Cine y TV

La Roma de Audrey, el poema de Keats

Vacaciones en Roma (1953). Imagen: Paramount Pictures.

Los ricos también lloran. Y se cansan. Y se aburren.

Se aburren de las cosas normales. De los asuntos comunes y corrientes que aburren a cualquiera. Pero a veces también se aburren de ser ricos, de igual forma que los reyes, en algunos casos, se aburren de ser reyes. Hasta la vida más singular se vuelve monótona cuando se integra en ese manto de uniformidad que es la rutina. Cuando todos los días son el mismo día. No importa lo amplia y lujosa que sea la jaula del hámster si su existencia, a fin de cuentas, se reduce a dar vueltas una y otra vez en la misma rueda.

«Yo no. Jamás me acostumbraré a nada. Acostumbrarse es como estar muerto», dice Holly Golightly en Desayuno con diamantes. Capote sabía que la rutina consiste precisamente en habituarse. En vivir anestesiado por la fuerza de la costumbre. Y sabía que esa fuerza únicamente se quiebra con lo inusual. Con lo raro. Con lo extraordinario. Sin olvidar que aquello que es extraordinario para algunos es ordinario para otros y viceversa, del mismo modo que lo que para un individuo resulta exótico puede ser frecuente y vulgar para el de al lado —por algo en Tailandia a la comida tailandesa la llaman sencillamente «comida»—. De ahí que a nadie le extrañe que lo extraordinario para un rey, especialmente para uno aburrido de serlo, esté formado por lo popular y lo mundano.

Esa es la historia que se cuenta en Vacaciones en Roma. La de una princesa que desea ser plebeya. La versión en negativo de La Cenicienta de Charles Perrault. Como Holly Golightly en Desayuno con diamantes, pero exactamente al revés. Es una historia contada innumerables veces —tiene razón Borges en El oro de los tigres: «Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas»—. La princesa Anna, atiborrada de rutina y de agenda y de protocolo, necesita sacudirse de encima la realeza y descubrir en qué consiste la vida de una chica normal. Como el príncipe Eduardo en El príncipe y el mendigo de Mark Twain. Como Sigfrido en El lago de los cisnes. Como la princesa Jasmín en Alladin. Como la misteriosa amiga griega de Jarvis Cocker —posiblemente, Danae Stratou— en «Common People» de Pulp.

Pero el personaje de Audrey Hepburn no descubre la injusticia, ni la desigualdad social ni la corrupción del sistema, como el príncipe de Mark Twain. Vacaciones en Roma no quiere esconder esa clase de moraleja. La princesa Anna solo ansía comerse un helado en la piazza di Spagna; cortarse el pelo en los aledaños de la piazza del Popolo; divertirse en una verbena próxima al Castel Sant’ Angelo. Quiere experimentar la mundanidad y saborear el anonimato. Descubrir qué se siente siendo uno más, sin llamar la atención de todo el mundo.

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