
Cuando Andrea, la protagonista de Nada, de Carmen Laforet, llega a Barcelona con todas sus ilusiones a cuestas, porque las ilusiones uno las lleva a cuestas, dispuesta a cursar la carrera de Letras, no sabe todavía que la ciudad es también un infierno, es también un lugar hostil. Lo más común es pensar en la Barcelona de Las Ramblas, la Sagrada Familia y la playa. Pero Andrea se encuentra algo mucho menos amable y acogedor que aquella Barcelona que recordaba de sus visitas infantiles, cuando sus abuelos todavía eran jóvenes y sus tíos no se habían convertido en mortales imperfectos, en seres lentos y antipáticos. Las rutas laforetianas no tienen nada de romántico en la medida que romántico es ideal y es agradable y se parece a las postales, no tienen estos itinerarios nada de vacaciones y sol, sino todo lo contrario. Para los que hemos vivido por las calles que aparecen en Nada y estudiado en la misma universidad que Andrea, esta novela tiene más de rutinaria que de caballeresca; no hay ni rastro de una Barcelona embellecida por la luz, por la brisa mediterránea, el buen tiempo, el sol… no hay lugar para el tiempo libre y las horas alargadas que se recuestan en la hora de la siesta y amanecen descansadas y plácidas, con las mejillas sonrosadas, dulcemente. Carmen Laforet dibuja una Barcelona real, no hay cartón ni hay piedra, ni falsas esperanzas ni apariencias engañosas. No hay nada de eso: Barcelona es una ciudad enemiga, y así se lo hace saber Angustias al llegar, su tía.
La ciudad, hija mía, es un infierno. Y en toda España no hay ciudad que se parezca más al infierno que Barcelona… Estoy preocupada con que anoche vinieras sola desde la estación. Te podía haber pasado algo. Aquí vive la gente aglomerada, en acecho unos contra otros. Toda prudencia en la conducta es poca, pues el diablo reviste tentadoras formas… Una joven en Barcelona debe ser como una fortaleza. ¿Me entiendes?
Pero qué va, Andrea no entiende a su tía, y otra joven que llega a Barcelona con todas sus expectativas a cuestas, que va igual que la protagonista a estudiar la carrera de Letras, tampoco entiende: o sea, yo. Porque de la Ciudad Condal no nos advierten ni nos previenen ni nos alertan: Barcelona es poder y es valentía y es distinción y es burguesa y es, en definitiva y para sorpresa de los que la idealizan, un lugar maravilloso para el pecado y para la oscuridad, una trastienda abierta a lo impúdico, el descaro y la falta de pureza: es decir, una ciudad viva que se va actualizando sola, sin ley. Mi madre, lo mismo que Angustias, me hablaba del barrio chino y parecía que estaba hablando de un purgatorio terrenal, un lugar aterrador en el que de noche puede ocurrir cualquier cosa, mientras que Andrea y yo, que vivimos vecinalmente, nos damos cuenta de que de todas las cualquieres cosas que pueden ocurrir, la ciudad elige ocurrir nada. Pero tampoco seamos alarmistas ni dramáticos. Lo verdaderamente valioso de las rutas de Laforet, los espacios en los que decide escenificar la novela, es que son barrios ajenos a esa fantasía y a esa sensación de que en Barcelona todo lo que ocurre es o puede ser maravilloso. Vive en la calle Aribau, va y viene de plaza Universidad para estudiar y se encuentra siempre con el mismo vagabundo al que le da con resentimiento cinco pesetas al mes; Laforet está familiarizada con una Barcelona a horario, diaria, pura rutina. La diferencia entre aquella ciudad y la de hoy es la guerra y un conocimiento avaro del turismo y sus beneficios. Es decir, La Rambla, que en Nada es un lugar inhóspito y lleno de tentaciones pecaminosas, hoy es —de día— un lugar lleno de flores, souvenirs, taquillas, animales enjaulados y marroquíes vendiendo gafas luminosas, rosas, imitaciones de bolsos de marca y abanicos con una sevillana en el centro. Andrea desconocía La Rambla actual y yo, adaptándome a la realidad de entonces, voy a obviar el desencanto de la muchedumbre. Si quieren que les sea sincera, y apuesto a que sí, pueden irse olvidando de La Rambla tal como está expuesta: la ruta laforetiana es mucho menos pomposa, es una ruta de verdad, de la que se mezcla con la realidad de una ciudad tan activa como Barcelona.
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Lo único que tiene de incómodo son sus diagonales, que para uno con poco sentido de la orientación es un calvario. Pero ya me acostumbré y me dejo llevar por los ficticios Nortes, los posibles Estes que tendrían que traerme el olor del mediterráneo, un Oeste que no veo aunque en él estén los montes, y un Sur cubierto por cielo y casas con cada tanto una gaviota. Extravio completo es ella. Y si la miras desde un balcón con la balaustrada de hierro forjado que se hace molde en tu mano, es aún más bella, sobre todo cuando pasa el africano vendedor de bombonas, una especie de nuevo organilleroo. Muy bonita su descripción. Gracias por la lectura.
Voy ahora mismo por el libro.
El libro es excelente….pero los realmente infernal son los zombies nacionalistas…
Así es. Los nazionalistas y los posers radicales (de cualquier franquicia de moda) joden una ciudad portuaria que se construyó para el encuentro entre culturas.
Si hay algo interesante en Barcelona es el Raval. Lo demás es turismo barato, fachadas bonitas y ruinas de un pasado auténtico, pre-tripadvisors.
Chátelet decía que las dos condiciones para el infierno son: un lugar en el que las condiciones no cambiarán nunca y del que es imposible marcharse, y ésas obviamente no las reúne Barcelona…en cambio sí para muchas personas Medellín que solo cambia de fachadas para traficar lo mismo para ella y para el mundo.
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