Una historia amarga

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Cortadores de caña en Jamaica. Década de 1880. DP.

A comienzos de 1802, una potente fuerza expedicionaria de más de treinta mil hombres arribó a las costas de Saint-Domingue. La comandaba Charles Leclerc, general de brigada de la máxima confianza de Napoleón Bonaparte, pues no en vano estaba casado con su hermana Pauline. El todavía primer cónsul y futuro emperador había decidido recuperar el control de su colonia más preciada, la parte occidental de la Española, donde once años atrás se había desencadenado una masiva insurrección de esclavos. Los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, momentáneamente triunfantes en Francia pero ignorados en sus posesiones del Caribe, habían alentado esta revuelta liderada por el negro liberto Toussaint Louverture, que había establecido un régimen leal a la metrópoli pero autónomo y basado en el trabajo asalariado.

Menos de dos años después, los sueños coloniales de Bonaparte se habían trocado en pesadilla. La fiebre amarilla había aniquilado las tropas francesas, incluyendo a Leclerc, y tan solo una cuarta parte de sus soldados seguía con vida. Pronto serían definitivamente derrotados en la batalla de Vertieres y expulsados de la isla. Su única huella perdurable consistiría en un brutal rastro de muerte y devastación que terminaría por empujar a los insurgentes hacia la barbarie. Bajo el gobierno de Louverture, la minoritaria clase hacendada blanca había conservado sus plantaciones en propiedad. Pero este había sido capturado, y resultado muerto tras un breve encarcelamiento en la región más fría de toda Francia, y su sucesor, el antiguo esclavo Jean-Jacques Dessalines, se había mostrado mucho menos tolerante. La inminente proclamación de independencia de Haití vendría acompañada del exterminio de los pocos europeos que todavía permanecían en su territorio.

Hoy en día, esta nación antillana es la más pobre de todo el continente americano, al tiempo que una de las más densamente pobladas. Pero no siempre fue así, no al menos lo primero, pues poco antes del levantamiento de los esclavos aportaba la cuarta parte de la riqueza de su metrópoli. De hecho, la todavía francesa Saint-Domingue se convirtió en el paradigma de las economías extractivistas que los países europeos instauraron en la América tropical durante la Edad Moderna. Lo logró, eso sí, a costa de la deforestación de sus bosques y la subsecuente erosión de sus suelos, problema que aún arrastra, y la constante llegada de carne fresca procedente de África. El extenuante ritmo de trabajo en sus plantaciones requería un suministro continuo de esclavos, cuyo número en esta colonia rebasaba al de ciudadanos libres blancos en veinte a uno. Todo con el único fin de que Europa recibiese puntualmente los bienes que pedía: algodón, índigo, cacao, café, tabaco y, sobre todo, azúcar, mucho azúcar.

Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que la tan humana pasión por el dulce fue la principal fuerza motriz del proceso de migración forzosa más grande de la historia. Entre 1500 y 1840, el Nuevo Mundo recibió unos 11,7 millones de esclavos nativos del África Occidental. Nueve de cada diez de ellos lo hicieron para faenar en sus plantaciones, donde la caña de azúcar ocupó un lugar estelar. La razón es simple: no había cultivo más lucrativo ni con mayor demanda. Aunque tampoco uno que conllevase mayores tasas de mortalidad debido a las durísimas condiciones de trabajo que implicaba. Como prueba, basta remitirse a la Historia de las Indias de fray Bartolomé de Las Casas, que ya a mediados del siglo XVI escribió: «Antiguamente, antes que hubiese ingenios, teníamos por opinión en esta isla, que si al negro no acaecía ahorcalle, nunca moría, porque nunca habíamos visto negro de su enfermedad muerto, porque cierto hallaron los negros, como los naranjos, su tierra, la cual les es más natural que su Guinea, pero después que los metieron en los ingenios, por los grandes trabajos que padecían y por los brebajes que de las mieles de caña hacen y beben, hallaron su muerte y pestilencia, y así muchos dellos cada día mueren; por esto se huyen cuando pueden a cuadrillas, y se levantan y hacen muertes y crueldades en los españoles, por salir de su captiverio cuantas la oportunidad poder les ofrece».

La presencia de la caña de azúcar en América es tan antigua como el propio descubrimiento de este continente por parte de los europeos. El mismo Cristóbal Colón la transportó allí en su segundo viaje de exploración, al igual que hicieron los portugueses en cuanto tomaron posesión de las costas de Brasil. Para entonces, esta planta ya había recorrido un largo camino, pues se había domesticado en la lejana isla de Nueva Guinea diez mil años antes y, con escalas en la India y el Oriente Próximo, había llegado al mundo mediterráneo bajo el influjo de la dominación árabe. Un largo trayecto durante el cual se fueron desarrollando las técnicas de elaboración que finalizan en los cristalinos granos de dulzura concentrada que por aquel entonces solo deleitaban a los más pudientes, así como poniendo de manifiesto que la rentabilidad de este cultivo está íntimamente ligada al establecimiento de grandes producciones. Los portugueses propiciarían un gran, y nefasto, salto en este sentido poco antes de su desembarco americano, al utilizar por primera vez esclavos africanos como principal mano de obra en sus cañamelares de la isla de Madeira.

La entronización del azúcar como el rey de los bienes de consumo con destino a Europa, sin embargo, no sucedería hasta pasada la mitad del siglo XVII, una vez que ingleses, holandeses y franceses aprovecharon la debilidad del Imperio español para establecerse en distintas zonas del Caribe. Estos países llevarían el régimen implantado por Portugal en sus posesiones de Madeira y Brasil hasta sus últimas consecuencias y convertirían a Barbados, Jamaica, la parte occidental de la Española y las Guayanas en inmensos sistemas de plantaciones basados en el trabajo esclavo. Llegaban los tiempos del famoso comercio triangular, un negocio tan espléndido para las metrópolis como a la larga ruinoso para sus colonias americanas y el África occidental.

Barbados, 1914. Fotografía: Nationaal Museum van Wereldculturen. CC BY-SA 3.0

De Europa a África artículos manufacturados, de África a América esclavos, «piezas» según el argot de la época, y de América a Europa los frutos de la agricultura comercial caribeña, con el azúcar a la cabeza. Así quedó configurado este triángulo absolutamente irregular pues, mientras el primer vértice pudo lustrar su Siglo de las Luces potenciando su industria, el segundo se desangró y el tercero se vio atrapado en un modelo que no le permitió desarrollarse económicamente. Hay que decir, en cualquier caso, que la estampa que se conserva de reyezuelos de las Guineas aceptando baratijas a cambio de sus capturas en el interior es totalmente falsa. Sabían bien qué pedir, armas y textiles principalmente, y las negociaciones se producían de igual a igual. En este sentido, nos encontramos ante un nuevo ejemplo de las miserias del ser humano. Mal que nos pese, el expolio africano se hizo en connivencia con la parte de ese continente que se vio beneficiada con el intercambio. La esclavitud como institución estaba plenamente asentada en ambas sociedades y ni compradores ni vendedores ponían reparos morales a la trata de seres humanos.

Tampoco las tenía nuestro país que, sin embargo, se mantuvo bastante al margen de este comercio. Durante los siglos XVII y XVIII, España importaría muchos menos esclavos que Portugal, Inglaterra y Francia, a pesar de la vasta extensión de sus dominios americanos. Hasta el final de esa segunda centuria, además, no autorizó a sus súbditos la adquisición de esclavos fuera de sus fronteras, si no que concedió licencias, los llamados asientos, a traficantes de otras nacionalidades para que se encargasen de los envíos. La razón debemos buscarla en su persistencia en continuar con un modelo económico que se estaba quedando caduco. Y así, al tiempo que fuera de la península ibérica el libre mercado se iba imponiendo y grandes sociedades mercantiles crecían a costa de la trata, la corona española siguió ejerciendo un férreo control sobre su sistema productivo y privilegiando los monopolios. Una disparidad que tiene mucho que ver con las propias riquezas de los territorios españoles ultramarinos, pues de Potosí, Guanajuato y Zacatecas se extraían cantidades ingentes de plata. Las fecundas minas del Perú y Nueva España marcaron para bien y para mal la agenda de nuestro país, que concentró sus esfuerzos alrededor de su explotación y no prestó excesiva atención a las posibilidades de sus posesiones antillanas.

Por ello, España apenas sucumbió a la fiebre por cultivar caña de azúcar que sí afectó al resto de potencias coloniales y que provocaría un vuelco en los patrones de consumo europeos. Y es que, una vez que ingleses y franceses establecieron sus sistemas de plantaciones en el Caribe, la misma sustancia que hasta ese momento había tenido categoría de especia de lujo pasaría a considerarse en pocas décadas un alimento de uso común. A mayor producción, menor precio, pero un negocio igual de boyante al haber cada vez más personas capaces de comprarla habitualmente. Y como la pasión humana por el dulce no está sujeta a modas ni clases sociales, una demanda siempre creciente que obligó a su vez a ir aumentando la mano de obra al otro lado del océano Atlántico.

Según los ingenios azucareros se multiplicaban, también lo hacían los trabajadores necesarios para acometer las penosas tareas que requería su explotación. En el campo, había que roturar el suelo, y eliminar selva para plantar nuevos cañaverales, sembrar los esquejes y regarlos periódicamente, y cosechar manualmente a base de machete. Todo ello bajo un sol tropical implacable y con la labor añadida de cultivar sus propios alimentos en las escasas horas libres de que disponían. Luego, en los trapiches, tocaba moler las cañas y hervir su jugo en grandes calderos de cobre, hasta obtener un jarabe que se depositaba en los moldes de cerámica donde el azúcar cristalizaba al enfriarse. Y aún quedaba procesar la melaza sobrante, fermentándola y destilándola, para elaborar el ron que tan importante resultaría para el Imperio británico. Sus tropas llegaron a consumir veinte millones de litros en un solo año.

Curiosamente, al menos de inicio, los esclavos africanos no soportarían en solitario los rigores de estas duras actividades. Al lado de ellos, sobre todo en las colonias inglesas, tuvieron a europeos libres emigrados a América bajo la figura del sirviente por contrato. Estos normalmente eran infortunados que no podían pagarse el pasaje y saldaban su deuda trabajando sin remuneración por un periodo determinado, habitualmente entre cuatro y siete años. Y aquí topamos con una extraña paradoja que nos habla del porqué de un fenómeno tan cruel, y al mismo tiempo tan insólito, como la trata de negros transatlántica. A pesar de que los esclavos africanos presentaban serias desventajas con respecto a los braceros europeos, como no hablar la lengua de sus patronos o carecer de incentivo alguno para realizar sus faenas de forma eficiente más allá del látigo de nueve colas, acabarían por convertirse, muy a su pesar, en la mano de obra preferida de las plantaciones.

Existen varios motivos que explican esta elección que llevó a morir esclavizados a millones de seres humanos. El primero lo encontramos en los propios condicionantes de la época. El siglo XVII fue un periodo terrible para Europa, lleno de hambrunas, guerras y conflictos sociales, entre otras cosas porque el enfriamiento provocado por la llamada Pequeña Edad de Hielo se mostró particularmente acusado a mitad de esa centuria. Estas calamidades generaron multitudes dispuestas a emigrar para huir de la miseria, circunstancia que se daría en menor medida durante el más apacible siglo siguiente. Pero uno segundo, acaso más importante, hemos de buscarlo en dos minúsculos polizones que, sin nadie advertirlo, acompañarían a los desdichados africanos que atravesaron el océano Atlántico amontonados en las bodegas de un barco negrero.

Cuba, ca. 1908. Fotografía: Library of Congress. DP.

Cuando los europeos penetraron en América acarrearon consigo una batería de enfermedades infecciosas que desencadenaron una verdadera catástrofe demográfica. El Nuevo Mundo había permanecido aislado del bloque euroasiáticoafricano por más de quince mil años y sus habitantes no contaban con las defensas necesarias para luchar contra unos gérmenes desconocidos en el continente hasta ese momento. La viruela, la peste, el sarampión e incluso la gripe provocaron tales estragos que la población indígena llegó a verse reducida en nueve décimas partes. Pero es que, además, en cuanto comenzó la trata de esclavos con la que los conquistadores intentaron paliar los efectos de la hecatombe en la fuerza de trabajo disponible, se inició una segunda fase de este macabro intercambio colombino que cambió para siempre las condiciones de vida de amplias zonas de sus trópicos. Esta nueva etapa sería protagonizada por la malaria y la fiebre amarilla, dos asesinos silenciosos procedentes del África occidental para los que los esclavos oriundos de esta región presentaban importantes ventajas adaptativas.

Contra la malaria eran fundamentalmente genéticas, fruto de la convivencia de sus ancestros con esta enfermedad durante milenios. Y contra la fiebre amarilla adquiridas, pues la habían padecido en su niñez, edad a la que esta infección vírica resulta mucho más benigna, y habían quedado inmunizados. Sea como fuere, una vez que estas dos plagas se asentaron en el Caribe, toda la región se volvió tremendamente insalubre para los europeos y los indígenas americanos, pero no para los africanos. Mientras que unos se enfrentaban por primera vez a estos males, y sufrían por ello una gran mortandad, los otros continuaban en un ambiente patogénico al que estaban habituados y que acabó por granjearles una fama de invulnerabilidad que sería su perdición.

Porque ellos también morían, como pudimos comprobar en el texto de fray Bartolomé de las Casas. Las horrendas condiciones de trabajo a las que eran sometidos terminaban por minar su salud. Por eso se revelaban con frecuencia y escapaban en grandes grupos para formar quilombos que lograban oponerse con éxito a sus antiguos amos. La mayoría de estos negros cimarrones poseían experiencia militar, no en vano muchos habían sido esclavizados como prisioneros de guerra, y su resistencia constituyó un auténtico quebradero de cabeza para las administraciones coloniales. Buen ejemplo de ello es el proceso de emancipación de Haití, si bien su triunfo le salió caro. El sangriento desenlace del levantamiento esclavo horrorizó de tal modo a las potencias europeas que sus gobernantes decidieron dejar a la joven nación completamente fuera del concierto internacional.

La independencia haitiana supondría además un importante punto de inflexión en el mercado del azúcar, al servir de detonante de un descubrimiento que iba a alterar de manera sustancial la oferta disponible de este edulcorante. Tras la pérdida de su antigua colonia, Francia se vio obligada a encontrar una alternativa para saciar el ansia de dulce de sus súbditos, con el agravante añadido de tener las comunicaciones marítimas cortadas debido al bloqueo de la armada británica. Hablamos de un problema que alcanzaría el estatus de asunto de Estado, pues el propio Napoleón Bonaparte se involucraría en su resolución. Primero envió una comisión a Prusia, donde poco antes se había descubierto el potencial de la remolacha como fuente azucarera y ya existía una refinería que rendía pequeñas cantidades del compuesto. Y luego, en 1811, promulgó un edicto que ordenaba el cultivo a gran escala de esta planta, al tiempo que encomendaba a sus científicos la búsqueda de fórmulas que mejorasen el proceso. Incluso ofreció el nombramiento de barón del Imperio como recompensa al primero que lograse este objetivo, premio que finalmente recayó sobre el banquero y naturalista aficionado Benjamin Delessert.

Tras las guerras napoleónicas, buena parte de los países europeos se sumaron a la apuesta francesa por la remolacha y para finales del siglo XIX la mayoría del azúcar consumida en el continente se originaba en sus campos gracias a esta planta. No sería este el único cambio que acontecería en aquella época de enormes transformaciones, aún ocurriría otro más importante: el fin de la institución que había sostenido el sistema de plantaciones. Reino Unido daría el primer paso, al prohibir en 1807 la trata de negros en sus territorios y abolir totalmente la esclavitud tres décadas más tarde, concretamente en 1834. Con ello, más que ofrecer al mundo un bello gesto de índole humanitaria, reconocía de una vez por todas las indudables ventajas de recurrir a los servicios de trabajadores libres asalariados, y por tanto sujetos a incentivos capaces de mejorar su rendimiento. A partir de ahí, el ejemplo británico cundiría en el resto de naciones europeas, si bien unas se resistirían más que otras. Verbigracia, nuestro propio país, que curiosamente iba a utilizar durante este periodo más esclavos que en los años dorados de su imperio. La razón de nuevo debemos buscarla en el azúcar. Una vez que sus posesiones americanas quedaron reducidas a Cuba y Puerto Rico, España se acordó de las posibilidades económicas de este compuesto y adoptó hasta una fecha tan tardía como 1886 el mismo modelo esclavista que ya había perdido vigencia en el resto de islas caribeñas.

Hoy en día, el comercio de seres humanos que una vez formó parte de nuestro acervo cultural nos es totalmente ajeno. Pero no sucede lo mismo con la pasión por el dulce que lo espoleó. Esa permanecerá siempre a nuestro lado, incapaces de satisfacerla plenamente. Si hace dos siglos se producían mundialmente alrededor de medio millón de toneladas de azúcar al año y hace uno habían aumentado a seis millones, actualmente rebasan las ciento se sesenta millones. Tres cuartas partes de ellas salen de cañamelares tropicales, donde ya no trabajan esclavos pero sí braceros que se afanan de sol a sol por sueldos míseros, si bien Europa mantiene su confianza en la remolacha. Ni siquiera las crecientes evidencias científicas que relacionan el consumo excesivo de esta sustancia con distintas enfermedades han frenado su escalada. Todos queremos nuestra ración de este sabor tan asociado al placer como incitador a la desmesura.


Bibliografía

Mintz, S. W. 1986. Sweetness and power. Penguin Books.

Diamond, J. 2007. Colapso. Editorial Debolsillo.

Piqueras, J. A. 2011. La esclavitud en las Españas. Los libros de la catarata.

Castro, N.; Villadiego, L. 2013. Amarga dulzura. Carro de combate.

Mann, C. C. 2013. 1493. Una nueva historia del mundo después de Colón. Katz editores.

Spary, E. C. 2014. Feeding France. Cambridge University Press.

Morgan, K. 2017. Cuatro siglos de esclavitud transatlántica. Editorial Crítica.

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1 comentario

  1. Oportuna divulgación de una parte, para nada edificante, de nuestro pasado común. Es difícil sentirse humano cuando se comparte la Historia. Muy buena lectura.
    De África, en mis pagos solo quedaron las murgas
    de blancos pintados de negro con el ritmo prestado
    de mazurcas, valses, tarantelas y al final el tango.
    “Candombe, candombe negro, candombe de Buenos Aires
    Por las calles de San Telmo viene golpeando la calle..”

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