
Imaginemos a una mujer que al volver a casa sorprende a su marido inspeccionando con un palito su propia mierda.
Imaginemos una historia que empieza así, con esa frase exactamente. Imaginemos que nos seduce un arranque tan poderoso y que seguimos leyendo o viendo la historia (eso dependerá de si es un libro o una película) porque sabemos que a un narrador lo ata el compromiso de explicar las cosas, en particular las rocambolescas. Imaginemos que aquella mujer, sin embargo, no llega siquiera a abrir la boca y que tampoco el narrador dice mucho más; al poco de empezar, otro de los personajes toma la voz y empieza a contarnos su propia historia («¿Le apetece que le cuente mi vida?», dice), que no tiene nada que ver con la de aquella mujer y su marido. Imaginemos que los personajes de aquella otra historia hacen seguidamente lo mismo y comienzan cada cual a contarnos las suyas propias; y que también los personajes de aquellas los interrumpen y comienzan a irse por las ramas con sus propias peripecias. Imaginemos una historia así, como fractal, que primero es una, luego dos, luego cuatro y luego ocho sin que ninguna llegue a completarse. O directamente un guirigay, por calificarlo con menos pompa. Imaginemos una traca de subordinación gramatical, un auténtico sindiós de voces como sintonizadas con el dial de una radio. E imaginemos que, para cuando quiera darse cuenta, de aquel primer narrador, el que le tomó a usted de la mano y le prometió a un hombre que hurgaba con un palito en su propia mierda, ya no queda ni el rastro. Y que, para entonces, ya no puede hacer otra cosa más que internarse más y más en la espesura.
Ventajas de viajar en tren no se titulaba, al principio, Ventajas de viajar en tren. Se titulaba Selva y tenía cerca de cuatrocientas páginas. Pero Antonio Orejudo, su autor, recortó y recortó («el buen escritor es alguien que borra más que escribe», dice) y solo dio por buena la novela cuando se quedó en las ciento cincuenta que tiene la edición original, publicada en el año 2000. Aritz Moreno ha tenido que hacer lo mismo, desbrozar, para completar la adaptación cinematográfica que se estrena este viernes. Y lo ha tenido que hacer por las mismas razones que Orejudo: para abrir camino, ni más ni menos, y conseguir salir al final. Para que Ventajas sea Ventajas y no sea Selva. Porque de Ventajas al final se sale, eso sí se lo anticipo. Y cuando se hace se siente uno un poco tonto, que siempre es algo muy sano. Tanto relucía esa mierda al final de la primera frase, tanto cautivaba nuestra atención, que corrimos a por ella y no caímos en la cuenta de que al hacerlo estábamos pisando y activando la trampa, ubicada en la primerísima palabra de la primerísima frase: «imaginemos». Y que solo hemos hecho eso, imaginar. Se ponga como se ponga, a usted nadie le prometió nada. En este contrato fraudulento la letra pequeña estaba escrita con letras bien gordas al inicio mismo del documento.
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Me han entrado ganas de verla.
¡Gracias!
a mi de comer mierda
Caliente o fría?