
Desde niños, nos enseñan que debemos hacernos cargo de las consecuencias de nuestras acciones. Como adultos, pasamos una porción importante de nuestro tiempo en evadir responsabilidades. O, mejor, deseando que no nos toque en suerte enfrentar esas situaciones.
Convivimos con la suerte. Afecta, para bien y para mal, a lo que hacemos y dejamos de hacer, y a sus efectos. También a las circunstancias que nos toca vivir, y hasta a los factores que influyen en nuestra constitución más íntima.
Suele asociarse la idea de suerte con lo que acontece contra todo pronóstico; con aquello cuya probabilidad de ocurrencia es muy baja y, no obstante, sucede. A veces se dice en este sentido que algo se debe a la suerte si pasa «de casualidad». Aunque esa percepción es muy importante, la noción que importa aquí es diferente: es la que vincula al azar con la falta de control. Se debería a la suerte, entonces, aquello que, en algún sentido, no podemos controlar.
La filosofía se encarga de este tema desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, su nombre moderno fue acuñado en 1976, cuando los profesores Bernard Williams y Thomas Nagel, en sendos artículos con título (involuntariamente, según sus creadores) idéntico, lo llamaron «suerte moral».
A grandes rasgos, se dice que hay suerte moral cuando se aplican soluciones diferentes a dos casos que son iguales salvo por factores atribuibles a la suerte. Supongamos que un sujeto quiere romper el vidrio de una ventana con una piedra que ve a su lado, en el suelo. Levanta la piedra, se sitúa a la distancia adecuada, arroja el proyectil con la fuerza suficiente contra el vidrio —porque ya lo ha hecho antes, es un vándalo experto en romper vidrios; o, mejor, digamos que es Ulf Timmermann, el legendario lanzador de bala alemán—, la piedra impacta contra el vidrio y lo rompe. Ahora pensemos en otro sujeto —para ponerle sal al asunto, digamos que es Randy Barnes, el rival de Timmermann en Seúl 88, norteamericano— que tiene la misma idea. Levanta la piedra, la arroja desde la distancia correcta y con la fuerza correspondiente, pero justo cuando la piedra está a punto de impactar contra el vidrio, sale desde detrás de un árbol un pato, pasa volando a toda velocidad y se lleva la piedra con el pico, evitando así que el vidrio sea roto. ¿Corresponde reprochar con la misma intensidad a Timmerman y a Barnes, o el primero merece un reproche mayor que el segundo?
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Hagamos un salto de dramaticidad fingida, ya que un vidrio, en fin de cuentas es un vidrio. ?Qué castigo merecería Hitler y sus esbirros si de alguna manera aliados y rusos llegaban antes de que se pusiera en marcha el exterminio, pero los campos electrificados, los hornos, las duchas de gas, los niños y mujeres al limite de la resistencia continuaban ahí, todavía vivos? Muy bueno el artículo. Hace pensar.