Lujo y moda norcoreana

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Una trabajadora del metro de Pyongyang con su uniforme de trabajo, Corea del Norte, 2016. Foto: Damir Sagolj / Cordon.

Cuando entrevistamos a Rafael Poch, periodista que estuvo en Corea del Norte, contó que a estas alturas del siglo había que ir abandonando los clichés. En el país de la dinastía estalinista o maoísta, o ambas a la vez, y bla, bla, bla… había una incipiente burguesía, cada vez más importante, y sus ricos correspondientes. La mayoría procedentes de una nomenclatura que hace negocios de estado en «zonas grises», dijo, y entre otras cosas, puede permitirse objetos de lujo, como trajes de dos mil euros, que es lo que el periodista se encontró a la venta en una localidad que vistió en la que había una tienda de Salvatore Ferragamo.

Según cuenta el libro [Un]precedented Pyongyang de Dongwoo Yim, que estudia el modelo de arquitectura urbana de la capital norcoreana, el microdistrito, esta planificación que pretendía alcanzar la utopía juche, está siendo derruida en muchos lugares para construir apartamentos de lujo. Como se escribió en el Jot Down 21 especial URSS, esos pisos son para «la nueva clase, los donju, ciudadanos enriquecidos por la liberalización progresiva del mercado, con el fin de aumentar la densidad de población y concentrar la actividad comercial».

Los donju son alrededor de un 10% de la población. Viven en ciudades como Pyongyang, Chongjin, Wonson y Hamhung. Esta nueva clase urbana recibe cursos de montar a caballo, conduce Audis A6… Y con la llegada de Kim Jong-un no han hecho más que prosperar. El New York Times contaba el año pasado que se han abierto centros comerciales y que cada vez entran más productos extranjeros, algo que «erosiona» el culto a la personalidad al Amado Líder. Mientras crece la economía privada, aparecen más personajes menos dependientes del estado. Un 40% de la población está involucrada directamente en ese comercio ilegal o alegal. Greg Scarlatoiu, director ejecutivo del Comité de Derechos Humanos en Corea del Norte, se refería al fenómeno como «totalitarismo de mercado».

Pero si hay un libro que ha tratado este fenómeno ese es North Korea Confidential, de Daniel Tudor y James Pearson, periodistas de The Economist y Reuters, respectivamente. Su objetivo ha sido analizar uno de los modelos estatales más singulares del mundo, sobre todo por lo inesperado: un sistema en el que conviven ejecutivos con móviles de última generación y un sistema penitenciario basado en el gulag.

Los autores subrayan que el ciudadano norcoreano, aunque no tenga la misma información que sus vecinos del sur, no está completamente desinformado. La información también se compra y se vende en el mercado negro y funciona el boca oreja. En dispositivos USB se venden copias de la Wikipedia coreana y, por supuesto, pornografía.

En los primeros capítulos ponen en duda que se pueda hablar de un sistema estalinista en Corea del Norte. Los agricultores ya pueden retener un tercio de sus cosechas y el mercado privado clandestino surgido por mera necesidad de supervivencia tras las hambrunas de los noventa ahora es el que mantiene a flote a las nuevas capas de la sociedad. Hay compañías privadas que compiten entre sí ferozmente y el gobierno estimula la producción de bienes de consumo locales que puedan sustituir a los chinos, un 80% de todos los que hay en circulación.

La clave estuvo en ese periodo de la última década del siglo XX en el que el sistema de racionamiento del Estado colapsó tras el final de las ayudas de la URSS, que desapareció. Los norcoreanos tuvieron que aprender a sobrevivir sin el Estado por una cuestión de extrema necesidad. Las relaciones que establecieron entre ellos los habitantes, los pequeños trueques e intercambios en el mercado negro, generaron una actividad comercial que ha sobrevivido hasta hoy.

Siempre existió una actividad económica privada ilegal, pero en los noventa se convirtió en imprescindible. El Estado, al no verse amenazado directamente por este mercado, no trató de reprimirlo, aunque en 2009, con la revaluación de la moneda que se efectuó, el gobierno, de facto, confiscó el ahorro de sus ciudadanos. Desde ese momento la desconfianza hacia el Estado y sus normas a la hora de establecer un plan de vida llegó a sus cotas más altas.

Pese a todo, lo más fascinante es el capítulo 5 de la obra: «Clothes, fashion and trends». En este apartado queda claro algo expuesto en los anteriores sobre los límites del poder de la nueva burguesía roja. Cualquiera que se pase de la raya acaba en el rodong danryondae, el sistema de campos de trabajo. Llevar unos vaqueros, por ejemplo, puede significar sobrepasar esa raya. Los cortes de pelo están limitados a una longitud. Peinados, hay una serie de modelos oficiales entre los cuales se puede elegir, aunque cada vez las políticas más laxas según quién incumpla las normas. Un ejemplo:

Una mujer de veintitantos años, que dejó su ciudad natal de Hoeryong (cerca de la frontera con China) en octubre de 2008, afirma que una vez fue sorprendida con pantalones vaqueros negros en la calle por miembros de la Juventud. Se la llevaron y le dieron arengas durante nueve largas horas, pero luego la liberaron después de que apareciese su madre. Su madre conocía a muchos altos funcionarios, por lo que el asunto acabó ahí.

El traje ideal es el yangbok, atuendos similares a los popularizados por Mao y Stalin, trajes de cuello alto, abotonados, color gris oscuro, negro o azul. Un conjunto de chaqueta y pantalones cuesta el equivalente a veinte dólares en los mercados oficiales. Están elaborados con telas chinas y, por lo que parece, las que se envían a Corea del Norte son las sobrantes de otros proyectos. No es extraño, cuenta el libro, elaborado con testimonios de norcoreanos y trabajadores extranjeros, que el comprador se encuentre con que el forro de la chaqueta esté lleno de logotipos falsificados de Prada o Louis Vuitton.

Las mujeres no pueden llevar ropa ajustada, ni tacones altos ni faldas cortas. Los pendientes han estado prohibidos hasta 2010. Para velar por el cumplimiento de los cánones estéticos hay una policía de la moda formada por estudiantes de la Liga de la Juventud Socialista. Como ven, las imposiciones estéticas en la sociedad capitalista y en la comunista recurren a las mismas estructuras, llámense guardias rojas de Kim Il-sung o Cámbiame de Telecinco.

Kim Jong-un y Ri Sol-ju, Pyongyang,2012. Foto: Cordon.

El traje verde de Kim Jong Il estuvo de moda hasta su muerte. Todos los varones con ínfulas se lo ponían. A día de hoy se considera pasado de moda. Kim Jong-un, en realidad, no lo ha actualizado, va vintage. Lo que lleva se parece mucho a la ropa de su abuelo, Kim Il-sung, lo cual no debe ser casual o una simple elección estética, está cargado de significado político. Sin embargo, la que brilla con luz propia es su mujer, Ri Sol-ju. Es la trend-setter del país. La Kim Kardashian del socialismo real vía juche, para que me entiendan. Sus looks se pueden ver en las mujeres ricas de Pyongyang. A veces es tan frívola que lleva broches en lugar de insignias con la efigie de su marido. Cómo se le va la olla.

Quien se salta las normas estéticas y no tiene padrinos o dinero para un oportuno soborno puede ir a un campo de trabajos forzados entre uno o dos meses o un año entero. Para los ricos impera otro orden. En Pyongyang se conoce la moda surcoreana. En sus tiendas exclusivas aparecieron copias falsas de los zapatos de Kim Tae-hee, una de las mujeres más bella del país hermano. El dicho popular reza así: «Puedes encontrar cualquier cosa en el mercado negro mientras no sea el cuerno de un gato».

Pero la capital de la moda está en la periferia, en Chonjin. Un núcleo industrial y ciudad portuaria que, no obstante, está alejado de la fuerte influencia ideológica de Pyongyang. Es allí por donde entran las modas extranjeras. Estos periodistas lo comparan con «lo más parecido a un salvaje oeste que hay en Corea del Norte». A su puerto llegan paquetes con ropa desechada procedente de Japón que, aunque sean de segunda mano, son de una calidad mucho más alta que cualquier cosa producida en la industria local.

Una desertora, que se fue en 2010, declara que tanto los vaqueros como cualquier tipo de ropa que muestre el cuerpo estaban prohibidos, pero que ella y muchos otros usaban pantalones vaqueros pitillo acampanados, que «hacen que tus piernas luzcan delgadas y buenas y puedas presumir».

La noche es cuando los jóvenes se atreven a llevar estos modelos, cuando es más difícil verles. A menudo lo hacen bajo abrigos largos. A altas horas hay circulando por la calle mujeres que desafían al sistema con falda corta y medias negras.

El mercado de las falsificaciones está especialmente desarrollado en esta ciudad. Es admirado por los turistas chinos, que las prefieren a las de su país, que se supone que es la quintaesencia en el arte de copiar.

Cuando un culebrón que triunfa en Corea del Sur se convierte en un éxito underground en el norte —a través de DVD o memorias USB—, los falsificadores se las arreglan para sacar a la venta ropa parecida o que finge ser la misma que la de los protagonistas y estrellas de la serie. «Algunos analistas dicen que en Corea del Norte nunca podrá haber una reforma económica porque cualquier apertura permitiría a los norcoreanos averiguar que existe una calidad de vida superior al sur de la zona desmilitarizada. Pero la verdad es esta: los norcoreanos ya lo saben», explican los autores.

En el sur hay una operación estética que es muy popular, también en China. Es la cirugía de doble párpado para abrirse más los ojos. Una blefaroplastia. No solo es una ambición estética, también está demostrado que es más fácil que encuentre trabajo la gente que tiene la operación hecha. Muchos padres se la regalan a sus hijos por su graduación. La intervención, en Corea del Norte, solo está al alcance de los más ricos. Pero el resto también se la hace. Eso sí, tiene que hacérsela en la calle, sin anestesia, a manos de alguien que, generalmente, ha aprendido en la calle a hacerla. El procedimiento es ilegal, pero tan popular que las autoridades poco pueden hacer al respecto.

Con el sexo ocurre lo mismo. Si una pareja de novios se coge de la mano se puede encontrar con una dura reprimenda de los militantes de la Juventud, pero hay toda una red de apartamentos y habitaciones privadas que se alquilan por horas. En los núcleos urbanos está la figura de la ajumma, mujeres que dejan su casa, generalmente por la tarde, mientras sus hijos están en clase y su marido en el trabajo, para que una pareja, previo pago en efectivo, tenga relaciones.

La conclusión que extraen los dos autores es muy bonita y válida también para las miradas occidentales a otras latitudes: «La imagen que dan los medios occidentales de los norcoreanos tiende a despojarlos de su actividad. El ciudadano de la RPDC es mostrado como un ciego seguidor de la propaganda estatal o una víctima indefensa de ella. Pero el hecho de que haya jóvenes norcoreanos que estén dispuestos a arriesgarse a un castigo severo, así como a la fuerte desaprobación de los ancianos, simplemente por un buen look, debe mostrarle al lector que se trata de nociones simples y caricaturescas».

Pearson inyecta savia nueva a las investigaciones sobre países socialistas, nació poco antes de que cayera el Muro. Todos los prejuicios de la época no tienen por qué haber condicionado su visión. Tudor, por su parte, es autor de Korea: The Impossible Country, un trabajo sobre Corea del Sur más centrado en lo social y cultural que en lo económico y relativo a la defensa. En unas declaraciones a Asian Society, Pearson dijo: «La gente aún se divierte en Corea del Norte, se enamoran, se desenamoran, se emborrachan, se drogan (…) a pesar de los retos del día a día y lo que exige de ellos el Estado, mucha gente tiene (comparativamente) vidas normales».

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2 comentarios

  1. Máximo

    Joder, son como personas, a pesar de vivir en un país rojo…

  2. Lo único que habría que pedirle a los dirigentes de estos pueblos es que respeten los derechos humanos, después que elijan el gobierno que quieran. Estamos convencidos de los beneficios de la democracia representativa y liberal, pero no es perfecta. Después habría que tomar con pinzas las noticias que dan esos dos periodistas pues son parciales. Saliendo del tema no creo conveniente sacar estos excelentes artículos durante el mundial. Se necesita tranquilidad de ánimo para hacer un comentario y tiempo robado a los goles. Y encima la selección empata contra Islandia.

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