Música

Un himno para la URSS

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Plano de detalle para construir una bandera de la Unión Soviética.

Ya estamos en la primavera de 1943; han pasado los peores momentos del asedio nazi, los días y después las semanas que pasé encerrado en una dacha de las afueras de Moscú, sin apenas dormir, sin apenas comer, esperando que en cualquier momento mis camaradas —ese perro de presa, ese tonto útil, esa alimaña sin escrúpulos; Jruschev, Voroshílov, Molotov— hicieran acto de presencia para relevarme del cargo, de mi misión como padrecito de los pueblos. Ya hemos dejado atrás los lentos meses transcurridos entre el momento en que esas ratas bubónicas, esos taimados hijos de puta, cruzaron todos y cada uno de los puestos fronterizos entre el mar Báltico y el mar Negro; arrasando ciudades, cercando ejércitos, aniquilando poblaciones enteras y enterrándolas en el fondo de un barranco, a veces ahorrándose el tiro de gracia. Y ahora que no ha caído Stalingrado, ahora que hemos capturado a un mariscal alemán que terminará sus días como funcionario en algún ministerio gris de la futura RDA —contabilizando tonelajes de cosechas que nunca existieron, clasificando datos que nadie necesitará jamás, recordando ese momento en el que se dio cuenta de que el movimiento de pinza se había cerrado y tenía que decidir entre entregarse o pegarse un tiro en la boca, quizás en la sien, quizás en su pútrido corazón nacionalsocialista—, es sin duda el momento apropiado, digo yo, Stalin, mariscal de la URSS y muchas cosas más que me iré inventando sobre la marcha, de darle al pueblo un himno acorde a los tiempos que corren.

Ay, ay, Iósif Vissariónovich; ay, ay, camarada Stalin; calle, calle y déjeme seguir a mí. Total, mire, está usted muerto. Lleva muerto y embalsamado más de sesenta años; así que calma, silencio y déjeme explicarles por qué la Internacional, con su verso anunciando el fin de la opresión, con su aire de esperanza y de unión de la clase trabajadora, con sus melindrosas evocaciones típicas de todo poema que haya salido de Francia, esa cuna de la pequeña burguesía, ya no es el himno apropiado para esta superpotencia que todos adivinamos; para esta acción política que pasará por encima de todas las convenciones y reescribirá el marxismo, el leninismo y lo que se nos ponga por delante. Necesitamos un nuevo himno.

Así que convocamos un concurso. Somos democráticos. Somos justos. Llegan poemas de todas partes de la Unión. Los mejores poetas soviéticos, cientos —¡miles!—, envían sus propuestas. Demian Bedny. Mikhail Isakovsky. Nikolai Tikhonov. Mikhail Svetlov, Yevgueni Dolmatovsky. Falta Pasternak; aún tiene miedo aunque, en cierta ocasión, cuando te propusieron detenerlo, arrestarlo en mitad de una noche de febrero, de abril, de octubre, no importa cuándo exactamente, contestaste despectivo: «Ah, Pasternak… dejadlo. Total, está en las nubes». Lees atentamente todas las propuestas, anotas y subrayas con tu lápiz rojo y azul. Finalmente seleccionas la letra compuesta por dos jóvenes poetas, el ruso Sergei Mikhalkov y el armenio Gabriel Ureklyan, quien, siguiendo una tendencia que todo buen bolchevique y todo aprendiz de literato no duda en adoptar, firma sus trabajos con un seudónimo; es ese poetastro que se hace llamar El-Registan. Es una buena canción; un «acorazado» —son tus palabras— que hace mención a la gran Rusia, a Lenin, a ti mismo, Stalin, y a la elección del pueblo. Tachas esto último con tu temido lápiz bicolor. A ver, qué coño, si ni siquiera has sido candidato en una sola elección. Nunca, jamás, en la vida o en la muerte que la siga. Y, ya puestos, suprimamos también esta palabreja, griadushchee (futuro), pues es poco probable que los campesinos la entiendan. Así sea. Tachada. Ahora que le pongan música.

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5 comentarios

  1. Excelente, muy buen desarrollo y prosa. Provoca envidia en el sentido más alto de la valoración estética.

  2. Me quedo con la original lenin fue baluarte en la urss

  3. Un excelente y pequeño cuento de terror, con un sicópata rodeado de sensibilidades aterrorizadas y con un pueblo de fondo que como ningún otro soportó penurias y humillaciones. Las notas de ese himno, atemporales, quedarán como un ejemplo de expresividad artística de un momento de la Historia cuando el sueño era aún posible.

  4. Si me permiten la expresión: acojonante. Muy bueno y además acojona.

  5. Incluso la obra propagandística del acojonado Shostakovich es cojonuda. Y gracias a su acojono y que el Gran Padrecito Mierdoso no se lo cargó, podemos disfrutar de la mejor música clásica del siglo XX.
    Gracias Dmitri.

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