
Esto es una obviedad y le sonará de algo, pero lo repetimos por si acaso: las cosas lógicas y previsibles tienden a ser anodinas por parecerse unas a otras, pero las incomprensibles lo son cada una a su manera. Llevan implícitas además cierto desconsuelo y un sentimiento de impotencia, pero también de sorpresa, por lo que no vienen mal para empezar un artículo. Venga aquí entonces un dato incomprensible: la banda sonora de The Hateful Eight (Los odiosos ocho) es la única de más de quinientas compuestas por Ennio Morricone que ha merecido un Óscar, reconocimiento tardío en extremo que a punto estuvo de no llegar jamás.
El anciano maestro italiano, un genio educadísimo de una sencillez y humildad no mucho más comprensibles, pasó por los pelos la normativa de la Academia, sobre todo, la que se refiere a que el trabajo haya sido creado específicamente para la película en cuestión. Hablamos además de una partitura compuesta rápidamente y surgida de un problema de agenda, pues nace casi por accidente de una visita de cortesía (pleitesía, más bien) de Quentin Tarantino a la casa romana de su ídolo que no empezó nada bien: Morricone estaba trabajando en otra película y no podía entregar una banda sonora completa en un mes, como le pedía el director. Sin embargo, la lectura del guion de The Hateful Eight le había inspirado al compositor una melodía. También una idea que propuso entonces para deleite del cineasta: Morricone entregaría en dos semanas unos minutos de música basados en esa melodía, y no una partitura completa, pero Tarantino podría construir toda la banda sonora necesaria a partir de los descartes de la música que Morricone compuso para La Cosa en 1982, y que John Carpenter no incluyó en el montaje final.
Al leer el guion de The Hateful Eight, Morricone fue seguramente uno de los primeros en darse cuenta de que esa nieve perpetua, ese Kurt Russell repartiendo de lo suyo, esos personajes aislados, encerrados y entretenidos en un whodunit continuo, ese pandemónium sangriento y esa escena final eran una reformulación del peliculón de Carpenter, con justicia uno de los mil y pico filmes predilectos de Quentin Tarantino. Pero es precisamente ese carácter claustrofóbico lo que provocó una reacción más bien tibia al filme el año pasado, creo yo. O, más en concreto, ese convertir una película publicitada como el retorno de los 70 mm, de la experiencia panorámica de las grandes praderas del Oeste y demás, en un inesperado y largo juego a lo Agatha Christie, casi teatral y entre cuatro paredes, fue seguramente lo que hizo de The Hateful Eight la película de Tarantino con peor recepción desde Death Proof. Y es una pena, porque me parece que la cosa esta del cine va mucho de películas como The Hateful Eight, para mí el eslabón que faltaba para cerrar el círculo infinito del wéstern clásico (con Howard Hawks a la cabeza), el wéstern desmitificado (el spaghetti de Sergio Leone, Morricone mediante) y el guiño al wéstern clásico pasado por el filtro del wéstern desmitificado (La Cosa de John Carpenter, ese remake no de una, sino de dos películas de Howard Hawks con música de Morricone).
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Muy buen artículo y disfrutable para los que somos amantes del western, pero más allá de eso quiero destacar lo que se menciona sobre los personajes de Pam Grier y Robert Forster. Hasta ahora no había leído un comentario tan acertado sobre esa relación que muestra la que en mi concepto es la mejor película de Tarantino.
A Hawks y a Wayne lo que no les gustaba de Solo ante el peligro (se lo he escuchado al propio Hawks en varias entrevistas) es que el Sheriff no asumía su trabajo como un profesional sino que iba pidiendo ayuda a todo el mundo sin que le sirva de nada y al final le tiene que salvar el cuello su mujer cuáquera que previamente le había abandonado. Por el contrario el Sheriff de Río Bravo, John T. Chance no pide ayuda a nadie y le acaban ayudando voluntariamente su alguacil borracho, su alguacil viejo y tullido, un joven pistolero que pasaba por allí una jugadora (y algo más) que se enamora de él. El profesionalismo y la amistad, esos eran los temas de Hawks.
¿brillantes alegorías de la época del temor de Hollywood y de la ciudadanía en general a defender la libertad de expresión ante la asfixiante caza de brujas? Lo que hay que leer.
A John Wayne y Howard Hawks lo que no les gustaba de Solo ante el peligro es no haberlas hecho ellos, es decir, pura envidia ante ese peliculón. Lo de las «alegorías», mejor ni entro.
Aunque suene a cliché, The Hateful Eight es de esas películas que hay que ver varias veces para sacarle buen jugo en mi opinión. Claro que a ver cuando saco las casi tres horas para disfrutarla de nuevo
Magnífico artículo Iker, enhorabuena, me ha encantado, supongo que adorar Río Bravo, La cosa y El dorado (entre muchas otras por suerte) ha ayudado. Y qué decir de Ennio Morricone, ojalá lo santifiquen.
Saludos
Ya me hubiera gustado a mí ver lo que hacían esos dos (Hawks y Wayne) si en vez de ser director y actor respectivamente en pleno siglo XX, hubiesen sido un sheriff solo y acosado en un pueblucho del Oeste en el siglo anterior. ¡Seguro que ensillaban sus caballos y no paraban hasta el Perito Moreno! Además, Will Kane se cargaba el solito a unos cuantos si no recuerdo mal, o sea que tan paquete no sería. ¿Fue Morricone el que fue a suplicar a Leone para trabajar con él? Yo había leído en otros sitios que fue al revés, o por lo menos eso creo pero tampoco me quiero empecinar en ello porque ahora estoy en la duda. Lo que está claro es que el día que Sergio consiguió trabajar con Ennio, fue como si le hubiera tocado el Gordo de la lotería pero habiendo jugado muchísima pasta, ¿eh…? O si lo prefieren, un pote de 125 millones de euros jugando dos euros con cincuenta céntimos…
He disfrutado su artículo, señor Zabala, porque sus opiniones son las mías, y no hay nada como verse reflejado en una cabeza ajena. Siempre pensé, además, que Jackie Brown es la mejor película de Tarantino, aunque todas me parecen memorables. gracias