Arte y Letras Literatura

El fracaso de escribir

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Philip Roth, 1968. Fotografía: Bob Peterson / Getty.

Siempre he pensado que hay algo aberrante en escribir. En intentar trasladar al papel una historia. Es una de esas cosas que a uno jamás le salen como quiere. Se asemeja, supongo, a criar a un hijo o plantar un jardín. El texto siempre parece ir decidiendo su propio camino al margen de la voluntad del autor. Es un proceso utópico e infeliz. Lleno de insatisfacciones. El escritor nunca logra estar a la altura de sus propias aspiraciones. De lo que esperaba de sí mismo como autor. Por eso escribir es, sobre todo, fracasar. Fracasar una y otra vez con la absurda esperanza de no morir en el intento y vencer algún día. Como si Sísifo tuviese alguna posibilidad de alcanzar en el futuro la cima de la colina.

Lo escribía Philip Roth en Pastoral Americana a propósito de una conversación entre los personajes Nathan Zuckerman y Jerry Levov en la que este comenta que «el quirófano te convierte en alguien que nunca se equivoca», añadiendo que es muy parecido a escribir. Zuckerman lo corrige: «Escribir te convierte en alguien que siempre se equivoca. La ilusión de que algún día puedes acertar es la perversidad que te hace seguir adelante». Resulta difícil comprender cómo alguien puede ser tan consciente de su propia realidad y, al mismo tiempo, escribir veintisiete novelas, medio centenar de relatos, una docena de ensayos y dos libros de memorias. Imagino que, a fin de cuentas, y enfocado desde la perspectiva adecuada, el fracaso puede ser una de las claves más importantes del éxito.

Por eso me resultan tan admirables esos autores que un buen día deciden que han fracasado bien, que han fracasado, tal vez, lo mejor que sabían, y abandonan su carrera literaria con apenas uno o dos títulos en su haber. Escritores que, habiendo cosechado un fracaso magnífico, comprenden que no hay necesidad de seguir intentándolo. Porque han asumido que es imposible acertar. Como Juan Rulfo, quien después de componer algunos relatos cortos escribió Pedro Páramo y se dio cuenta de que, si con eso no bastaba, no se podía hacer mucho más. Algo parecido a lo que le sucedió a J. D. Salinger, quien, tras publicar El guardián entre el centeno, sintió que aquel era un fracaso lo bastante satisfactorio como para no volver a probar fortuna en los cerca de sesenta años que todavía le quedaban por vivir. O a Luis Martín-Santos, quien seguramente sospechaba que, si escribir era sobre todo fracasar, difícilmente podía hacerlo mejor que con Tiempo de silencio.

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6 comentarios

  1. Cuando el fracaso no tiene cabida, porque es inmenso.
    Es quizás, como esos pisos caóticos de estudiantes donde todo está extrañamente en su sitio.
    Felicidades.

  2. ¿Ni una mención a los escritores negros que la mayoría tiene? porfavor di un poco la verdad de todo.

  3. Ariel Conceiro

    Un caso a medio camino entre Ryoki Inoue y Corín Tellado es el del gran Francisco González Ledesma. Bajo múltiples seudónimos, aunque la mayoría bajo el nombre de Silver Kane, entre los años 50, 60 y 70 del pasado siglo, escribió unas 1300 novelas. A partir de los 80 decidió reposar y, ya con su verdadero nombre, escribir novelas más cuidadas y trabajadas regalándonos algunas de las mejores novelas negras del siglo XX y un personaje ya mítico, el añorado Méndez. Un genio el señor González Ledesma al que desgraciadamente seguimos sin darle el valor que tiene.

  4. También está el que abandona los intentos profesionales, pero no deja de escribir…

    Un artículo muy interesante.

  5. Todo este buen artículo de divulgación viene a cuento de una (entre tantas) de mis angustias terrenales: no poder leer ni ver durante mi vida todas las películas y, sobre todo, los libros publicados. Es imposible. Quizás la Biblioteca infinita de Borges no era un utopia pero sí un fracaso. Y de los autores de los cuales no sabemos nada? Y los de la Biblioteca de Alejandría? Adriano, el emperador, decía que, como los graneros, era necesario crear bibliotecas porque vendría tiempos secos. La superproducción también es una forma de sequía.
    Creo que estamos atravesando
    demasiado rápido este Universo.
    ¿Cómo haremos para que no se vuelen
    y se pierdan para siempre y sin remedio
    todas las páginas que escribimos?
    ¿Y mi fósil de aquel vertebrado extinto?,
    ¿y aquella moneda antigua y consumida
    que dejó al perfil de un rey mudo y ciego?
    ¿Cómo proteger los recuerdos y mis alas
    que no han probado nuevos vientos?
    ¿Y la historia, los Atlas, los poemas,
    los libros, los diccionarios?, ¡los mapas!
    ¿Qué será de las aves sin patria
    y a quienes hemos amado tanto?
    ¿Qué será de los reflejos abrazos
    y de las caricias resignadas
    que sin embargo nos llenaron de fervor?
    ¿Polvo de estrellas para comenzar
    de nuevo?
    Muchas gracias por la lectura.

  6. Efrain Diaz

    Exclente articulo, me lo he leido desde el principio hasta el fin, y debo decirlo tambien, con gran asombro, pues seguro que no conocia la mayor parte de los datos que has compartido. Esto me ha sorprendido en gran manera, y de paso me ha dejado un sabor especial en mi alma y el deseo de un día a lo grande.

    Gracias por compartir esto amigo. ¡Muy bien!

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