
Primer acto
Cuando por fin consiguió aparcar en el laberíntico subterráneo del centro comercial se dirigió a la entrada, sacudiéndose los pasos, fermentando el humo de los coches con unas rápidas caladas a un cigarrillo. Las puertas de cristal dejaban pasar las intermitentes luces del interior de tiendas y bares como si fueran la imagen del Espítitu Santo del Tríptico del altar de Santa Columba de Rogier van der Weyden, y así, sine macula, transmutaban sus tonalidades al reflejarse en el capó de un Porsche 911 Carrera. Aquella belleza relucía cómodamente depositada ocupando dos plazas privilegiadas del aparcamiento. Apagó el ciagarrillo, se imaginó al dueño de la máquina con un pantalón beige y un chaleco acolchado azul sobre una camisa blanca, y se dijo para sí mismo, antes de entrar: vaya hijo de puta.
Segundo acto
Se repetía en su cabeza que estamos inmersos en el consumismo que se alimenta de la influencia de la publicidad y esta se basa en ideas tan falsas como que la felicidad depende de la adquisición de productos. Pero el caso es que no había conseguido llegar a tiempo para adquirir aquella oferta de smartphones. Una mañana perdida. Al salir del centro comercial se fijó en que un par de niños de cuatro o cinco años jugaban con unos cochecitos metálicos de juguete sobre el capó del reluciente Porsche 911 Carrera. Hasta a él le estaba produciendo un dolor físico ver los arañazos sobre el brillante gris plateado y no pudo evitar una mueca como si alguien le estuviera sacando una bala de su pierna. Junto al escenario del crimen, un señor, con las llaves en la mano, observaba tranquilamente. Vestía pantalones vaqueros y una sudadera con El Pingüino estampado (Danny De Vito en la película de Tim Burton), lo que le hizo comprender que podemos estar equivocados cuando estereotipamos la visión del mundo sin esperar a comprobar la verdad. Ambos cruzaron sus miradas y el otro dijo: «Nada tiene más valor que la felicidad de unos niños». Pensó que a veces los hijos merecen una colleja, pero, en fin, igual se puede tener pasta, buen gusto para los coches, y no ser un hijo de puta.
Tercer acto
Se dirigió a su plaza de aparcamiento, tal y como había llegado unas horas antes (efectivamente, sacudiéndose los pasos y fermentando el humo de los coches con unas rápidas caladas a un cigarrillo). El tipo de la sudadera de Danny De Vito también se movió unos pasos, alzó la mano con las llaves y presionó el botón. Oyó el típico ruido de apertura sincronizada de puertas, ese que suena como si estrangulases dos gorriones, uno en cada mano, en menos de un segundo. Pero el Porsche se quedó muerto, apagado, mientras los querubines continuaban haciendo honor al nombre de la máquina, compitiendo con sus miniaturas sobre su piel metalizada. Fue entonces cuando vio los intermitentes de un Dacia Logan aparcado cerca. El de las llaves se dirigió a la berlina, entró, arrancó y se fue. A medio camino de su aparcamiento se dio cuenta de que aquel tipo no era el padre de los niños. Tampoco era el dueño del Porsche. Pensó con media sonrisa asomándose en su boca: qué hijo de puta.
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Esta interesante historia me atrapó a partir del segundo acto. Del primero me resulta innatural imaginarme que el “laberíntico aparcamiento subterráneo” esté inmediatamente adosado a los negocios, en el subsuelo. Quizás sea mi subjetividad producto de la costumbre de aparcar y subir a los planos superiores, o una nueva arquitectura comercial que desconozco, o tal vez sea una técnica narrativa suya que trata de justificar en ese párrafo que comienza con… “Supongamos…” y que no entendí muy bien. De cualquier manera, es repulsivo ver un objeto que se desliza sobre esa belleza de auto.
Lo cierto es que pensaba en el centro comercial Salera en Castellón, cuya planta subterránea tiene comercios y el aparcamiento, pero tienes razón, no me había dado cuenta.
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