
No soy graciosa. Lo que soy es valiente. (Lucille Ball)
En verano, durante las vacaciones escolares, iba a jugar a casa de mi abuela. Here’s Lucy estaba en la tele y mi abuela y yo la veíamos juntas. Me gustaba porque hacía reír a mi abuela. (…) Pero lo que realmente me atrapó de Lucy es que no se parecía a nada que yo hubiese visto antes. Lucy era una adulta, más cerca de la edad de mi abuela que de la mía, pero se comportaba como una niña. Se inventaba planes estúpidos para conseguir lo que quería, mentía para salvar el pellejo, nunca seguía las reglas. Cuando otros adultos le gritaban, ella no respondía gritando, sino que se echaba a llorar. Lágrimas de cocodrilo. Yo estaba embelesada. Por lo general son los hombres quienes hacen el papel de niño en las comedias. Y entonces aparecen sus aburridas y tocapelotas esposas/novias/compañeras de piso, y les dicen que crezcan/tomen responsabilidades/se comporten como adultos. Yo nunca había visto a una mujer madura comportándose como una cría. Y era hilarante. (Sarah Kendall, cómica, sobre Lucille Ball en The Guardian).
En el loable intento de recalcar el papel de las mujeres en el desarrollo de diversos ámbitos del mundo del espectáculo, a veces se cometen exageraciones y se otorga una influencia desmedida a figuras femeninas que realmente no tuvieron esa influencia en su momento. Irónicamente, hay otras mujeres que sí fueron figuras clave y cuyos nombres apenas aparecen mencionados, al menos en España, porque nunca tuvieron una gran repercusión aquí. Es el caso de la comedia de situación, la sitcom, que no sería lo que es sin la intervención fundamental de una santísima trinidad de mujeres: Gertude Berg, Mary Tayler Moore y, sobre todo, Lucille Ball.
Enciendan la televisión y pongan alguna serie cómica. No importa cuál: The Office, The IT Crowd, Frasier, Parks and Recreation, Friends, The Big Bang Theory, Unbreakable Kimmy Schmidt, George and Mildred, Cheers, las que quieran. Incluso series españolas como La que se avecina. Todas estas series cómicas y el 95% de las restantes que se les ocurran tienen una cosa en común: no serían lo que son si no hubiese existido Lucille Ball.
Lucille Ball es la mayor institución de la sitcom, aunque el nombre no tenga la relevancia aquí que en el mundo anglosajón. La primera vez que oí mencionar su serie más famosa, I Love Lucy, fue en otra serie que siempre ha sido una de mis favoritas: Mother and Son, comedia australiana que hace bastantes años se emitió en España (con poca fanfarria, por desgracia) con el título de Madre e hijo. Trataba sobre la difícil convivencia entre un divorciado y su anciana madre, aquejada de demencia senil y poseedora de una personalidad egoísta, anárquica y puñetera. Era una serie extraordinaria, capaz de tratar el asunto de la demencia con humor y sensibilidad, pero sin exceso de sentimentalismo. En un episodio, la buena mujer se obsesionaba con ver una antigua serie que el doblaje español citaba como «Te quiero, Lucy». En su día deduje —¡erróneamente!— que «Te quiero, Lucy» sería alguna serie ñoña pensada para mujeres mayores. En realidad, era la sitcom televisiva por excelencia. La más importante. La que las demás han imitado, queriendo o sin querer, durante las siete décadas que han transcurrido desde su estreno.
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Esta referencia cultural me deja absolutamente descolocado. Qué se veía aquí en esa época? En fin, cuanta gente docta pierde el tiempo por culpa de saber idiomas. Para cuando un análisis en profundidad sobre el fenómeno «Buenafuente»? O el fenómeno Wyoming? Esos jits del humor al servicio de la ideología?
Irónicamente yo conocí a Lucille Ball en su serie de regreso en los 80, no recuerdo el título español pero he visto en su wikipedia que el original era «Life with Lucy» y que fue un fracaso de tal tamaño (se rodaron catorce capítulos de los que solo se emitieron creo que seis o siete) y las críticas fueron tan dañinas, que su salud se vio mermada ya que se lo tomó como algo personal. La cosa fue seria puesto que dos años y pico más tarde murió sin recuperarse emocionalmente del trauma. El caso es que lo poco que recuerdo de esa serie, a mí me parecía divertido (claro que yo era un crío entonces y me parecía divertida cualquier gilipollez); solo años más tarde me enteré que si querías conocer realmente a Lucille Ball, esa no era precísamente la mejor manera de hacerlo.
Aquí en España se emitía como «El Show de Lucille Ball» (no sé si era la original o una posible secuela), y no me era necesario saber inglés; el doblaje puertorriqueño era tan delicioso como el de Tom y Jerry.