
Cuando entrevistamos a Rafael Poch, periodista que estuvo en Corea del Norte, contó que a estas alturas del siglo había que ir abandonando los clichés. En el país de la dinastía estalinista o maoísta, o ambas a la vez, y bla, bla, bla… había una incipiente burguesía, cada vez más importante, y sus ricos correspondientes. La mayoría procedentes de una nomenclatura que hace negocios de estado en «zonas grises», dijo, y entre otras cosas, puede permitirse objetos de lujo, como trajes de dos mil euros, que es lo que el periodista se encontró a la venta en una localidad que vistió en la que había una tienda de Salvatore Ferragamo.
Según cuenta el libro [Un]precedented Pyongyang de Dongwoo Yim, que estudia el modelo de arquitectura urbana de la capital norcoreana, el microdistrito, esta planificación que pretendía alcanzar la utopía juche, está siendo derruida en muchos lugares para construir apartamentos de lujo. Como se escribió en el Jot Down 21 especial URSS, esos pisos son para «la nueva clase, los donju, ciudadanos enriquecidos por la liberalización progresiva del mercado, con el fin de aumentar la densidad de población y concentrar la actividad comercial».
Los donju son alrededor de un 10% de la población. Viven en ciudades como Pyongyang, Chongjin, Wonson y Hamhung. Esta nueva clase urbana recibe cursos de montar a caballo, conduce Audis A6… Y con la llegada de Kim Jong-un no han hecho más que prosperar. El New York Times contaba el año pasado que se han abierto centros comerciales y que cada vez entran más productos extranjeros, algo que «erosiona» el culto a la personalidad al Amado Líder. Mientras crece la economía privada, aparecen más personajes menos dependientes del estado. Un 40% de la población está involucrada directamente en ese comercio ilegal o alegal. Greg Scarlatoiu, director ejecutivo del Comité de Derechos Humanos en Corea del Norte, se refería al fenómeno como «totalitarismo de mercado».
Pero si hay un libro que ha tratado este fenómeno ese es North Korea Confidential, de Daniel Tudor y James Pearson, periodistas de The Economist y Reuters, respectivamente. Su objetivo ha sido analizar uno de los modelos estatales más singulares del mundo, sobre todo por lo inesperado: un sistema en el que conviven ejecutivos con móviles de última generación y un sistema penitenciario basado en el gulag.
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Joder, son como personas, a pesar de vivir en un país rojo…
Lo único que habría que pedirle a los dirigentes de estos pueblos es que respeten los derechos humanos, después que elijan el gobierno que quieran. Estamos convencidos de los beneficios de la democracia representativa y liberal, pero no es perfecta. Después habría que tomar con pinzas las noticias que dan esos dos periodistas pues son parciales. Saliendo del tema no creo conveniente sacar estos excelentes artículos durante el mundial. Se necesita tranquilidad de ánimo para hacer un comentario y tiempo robado a los goles. Y encima la selección empata contra Islandia.