(Viene de la primera parte)
Barones, reyes, monos y películas que no existieron
«Realmente quiero alentar un tipo de fantasía, un tipo de magia. Adoro el término “realismo mágico” sea quien fuera quien lo inventara, me gusta porque dice ciertas cosas. Todo consiste en expandir la forma en la que ves el mundo. Creo que vivimos en una época en la que nos machacan una y otra vez para que pensemos que el mundo es lo que vemos. La televisión te dice, todas las cosas te dicen: “Esto es el mundo”. Y eso no es el mundo. El mundo es un millón de posibilidades distintas.
Terry Gilliam (Salman Rushdie talks with Terry Gilliam)
Tras el titánico follón montado con Brazil, Gilliam hizo un pacto con algún demonio para conseguir un presupuesto salvaje para su siguiente película.
Las aventuras del barón Munchausen costó unos 46 millones de dólares (el doble de lo presupuestado inicialmente) y el batacazo en taquilla removió un poquito a Rudolf Erich Raspe en su lecho, pues la película solo recuperó ocho millones. Parte de la culpa la tenía Columbia Pictures, que se encontraba en aquella época afrontando reformas internas de personal y acabó decidiendo que era mucho más sano enterrar la película que distribuirla con normalidad.
Fracaso económico aparte, el film se acabaría convirtiendo en una de las mangas anchas más celebradas de un director. Si Brazil era el Gilliam Orwelliano, distópico y subversivo, Munchausen era la fábula fantástica dopada con sacos de esteroides, la extravagancia extrema y el tour de force del “a continuación más y mejor”. Gigantescos escenarios, hordas de extras, secuencias maravillosamente imaginativas, una obsesión por evitar todo lo que fuera la moderación formal, guiños referenciales (Alejandro Magno, La Odisea de Homero, Star Wars) y personajes de cuento con caras conocidas: Robin Williams con una cabeza con tendencias independentistas del propio cuerpo, una jovencísima Sarah Polley —que más adelante reconocería quedar traumatizada por los riesgos del rodaje— o una desnudísima Uma Thurman.
Munchausen era la inmensa caja de juguetes de Gilliam, excesiva incluso tras afrontar ciertos recortes impuestos (se modificó sobre la marcha el número de extras en las escenas en la luna, de 200 pasaron a ser dos porque el realizador volvía a pasarse con la barra libre de presupuesto). El director encontró una mecha conectada con su imaginario particular, le prendió fuego y observó cómo explotaba. Literalmente: “¡Volamos cosas por los aires todo el rato! Cuando no sabíamos cómo finalizar una escena o queríamos evitar una punchline, empezábamos un bombardeo”. Aun con tan poco prometedoras declaraciones sobre el abuso del napalm, no hay motivo para la alarma. Las aventuras del barón Munchausen era una divertida maravilla.
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Genial artículo, después de lo que me gustó la primera parte esperaba con muchas ganas la conclusión.
Una puntualización: el fallido Quijote de Gilliam no se rodó a las afueras de Madrid, sino en las Bardenas Reales, un desierto (que también aloja una base militar, sí) del sur de Navarra.
Gracias por la corrección Tatenen, tiene usted razón.
Y yo tengo muy lejano el recuerdo de Lost in La Mancha y las referencias en artículos interneteros me han liado bien (hay más de un par que localizan el desierto donde les sale del apio). Ahora daré un telefonazo a los gremlins de la editorial para que lo arreglen.
PS No relacionada: Por cierto, aprovecho para comentar que John Neville (el barón de Munchausen en lo que nos toca) ha fallecido el pasado 19 de noviembre.
Muy bueno, como la anterior entrega. Miedo y asco en las vegas aun tengo q meditar si la amo o la odio.
Pingback: Terry Gilliam, la belleza de lo grotesco (y II)
la banda sonora de 12 monos no está inspirada en el libertango de Astor Piazzola… Es la introducción de la suite punta del este, de éste mismo autor.
por todo lo demás, genial
Muy cierto caballero. Muchísimas gracias por apuntar el error.
Ahora mismo aviso -one more time- a los gremlins sobreexplotados de mantenimiento para que cambien el nombre de la obra de Piazzolla de la que hizo corta/pega el señor Buckmaster para el score.
(Aquí un servidor, esforzándose muy fuerte por reinventar el reportaje fomentando el artículo interactivo; escritor y lector nunca trabajaron tan unidos.)
Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Terry Gilliam, la belleza de lo grotesco (I)
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Muy entretenida la dupla de artículos.
Entre las otras películas que no se llegaron a hacer por falta de presupuesto te ha faltado Buenos Presagios, basada en la novela de mismo título de Terry Pratchett y Neil Gaiman. 10 millones de dolares tenía, 10 millones de dólares le faltaban y al final la película no se rodó. Una lástima.
Yo sólo conozco ese magnífico momento de la mirada del niño de «12 monos» antes de subir al coche al final de la película, cuando te llevas una enorme bofetada al entender el bucle temporal que hay en la misma. ¡Qué loco el Gilliam ése!
Dos excelentes artículos.
Pingback: El cine que nunca existió |
Muuuy bueno, me gustan todos los artículos de jot down, soy su fan! :)
Excelente articulo…
En cuanto se iban nombrando iba viendo las películas!
Full aporte! Full artículo
Gracias!!
y finalmente se rodó… y, de momento, guardamos silencio.
Gran repaso al no menos grande Terry Gilliam.Un director siempre ha tener en cuenta.¿Por cierto soy el único que leyendo su biografía daría esta también para una película?.Un saludo.