
Jot Down para Martini
Cuando va referida a lo que se sirve en un vaso, la palabra cóctel tiene una resonancia especial. Es a la vez aristocrática como un dandi de la nobleza y vanguardista como un bartender tatuado. Nos lleva a extremos tan alejados como James Bond pidiendo su dry martini o el Nota de El Gran Lebowski su ruso blanco. Los buenos cócteles son precisamente eso, personalidades que no estaban destinadas a sentarse en una misma mesa. Las bebidas que los componen no se inventaron para mezclarse, y por eso cuando se produce un hallazgo válido, su receta se perpetúa generación tras generación. Especialmente si, como en el caso del negroni, su degustación va ligada a la hora del aperitivo. E incluye en su receta algo tan inseparable de ese momento como el vermú.
Como cóctel el negroni es una especie de trinidad non sancta, con tres ingredientes en idéntica proporción. Para ser perfecto debe llevar una parte de vermú rojo, otra de bitter, y una de ginebra. Y para ser negroni, un vaso ancho, una rodaja de naranja y hielo. Que la fórmula de su mezcla sea 1:1:1 parece encerrar un secreto mágico, aún mayor si reparamos en que pudo ser creado gracias a una historia trinitaria. En ella participan la alquimia moderna, una planta creada artificialmente por el hombre, y un paladar forjado en el Lejano Oeste. Si hubiera faltado alguno hoy no disfrutaríamos de este cóctel. Y no sería una ausencia banal. El negroni es uno de los tragos más amargamente dulces que puede darnos esta vida. Que se lo digan si no a Orson Welles y a Luis Buñuel, dos cineastas que, tras conocerlo en Italia, ya no quisieron prescindir de él nunca.
El primer elemento en la historia de negroni es precisamente italiano, y tiene que ver con la peculiar idea de añadirle aromas al vino. Con eso, y también con la megalomanía de Napoleón, que después de conquistar Europa y ser derrotado estrepitosamente dejó un gran vacío, especialmente en el bolsillo de los soldados que le acompañaron en su aventura. Uno de ellos regresó a su hogar italiano en la más completa ruina, y su hijo, ante la perspectiva de la pobreza venidera, decidió buscarse la vida en otra parte. Dotado de una pituitaria excepcional, Luigi Rossi viajó a Turín, donde se hizo primero enólogo y luego herborista. Su olfato no debía andar lejos de la sublime capacidad del protagonista de El perfume, la novela de Patrick Süskind, porque pronto fue reconocido como el mejor en su oficio, y buscado por todos los fabricantes de vermú del país. Aunque el único que logró convencerle fue Alessandro Martini, quizá debido a que una variedad especial de ajenjo, elemento imprescindible para crear el vermú, solo crece en los alrededores de Pessione.
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Magnífico artículo, de lo mejorcito de Jotdown. Desconocía el origen y evolución del Negroni. Me pongo manos a la obra!!! ;-))
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