
Hay quienes son más prodigiosos que otros en la manera de gestionar sus recuerdos, pero la memoria es, para la mayoría, siempre difusa, cuando no ausente. Para confirmar este mal basta con hojear algún libro, preferiblemente ensayo, que se tenga en casa. En especial, si ha sido de nuestro interés y lo encontramos subrayado cada dos páginas, con comentarios propios escritos en letra pequeña sobre los bordes y las esquinas. Es más sencillo recordar la tesis de un libro que su contenido exacto, del cual tal vez solo podríamos mencionar ideas generales y algunos datos no del todo concretos; un par de fechas históricas, algún principio científico, una propuesta filosófica.
No se trata de una molestia alarmante, aunque sí puede llegar a causar frustración. Se recuerda de manera lúcida aquello que ha causado una fuerte impresión emocional, no necesariamente buena, o lo que se ha aprendido bajo influencias concretas, como el adoctrinamiento en los símbolos patrios o las aburridas obligaciones escolares. Querer saber más sobre algo depende de la voluntad personal, que a menudo se ve afectada por las limitaciones impuestas por la biología, las condiciones ambientales o la escueta capacidad cerebral de cada uno. Qué frustrante es abrir al azar un libro del que uno cree haber aprendido, solo para constatar que lo único que recuerda son tan solo algunos datos.
Tal vez es así como debe ser, pero los simples mortales no quieren verlo de esa forma. Constantemente se escucha hablar de quienes muestran gran capacidad de memorización, gente magnífica que recuerda cien mil dígitos de Pi, poemas interminables o cantidades obscenas de toda clase de información. Es tentador idealizar a estas personas como prodigios intelectuales, algunos lo son, aunque muchos de ellos son de inteligencia convencional o tal vez solo un poco por encima de la media. No hay necesariamente un vínculo entre la inteligencia y la memoria, aunque eso no significa que no pueda utilizarse el ingenio de la primera para ampliar las cámaras de la segunda.
En tiempos ya antiguos, cuando Grecia y Roma eran lo que ya no son, se utilizaron técnicas de memorización que resultaron muy útiles para poetas y procuradores, obligados como estaban a declamar ante el público o en audiencias privadas. De todas estas ars memoriae, la más conocida es el palacio de la memoria, o método de loci, que se construye imaginando un itinerario a través de un espacio arquitectónico, no necesariamente real, en donde en cada cámara, pasillo y jardín se coloca una pieza de información que se desea recordar. Si se tenía que dar un discurso, la mente recorría entonces este castillo mental en un orden predeterminado y retiraba la información que previamente se había puesto en este patio o en aquella habitación. Fue una de las técnicas utilizadas por algunos sacerdotes y demás estudiosos para memorizar contenido durante el Medievo, cuando los libros eran tesoros extraños y solo se tenía acceso a ellos después de largas travesías por los bosques y pantanos de Europa, y sin ninguna garantía de volverlos a ver una vez devueltos a sus dueños. Fue así como, antes de la aparición de la imprenta, comenzaron a surgir algunas de las primeras copias de manuscritos, seguramente con errores causados por un mal ejercicio de la memorización.
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Con respecto a la memoria, optaría por seguir con nuestro errores, limitaciones y transitoriedad. Si pudiéramos recordar todo desde el momento del ingreso en este mundo, ¿qué tiempo quedaría para las cosas del mundo? Ya bastante tiempo perdemos mirando cosas ajenas en el móvil, no quiero ni imaginar los resultados si el objeto de nuestra curiosidad fuésemos nosotros mismos. Muy buena lectura.