
Esta entrevista está disponible en papel en nuestra revista trimestral número 16
Dos hitos marcan la carrera de Eduardo Sacheri como escritor: los cuentos de fútbol con los que se dio a conocer en Argentina y El secreto de sus ojos. Suya era la novela en la que se basó la película y también el guion que escribió junto al director Juan José Campanella. Ese éxito y el Óscar que consiguió la cinta reconoce que cambiaron su vida. Hablamos con él de algunos de sus grandes temas y obsesiones: la épica del tipo corriente que se enfrenta a situaciones que le superan, el afán de justicia, la amistad, Argentina y, por supuesto, el fútbol.
¿Tienes amigos escritores, te relacionas con el mundillo literario?
Me relaciono con algunos escritores. Mi llegada al mundo literario fue bastante tardía. Yo soy licenciado en Historia e inicié una carrera académica, al mismo tiempo que mi labor docente en la universidad e institutos. Empecé a publicar casi por la ventana, en el sentido de que escribí relatos que se difundían por la radio, empecé a publicar desde ahí, no tuve una participación en comunidades literarias ni en el taller de un autor conocido… Hoy te diría que hay algunos escritores argentinos a quienes aprecio mucho como Claudia Piñeiro, Guillermo Martínez, Pablo de Santis, Sergio Olguín… Gente de mi generación con quien me encanta encontrarme, pero a quienes he conocido por vernos en una feria del libro y quedarnos luego.
¿Hay afinidades con ellos?
Sí, yo creo que hay afinidades personales y hasta afinidades en algunas maneras de entender la literatura. Eso nos aproxima.
Si tuvieras que escribir una historia ambientada en el mundillo literario, ¿cómo sería?
Me costaría porque no me siento parte. En general, me gusta seguir ese viejo consejo de Hemingway de escribe de aquello que conozcas, y realmente no lo conozco, no lo critico, pero no es un lugar que sienta propio…
Vamos a hablar entonces de La noche de la Usina: un grupo de hombres a los que han estafado quiere vengarse y robar lo que les han robado a ellos… ¿Hay épica en la precariedad?
Yo creo que sí, hay épica siempre que estás dispuesto a hacer algo difícil, algo para lo que no estás preparado, algo que sientes que necesitas hacer… Es más, yo creo que en la precariedad es donde más épica hay. Cuando yo pienso, por ejemplo, en esos filmes de robos de Hollywood, donde son todos una comunidad de expertos, una suerte de selección mundial de talentos y todos combinados vienen a ser el ladrón perfecto… Ahí como mucho está la duda de si los atraparán o no, y tú sabes que no los van a atrapar, no hay épica porque no hay amenaza de fracaso. Hay más épica donde hay más posibilidades de fracaso y hasta donde el fracaso es casi una certeza. A mí me gusta la gente que hace las cosas que siente que tiene que hacer hasta cuando sabe que va a perder, que es casi siempre. Vivimos perdiendo y, sin embargo, hacemos. Ahí está la épica.
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Bueno, es que los aficionados merengues somos de lo más respetuosos con los aficionados rivales en este país. A mí no se me ocurre ir a un campo a insultar a un futbolista, ni a insultar a un equipo rival.
Por supuesto, aquello que le cantábais a Wilfred: «negro, cabrón, recoge el algodón» era todo respeto y deportividad. Por no hablar por las década de permisibilidad con los cafres ultrasur…
Un honor leer a un compatriota con éxito y futbolero amateur. Con respecto a El secreto de sus ojos, a un argentino es imposible que le pueda gustar la versión yanqui, y aquí no hay chauvinismo pero sí esa «bendición» de ser argentinos con todo lo que eso comporta, el lenguaje, su cadencia, las posturas, los guiños. Comencé a ver la americana pero abandoné a la mitad. Me resultaba insoportable. Además, si mal no recuerdo, no estaba esa escena en el ascensor con el matón que saca la pistola impunemente. Se me detuvo el corazón. Impresionante. Lo mejor para usted, «correligionario».
¡Ay, hermano! Qué ganas de hacer un picado,
de esos de rompe y raja, y qué importa la panza
o jugar en chancletas si te sale una gambeta,
o un caño magistral, o una flor de bicicleta,
sabiendo que allá, en el fondo, te espera el arco
con dos latas y un defensor de mala pinta,
que te apunta con la plancha a las canillas,
¿ful, penal, orsay?, entrevero en el área a
más no poder, gol discutido, pero gol,
calentito los negros y que le vayan a cantar a Gardel.
Que bueno.
No con todos los entrevistados uno intuye cercanía y cariño.
Hernán Migoya, Iñigo Domínguez… y poco más.
Este es un tipo con el que me gustaría sentarme a matear y comer unos bizcochos viendo un Barca-Madrid.
Gente falsamente simple que engrandece el mundo.
Pingback: El fútbol como excusa – Adriano LH