
En otros países, cuando una madre pierde al hijo que esperaba o el bebé muere en sus primeros días de vida, tiene un sitio adonde ir a llorar. En Japón es costumbre que las madres y los padres de estos bebés dejen flores, juguetes o comida a los pies de las estatuas Jizo, unas estatuas pequeñas, del tamaño de un niño, ataviadas con gorros y bufandas rojos, que hay en muchos templos budistas. Según la creencia, Jizo es el protector de estos «niños del agua» que han quedado varados en un río sin cauce. En nuestra cultura occidental no hay ningún ritual de despedida. Es más, en países como Estados Unidos se ha convertido en una costumbre que los médicos prescriban algún tipo de medicación —especialmente, opioides— a las mujeres que han sufrido un aborto espontáneo. Como cuenta Angela Elson en The New York Times, la doctora le recetó Percocet, un potente opioide, y le dijo: «Váyase a casa y duerma». Una pastillita y a dormir. Mañana será otro día. No hay tiempo de pararse a llorar. Con nuestras prisas, y con una tolerancia al sufrimiento cada vez menor, no damos tiempo a que el cuerpo y la mente encajen los distintos reveses de los que la vida está tan surtida. Por supuesto, hay que seguir adelante, y, si se quiere, volver a intentarlo, pero no es buena idea hacer borrón y cuenta nueva. Tampoco lo es vivir demasiado tiempo bajo los efectos de la anestesia.
William Kotzwinkle, autor de El nadador en el mar secreto, en el que narra cómo su mujer pierde al hijo que esperaba tras un parto complicado, dice que «borrar la tragedia sería borrar un pedazo de nosotros mismos». Las pérdidas que vamos acumulando son también parte de nosotros. Una parte esencial de lo que somos.
Por suerte, la epidemia de opioides que asola Estados Unidos no ha llegado a nuestro país. No obstante, tenemos otro problema: apenas hablamos del aborto. Recientemente, la pintora e ilustradora Paula Bonet señaló este tabú al contar los dos abortos espontáneos que ha sufrido en un año. El hecho de no hablar del tema con naturalidad puede contribuir a que en la mente de estas mujeres crezca la idea de que hay algo en su cuerpo que no funciona, que son bichos raros, en definitiva, que no son aptas para ser madres. Sin embargo, nada hay de anormal en un aborto. «Es normal, dicen, que esto suceda (…) Una de cada cinco, más o menos».
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«…contiene también la posibilidad de un nuevo comienzo…»
Eso es lo que he sentido al terminar este artículo, el deseo de seguir debatiendo. De un nuevo comienzo.
Muy bueno. Felicidades.
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