot razonaba en La paradoja del comediante que el gran actor era el que no sentía las emociones que interpretaba y quedaba por tanto desprendido de su personaje. Por el contrario, afirmaba que la persona que se sentía completamente inmersa en su rol ficcional podía acabar perdida en mitad del escenario. Bertold Brecht, estandarte del artificio, creía que los cantantes debían ser los peores intérpretes posibles, ya que de esa forma el público no se vería arrastrado emocionalmente.
Existen multitud de historias que precisamente juegan con el morbo de la personalidad del actor que se difumina entre la psicología del personaje. Métodos como el de Konstantin Stanislavski han dado pie a relatos sobre cantantes que han llegado a experimentar emociones reales de gran calado a raíz de la intensidad de sus papeles. Interpretar y, sobre todo, interiorizar el sufrimiento de personajes como el de Cio-Cio San, la protagonista de la ópera Madama Butterfly, puede ser de esta forma una actuación arriesgada en más de un sentido. ¿Cómo llegar a la distancia ideal en la que sentirse el personaje pero no correr ningún riesgo? ¿Ser, de esa forma, espectador e intérprete con las ventajas de cada perspectiva? No ha sido hasta los últimos avances en tecnología que no pudimos obtener respuesta a esas preguntas.
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