
Esta historia empieza con una niña adoptada por una pareja de evangelistas pentecostales con muy pocos recursos económicos y muchos prejuicios. La niña se llama Jeanette Winterson, y antes de convertirse en escritora de libros tan excepcionales como Escrito en el cuerpo o Fruta prohibida, era solo una niña que se alimentaba de historias en una casa en la que no existían más libros que la Biblia. Su madre adoptiva, a la que ella llama señora Winterson, obsesionada con el Apocalipsis y que guardaba un revólver en el cajón del plumero, solía decir, cuando se enfadaba con Jeanette, que «el demonio nos llevó a la cuna equivocada».
Las fantasiosas expectativas que la señora Winterson mantenía con respecto a su hija, educada en la más estricta moral religiosa, la llevaron a creer que cuando fuera mayor, Jeanette sería misionera. Sin embargo, las expectativas de la propia Jeanette eran claramente distintas, ya que a los dieciséis años se enamoró de una mujer, de Janey. Cuando la señora Winterson se enteró del comportamiento errático y pecaminoso de su hija, le preguntó simplemente por qué, a lo que Jeanette respondió, como si su madre pudiera hacerse cargo —de lo que era el amor, por ejemplo—, que cuando estaba con ella, con Janey, estaba feliz. Por un instante, algo brilló en la mirada de su madre y Jeanette intuyó que iba a entenderla, que le iba a decir, como en las novelas que ella leía a escondidas, que adelante, que el amor era lo más importante. Pero nada de eso: la señora Winterson la echó de casa. Sin embargo, antes de hacerlo, le hizo una pregunta: «¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?».
En sus magníficas memorias, tituladas justamente ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, Winterson no da muchos detalles acerca de lo que le respondió a su madre, pero probablemente, Jeannete escogiera la felicidad —un tema peliagudo y que daría para otro artículo, o dos, o para un debate infinito, incluso—, porque la normalidad no apuntaba hacia ningún lugar, no contenía ninguna dirección. Normal, en el idioma de la señora Winterson, quería decir heterosexual, o incluso misionera. Y lo normal, para Jeanette Winterson, habitaba en esa región que se encontraba en las antípodas de la felicidad. Y por eso, y aquí un spoiler, tanto de las memorias de Winterson como de la vida en general, mejor ser feliz que ser normal.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Muchas gracias por haber escrito esto
Enhorabuena por el artículo. No se puede decir más claro. Todo es normal (o nada es normal). La normalidad es simplemente un convencionalismo. El eterno adolescente que vive (a los 46 años) con sus padres es tan normal (o anormal) como el emancipado a los 17. Quienes practican el exhibicionismo son tan normales como aquellos que huyen del contacto social. Tenemos los humanos la manía de etiquetar el entorno y el entorno es inetiquetable. Un yihadista inmolándose o una violinista en una sala de conciertos son solo dos expresiones de un continuum inabarcable. Todo él es normal.
Pues encuentro que se trata de un comentario más bien ambigo. Porque lo «normal» es, también, poseer el irrenunciable deseo a la felicidad. Y citar a Dalí, quien hizo cuanto pudo por asimilarse a una dictadura, como paradigma de la extravagancia se me antoja un tanto aventurado.
Muy bueno! Mientras lo leía recordaba las normalidades escuchadas y transcurridas en tantos ámbitos de mi vida! No espero grandes cambios, pero sí evolución…