
Nos habíamos perdido, y no era el mejor sitio donde perderse. Estábamos en Fillmore, un barrio perdido en el Lower East Side de Buffalo, Nueva York, dando vueltas más o menos al azar con el coche intentando alcanzar un edificio abandonado. Buffalo Central Terminal, la enorme estación de tren construida en 1929 por el New York Central, estaba ahí mismo, en medio de un descampado, con las agujas neogóticas de su torre art déco claramente visibles. Todas las calles alrededor parecían estar cerradas, en obras o ir en dirección contraria. El parque frente a la estación, años atrás espléndido, permanecía desierto.
La estación, en desuso desde 1979, está cerrada al público; una magnífica, gigantesca terminal ferroviaria con catorce andenes construida para manejar más de trescientas circulaciones diarias, ahora un coloso tétrico y medio olvidado utilizado en raras ocasiones para eventos, siempre objeto de planes para su restauración que nunca se cumplen. Es un edificio maldito en medio de una ciudad maldita, una reliquia de glorias pasadas, como muchas otras estaciones del medio oeste del país. Claro que quería verla de cerca.
La ciudad de Buffalo, al igual que muchas otras ciudades del antiguo corazón industrial de Estados Unidos, había vivido tiempos mejores. En 1950 era una ciudad de quinientos ochenta mil habitantes, rica y próspera gracias a sus fábricas y su privilegiada situación geográfica. Lo que era un pueblecito anodino a principios del siglo XIX se convirtió en un nudo clave de comunicaciones en 1825, con la construcción del canal del Erie. El ferrocarril no hizo más que reforzar su importancia, al estar en el camino natural de la ruta del New York Central entre Nueva York y Chicago. A finales de siglo, cuando el vapor empezó a dar paso a la energía eléctrica, la proximidad de la ciudad con las cataratas del Niágara y sus centrales hidroeléctricas hizo que Buffalo pudiera atraer acerías e industria pesada. Fue entonces cuando se ganó el apodo de City of Light, al ser una de las primeras ciudades del mundo que adoptó la iluminación eléctrica. Buffalo Central Terminal se construyó para servir a una ciudad que iba a crecer hasta tener un millón y medio de habitantes, en el centro de una urbe rica y próspera.
Esta prosperidad, sin embargo, iba a ser efímera. La apertura del canal de San Lorenzo redujo la importancia de Buffalo como centro logístico. Los barcos mercantes en los grandes lagos tenían ahora salida directa al mar y no necesitaban ya la conexión ferroviaria con Nueva York. La industria empezó a desaparecer, la mayoría camino de los estados del sur. El automóvil y las autopistas interestatales empezaron a quitar tráfico al New York Central, y permitieron que las clases medias de la ciudad empezara a mudarse hacia los suburbios.
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Iba a decir que no hace falta ir tan lejos para hablar sobre esto, pero después he descubierto que el autor es un señor vecino de Connecticut, así que me callo.
Muy interesante artículo.
Estaría bien que un redactor de JotDown empadronado en España se diera un garbeo por Ferrol, Avilés, León o Salamanca, por poner unos ejemplos, y nos ilustrara sobre el declive de estas ciudades medias españolas.
Al parecer, despues de varias décadas perdiendo poblacion, el censo de 2020 indicará que Detroit, Michigan, arrojará un número mayor de habitantes respecto al censo 2010…
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