
A comienzos de 1802, una potente fuerza expedicionaria de más de treinta mil hombres arribó a las costas de Saint-Domingue. La comandaba Charles Leclerc, general de brigada de la máxima confianza de Napoleón Bonaparte, pues no en vano estaba casado con su hermana Pauline. El todavía primer cónsul y futuro emperador había decidido recuperar el control de su colonia más preciada, la parte occidental de la Española, donde once años atrás se había desencadenado una masiva insurrección de esclavos. Los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, momentáneamente triunfantes en Francia pero ignorados en sus posesiones del Caribe, habían alentado esta revuelta liderada por el negro liberto Toussaint Louverture, que había establecido un régimen leal a la metrópoli pero autónomo y basado en el trabajo asalariado.
Menos de dos años después, los sueños coloniales de Bonaparte se habían trocado en pesadilla. La fiebre amarilla había aniquilado las tropas francesas, incluyendo a Leclerc, y tan solo una cuarta parte de sus soldados seguía con vida. Pronto serían definitivamente derrotados en la batalla de Vertieres y expulsados de la isla. Su única huella perdurable consistiría en un brutal rastro de muerte y devastación que terminaría por empujar a los insurgentes hacia la barbarie. Bajo el gobierno de Louverture, la minoritaria clase hacendada blanca había conservado sus plantaciones en propiedad. Pero este había sido capturado, y resultado muerto tras un breve encarcelamiento en la región más fría de toda Francia, y su sucesor, el antiguo esclavo Jean-Jacques Dessalines, se había mostrado mucho menos tolerante. La inminente proclamación de independencia de Haití vendría acompañada del exterminio de los pocos europeos que todavía permanecían en su territorio.
Hoy en día, esta nación antillana es la más pobre de todo el continente americano, al tiempo que una de las más densamente pobladas. Pero no siempre fue así, no al menos lo primero, pues poco antes del levantamiento de los esclavos aportaba la cuarta parte de la riqueza de su metrópoli. De hecho, la todavía francesa Saint-Domingue se convirtió en el paradigma de las economías extractivistas que los países europeos instauraron en la América tropical durante la Edad Moderna. Lo logró, eso sí, a costa de la deforestación de sus bosques y la subsecuente erosión de sus suelos, problema que aún arrastra, y la constante llegada de carne fresca procedente de África. El extenuante ritmo de trabajo en sus plantaciones requería un suministro continuo de esclavos, cuyo número en esta colonia rebasaba al de ciudadanos libres blancos en veinte a uno. Todo con el único fin de que Europa recibiese puntualmente los bienes que pedía: algodón, índigo, cacao, café, tabaco y, sobre todo, azúcar, mucho azúcar.
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Oportuna divulgación de una parte, para nada edificante, de nuestro pasado común. Es difícil sentirse humano cuando se comparte la Historia. Muy buena lectura.
De África, en mis pagos solo quedaron las murgas
de blancos pintados de negro con el ritmo prestado
de mazurcas, valses, tarantelas y al final el tango.
“Candombe, candombe negro, candombe de Buenos Aires
Por las calles de San Telmo viene golpeando la calle..”