
Un baúl encontrado en unas obras de remodelación del Palacio de El Pardo. Un arcón guardado en una recóndita habitación a la que solo tenía acceso el dictador Francisco Franco. Un críptico contenido que incita a la elucubración; unos discos de pizarra de una folclórica olvidada y una tesis doctoral sobre magnetismo, perdidos entre un sinfín de viejos enseres; pases de espectáculos de copla, cartas gastadas, fotos antiguas, un abanico… Pero la tesis no es cualquier tesis. Es un trabajo de investigación revelador. Está fechada en 1923, el año en que Albert Einstein visitó España de la mano de Blas Cabrera. La página de agradecimientos está arrancada. Es una tesis escrita por una mujer. La primera tesis de física de una mujer en España. La tesis de Agustina, Agustina Ruíz Dupont.
La sexta conferencia de Solvay fue celebrada en Bruselas en 1930, bajo el mecenazgo de Ernest Solvay, un industrial belga que se había hecho rico a los veintitrés años al aplicar a escala industrial un método para obtener carbonato sódico haciendo pasar amoníaco y dióxido de carbono a través de una solución saturada de sal común. Es decir, alguien al que la ciencia había cambiado su vida; para bien. La conferencia de ese año, junto con la del 1927, reunió a la más grande generación de físicos de todos los tiempos. Sin lugar a dudas, aquella conferencia produjo un cambio de paradigma en la comprensión de la naturaleza que ha conducido, a la postre, a desentrañar ciertos mecanismos esenciales que transitan desde el mundo subatómico a la inmensidad del universo. Durante esos días en Bruselas los más ilustres científicos de los campos de la química y la física discutieron sobre el tratamiento cuántico del magnetismo. Hombres como Niels Bohr, Enrico Fermi, Wolfgang Pauli, Werner Heisenberg o el propio Albert Einstein, reflexionaron durante aquel lejano octubre de entreguerras sobre las bases del magnetismo. Treinta y dos personas. Catorce premios Nobel, de los cuales dos recaían sobre la misma persona; Maria Salomea Sklodowska, Marie Curie. Era la única mujer de la conferencia. O tal vez no.
En aquella mítica convención de los años treinta, y acompañando a los eminentes genios de la física, se desliza también un español, Blas Cabrera, dicen que invitado por el propio Albert Einstein y por Marie Curie al evento, reconociendo así la publicación de sus importantes trabajos experimentales sobre medidas magnéticas. Ese español está acompañado por la misteriosa Agustina, su discípula, a la que había dirigido la tesis, y que en el transcurso de la sexta conferencia de Solvay ejerció de mediadora entre las enfrentadas posiciones de Bohr y Einstein, argumentando, proponiendo soluciones en la enconada brega de los dos gigantes. Una disputa que acabará cambiando para siempre la concepción de la física teórica. Es durante esa conferencia donde, en el fragor de la batalla, Einstein le espeta a Bohr su famoso «Dios no juega a los dados», y donde el danés insta a Einstein a dejar de decirle a Dios lo que tiene que hacer.
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Tuve oportunidad de ver «El enigma Agustina» hace unos días en Zaragoza. Es una maravilla, totalmente recomendable.
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