
Al principio creía que todos los italianos estaban enamorados de mí. Y no, no era un exceso de confianza por mi parte. Estaba en París, era invierno y sus habitantes se comportaban con la misma frialdad que desplegaban sus calles. El único francés que me hablaba lo hacía porque mi acento le recordaba a su novio colombiano. Los españoles, por su parte, estaban a lo suyo. Y lo suyo no era yo.
Los italianos aparecieron con la primavera. Si han vivido en París más de tres meses sabrán que la depresión es el estado normal de la ciudad entre octubre y abril. Si esto es así para los nativos, imaginen para una meteoropática del sur de Europa. No fue mi mejor trimestre, en resumen. Pero llegó abril, como decía, y llegaron los picnics en los Campos de Marte después de clase. Con franceses, pero también con italianos.
Los italianos no son mucho mejores que nosotros para hacer picnics. El arte galo de comer en el campo sin perder el buen gusto es absolutamente envidiable y mantiene a Europa como referente moral a pesar de todo. Los italianos no son los mejores haciendo picnic pero saben contraatacar con comidas caseras. Para ellos cualquier antro es un hogar si hay algo con que calentar la pasta. Y fue así, mientras probaban si los spaghetti estaban ya al dente, cuando creí que todos estaban enamorados de mí. Pero no. Era simplemente su forma de estar en el mundo.
El primer encuentro con casi cualquier italiano que recuerdo comienza con la mirada. Evidentemente, objetarán, de qué otra forma va a ser. Pues bien, hagan un experimento la próxima vez que les presenten a alguien en España. Mírenle a los ojos y sonrían con calidez mientras le aseguran cuánto les alegra conocerle. Y observen el embarazo creciente de la otra persona. No estamos acostumbrados a que se nos quiera a primera vista.
El primer encuentro con los italianos que he conocido empieza en los ojos, una mirada fija, profunda, con apariencia sincera. Una mirada a calzón quitado. Una mirada indefensa porque por qué iba a ser necesario defenderse, si el mundo es un lugar hermoso. Una mirada que aguanta la mía mientras me dan la mano porque son italianos, los besos no se derrochan, los besos hay que ganárselos.
Una mirada, y esto es esencial, que está viendo a una mujer. Y la mujer es la cumbre de la creación. Los italianos, y hablo aquí de un tono general en el trato, más allá de las miserias y vicios particulares, viven en una zona feliz ajena tanto al heteropatriarcado como al manifiesto SCUM. En Venecia, por ejemplo, es difícil salir de un local sin recibir un piropo como forma estándar de atención al cliente. Un piropo elegante, un dulce micromachismo. Una mujer es bella por defecto, es atractiva porque es una mujer. Y no pretenden nada. No taladran la ropa con la mirada. Por no ofender, no ofenden ni al marido que las acompaña. Es un rasgo nacional tan patente que el primer italiano que aparece en Peppa Pig, al frente de un puesto de alquiler de coches, saluda dirigiéndose directamente a la madre de familia con un «Buon giorno! Come posso aiutare una così bella signora?» (1). Sí, tengo hijos pequeños, pero no por ello la referencia es menos oportuna.
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Me ha gustado mucho, enhorabuena.
Con lo del «embarazo creciente» no he podido evitar pensar que ese sería mi superpoder favorito: fecundación por contacto visual (ahorrándome tedioso sexo con desconocidas).
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Oh, per favore! No sei visuta come me 7 anni al bell paese! No todos son iguales, no todos enamoran, no todos tienen clase y muchos son de una vulgaridad espantosa y un machismo exacerbado. Si, muchos otros son muy cultos, cariñosos, trasparentes, como los catalanes o los vascos o un andaluz con carrera. Me case con uno y tengo un hijo el máximo del atractivo, Italo argentino… en fin mucho estereotipo en tu nota.
Si lo mismo que os encanta porque os lo hace o dice un italiano, os lo hace un español normal y corriente, como mínimo lo miráis con displicencia; si aún no se ha ido, le llamáis pesado; si intenta disculparse, amenazáis con denunciarlo por acoso.
Feminismo a la carta: cuando interesa y con quien interesa.
Felicidades. En dos breves párrafos ha escrito algo más acertado, apropiado y urgente que la autora en un largo y edulcorado artículo.
Ahora le llamarán machista, claro.
Auguri per la cotta, signora bella! Sono contento per Lei. Creo que a los italianos es difícil superarlos cuando le cantan al amor, o a la mamma. Hay uno que, además de ser un bel maschio, escribió esta maravilla: Preghiera a un Dio eventuale. La vedi lí in fondo quella / piccola gazza che indugia / beata sulla siepe di alloro? /Paff, le basta un semplice colpo / dell’ala per lasciarsi alle spalle / tutto il peso del mondo. / Sollevata da vincoli e obblighi / finalmente adesso é nuda, libera, / sola: la piccola gazza que vola. Ti chiedo, eventuale Signore / e Creatore: non potresti una volta / soltanto cercare di fare altrettanto / con me, liberando il mio gracile corpo / dal peso dei suoi mille fantasmi? / In fondo ti piace creare, innovare, / E allora, pensa che bello: / vedere un mattino di maggio / del tutto inattesa, un’umana / creatura che vola. Sollevata / da vincoli e obblighi -finalmente / anche essa nuda libera sola. Franco Marcoaldi. Divertidísima lectura