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La mesa coja

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Detalle de la portada de La letra pequeña. (Ediciones Triskel)

«La mesa coja» es un relato de Andrés Pérez Domínguez, dentro de la obra La letra pequeña, finalista del premio Setenil. (Ediciones Triskel)

El color de las cortinas recuerda a la estridencia de los años setenta, o quizá mis gustos han evolucionado tanto como nuestra cuenta bancaria. Ahora, el director de la sucursal me trata de usted y hasta disimula mal una reverencia cuando abre la puerta de su despacho con una sonrisa. Pero no es el saldo de mi cuenta corriente lo que me ha traído aquí, sino la esperanza ingenua pero también legítima de que todo tiene arreglo. Ganar dinero a veces es una consecuencia inevitable del paso de los años, igual que quedarse calvo, las canas de la barba, la barriga o tener, de repente, una familia o la hipoteca de una casa en la que un domingo, quién te lo iba a decir, te encuentras viendo el fútbol sin que nunca antes en tu vida hayas sido capaz de ver un partido completo. 

Ese soy yo, quince años después. El tipo que ha cruzado la puerta del restaurante acompañado de su esposa ya no es el mismo que entonces, tan nervioso, hizo lo mismo de la mano de su novia. Mientras mis ojos se acostumbraban a la luz de las velas, me he descubierto buscando tontamente al mismo camarero que un lustro atrás nos guió hasta la mesa. He pensado que a lo mejor era posible que el tiempo se hubiera congelado en este restaurante o, mejor, que Luisa y yo estábamos atrapados en uno de esos agujeros negros de las películas y habíamos retrocedido quince años y nada podría derribar el muro que entre los dos levantaríamos para protegernos del mundo.

Todavía no sabes por qué te ha traído aquí. Estás tan preocupada por encontrar las palabras justas que vas a decirle esta noche —porque te has prometido que va a ser hoy, no vas a demorarte ni un día más—, que no te has dado cuenta. Con lo que tú eras, Luisa, para los detalles. Pero tú ya no eres tú, o al menos tú ya no eres la que eras. Ahora tus ojos miran furtivamente la pantalla del móvil para comprobar si te ha llamado. Has aprovechado que Roberto está diciéndole algo al camarero. Quiere asegurarse de que os van a sentar en la mesa que pidió. Roberto y sus manías. Es incorregible. Después de tantos años deberías estar acostumbrada, pero no puedes. Se ha empeñado en que os den una mesa determinada y, conociéndolo como lo conoces, sabes que no dejará de darle la lata al camarero hasta que se pliegue a sus deseos. Guardas el teléfono en el bolso y dejas escapar un suspiro mientras sigues al camarero. Tu marido te ha dejado pasar primero. No ha perdido los buenos modales después de tantos años. Aún te abre la puerta del coche antes de subirse él, no empieza a cenar hasta que tú te has sentado a la mesa y se traga el mal humor o la sospecha de que estás mirando el móvil porque esperas una llamada de tu amante para decir que va a venir a buscarte. 

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Un comentario

  1. Una delicia de relato. Gracias

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