
Este texto forma parte de Cada mesa, un Vietnam, un volumen sobre el oficio del periodismo editado por Enric González para Jot Down Books.
Por delante los errores, tantos. De hecho, a partir de aquí ya puede no leerse este texto y pasarse al siguiente: ¿quién se va a fiar de las opiniones de alguien que ha metido tan grandiosamente la pata, que ha valorado tan mal? Advertidos quedan.
«Tengo una escritora novel en la editorial, por si quieres venirte y comemos». La que llamaba era la editora de, entonces, Emecé, luego Salamandra, Sigrid Kraus. «Te gustará, ha escrito unas novelas muy bonitas sobre un niño que acude a un colegio de magos». Pues no tengo trabajo yo para perder el tiempo con un ama de casa inglesa que escribe cuentos de magia infantiles como manera de pasar el rato. Ella era, claro, J. K. Rowling. Hoy en día una entrevista con la autora de Harry Potter, que no las concede, es un sueño para cualquier medio. Otra llamada, unos años después. El dramaturgo José Sanchis Sinisterra: «Está conmigo en Barcelona Harold Pinter, ¿te vienes a tomar un café con él? La buena conversación está garantizada». Me viene mal, Pepe, otra vez será.
Pinter ganaba ese mismo año el Nobel, y luego moría. ¡Qué artículo habría yo hecho!: «Último café con el Nobel», o así. Una vez Fellini y Giulietta Masina me propusieron ir a tomar una copa con ellos tras una rueda de prensa en la que yo me había mostrado insólitamente perspicaz (señalando la influencia de Jung en las películas del maestro): no fui, ¡tenía que cerrar el diario! También tuve la oportunidad, aunque esto en parte entra ya en la crónica de lo personal, de salir de paseo por Barcelona con la actriz Valérie Kaprisky, en su momento de mayor sazón, no solo artística; pero me corté.
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Sr. Antón, enhorabuena por escribir un texto tan nítido, enhorabuena por hacernos con él partícipes a los lectores de su experiencia en el «mundillo» a lo largo de 30 años. Del contenido del artículo poco se puede añadir (es una joya), pero la forma en que lo ha escrito me parece sublime. Su prosa logra dejar en un segundo plano al autor, su manera de escribir consigue realzar el asunto tratado de un modo lúcido. Además, tiene Vd. razón al señalar el desprecio que la sociedad muestra para con la gente sensible, pero quedan algunos reductos, como por ejemplo esta revista, donde los lectores podemos disfrutar sentencias tan elegantemente escritas como algunas de las suyas en Días felices en coros y danzas: «Pero el olfato, un pelín de ganas de llevar la contraria y cultivar un gusto son fundamentales para no acabar haciendo una información cultural estandarizada.» Por una serie de razones que ahora no vienen a cuento, yo no compré el libro «Cada mesa un Vietnam», sin embargo, al leer lo que ha escrito Vd. no tardaré en tenerlo en mi pequeña biblioteca.
Jacinto Antón está fascinado por los aventureros, militares y exploradores, preferiblemente británicos. Denota pasión cuando escribe, aunque abusa de las referencias personales y de los interludios presuntamente graciosos. Resulta muy ameno leerle. Les aconsejo que lo hagan.
Lo que aquí se describe sirve para explicar como se disfruta de un oficio y como caminar hacia la excelencia del mismo. Consejos extrapolables para cualquiera en su propio trabajo o laboro que dicen los Argentinos ( me encanta ) a poco que este tenga que ver con la complejidad del ser humano. Como comercial que soy , me es más útil leer esta maravilla que aguantar a todos los coachs que van de empresa a empresa dando la turra con los referentes sacados del mundo del deporte de élite. Hay que tener más respeto por la sensibilidad y la curiosidad; la gestión adecuada de las emociones humanas, el interés de hacer las cosas bien desde la sorpresa y la diferencia. Tienen mucho màs que ver con la excelencia que lo que hace Rafa Nadal o Lionel Messi.