
En una silla de ruedas está sentada una mujer de cincuenta y seis años. Lleva el pelo recogido en un moño de mujer de cincuenta y seis años y viste una bata larga y gruesa de algodón color burdeos que le cubre de los hombros a los pies mientras se tapa el cuello con un pañuelo de seda igualmente oscuro. Parece cansada, pero sus ojos están atentos. Mira hacia arriba. Enfrente, de pie, hay una mujer de cincuenta y cuatro años. Lleva una peluca rubia con tirabuzones, como el pelo de una niña de siete años, y un vestido bordado blanco de falda cancán justo bajo la rodilla con un lazo rojo en la cintura y un clavel de papel en el pecho. Es el vestido de una niña de siete años. Tiene tanto maquillaje en la cara que se diría que nunca se la ha lavado; solo ha ido añadiendo capa tras capa tras capa hasta que ha perdido todo el color y ahora es blanca. Como la de una niña de siete años.
La mujer de la silla de ruedas se llama Lucille Fay Le Sueur, pero el mundo la conoce como Joan Crawford. Su ropa forma parte de una historia. La mujer con el traje de niña se llama Ruth Elizabeth Davis, aunque siempre ha sido Bette. Ella misma ha elegido su vestuario. Al otro lado del set que la Warner ha montado en uno de sus estudios de Hollywood, Robert Aldrich respira hondo, se ajusta sus gruesas gafas de pasta y grita: «Acción».
¿Qué fue de Joan?
Hay un momento en Feud —la serie de Ryan Murphy que en su primera temporada narraba el rodaje y posterior estreno de ¿Qué fue de Baby Jane?— en el que Susan Sarandon, en la piel de Bette Davis, le dice a una Joan Crawford interpretada por Jessica Lange: «Bien, vamos a dejarnos de chorradas. Yo no te caigo bien y tú no me caes bien a mí, pero necesitamos que esta película funcione. Las dos lo necesitamos. Tan solo te pido que des lo mejor de ti. Inténtalo. Porque cuando eres buena, Joan, eres jodidamente buena». Estas frases definen en una pincelada el choque de trenes que fue la película tanto para sus estrellas como para todos los demás agentes implicados, pero también resume lo que suponía el Hollywood de la época para dos mujeres ya maduras, aunque fuesen (o hubiesen sido) las estrellas más fulgurantes de su firmamento. Más aún cuando estas dos estrellas, como mujeres, habían pasado la mitad de su carrera alimentando una inquina mutua, ese intraducible feud que duraba ya tres décadas.
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Grandísimo filme grandisima Bette Davis (I’ve writen a letter to daddy)
Tremenda película, y tremendas dos actrices.
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