Arte y Letras Lengua

Diario de una lengua al otro lado del océano

(Detalle) Visscher, N., Atlas Contractus Orbis Terrarum,(Amsterdam) c. 1659.

Amañaron todas las velas, y quedaron con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes, que llegaron a una islita de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní.

Un genovés al que apenas unas horas antes todos habían tachado de loco desliza la pluma suavemente sobre las páginas de su diario. En concreto, las líneas que aparecen sobre el blanco y que hemos reproducido centímetros arriba fueron escritas el 12 de octubre de 1492, justo el día en el que todo cobró sentido, y ya dejan constancia de la primera grieta que hubo de originarse tras el choque entre las dos culturas: la comunicación. Aquel crisol de lenguas de fonética diabólica (vaya usted a saber qué sonidos escuchó aquel que transcribió el término «Guanahaní») fue mezclándose poco a poco con el idioma que había cruzado el océano a lomos de las tres carabelas. Los dialectos nacidos de aquella suave mezcla conformarían, varios siglos después, la segunda lengua materna más hablada del mundo.

Comenzaba un big bang cultural del que daría testimonio, como siempre, el arma más certera en manos del intelecto: la literatura. Desde el Inca Garcilaso hasta Borges. Desde los mapuches hasta el caldillo de congrio. Desde Moctezuma hasta la Maga. La historia del texto hispanoamericano es, en cierto modo, la crónica de la evolución de un idioma al otro lado del océano. El vocabulario, lejos del viejo dialecto peninsular, se desmelena hasta legarnos una riqueza léxica inigualable. A nivel fonético, un castellano plagado de andalucismos se va maquillando con tonos aborígenes y africanos. La semántica se multiplica. La sintaxis se engalana. Todo al servicio de las costumbres americanas, que evolucionan junto a esa palabra que, poco a poco, se va moldeando.

Han pasado innumerables vidas desde aquella primera hoja del diario. El siglo XXI observa a través de la lejanía cómo los dialectos hispanoamericanos se ven irremediablemente condenados a abandonar la casa. Llegará un día en el que habrán conseguido separarse tanto de aquel viejo idioma garabateado por Colón, que darán pie a nuevas lenguas, hijas de un desembarco en el que nadie creyó. Se olvidarán de la vela, el treo y la corda. Del caldillo de congrio, de la Maga y del otro lado del océano. ¿Qué nos quedará entonces? Una lengua madre, el español, que fue testigo de cómo un pueblo crecía allende los mares. Que sea la literatura la que hable.

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Un comentario

  1. Qué excelente artículo, señor. ¡Y qué prosa!, con infinidad de evocaciones que, si no fuera que conozco como cualquier otro los pormenores navales del descubrimiento, no hubiera entendido casi nada de ese castellano retorcido e innatural. Una imagen sin par son recorrer los subsiguientes hechos históricos lexicales que tuvieron origen en esa página pocos días después del descubrimiento que, y me perdone la obviedad, como todo descubrimiento es hijo de la ignorancia, pero en este caso una ignorancia que dio lugar a un nuevo mundo, a una nueva y desconocida humanidad tan distinta de los resultados de los descubrimientos científicos que también son hijos de la ignorancia. Y aquí no se puede no estar de acuerdo con los versos de la polaca Wislawa que decía con velada resignación que no se estaba tan mal sobre esta Tierra mientras hubiera paraguas, zapatos y pañuelos para llorar y en donde la ignorancia tiene tanto trabajo (en el sentido de que, como nosotros, animales privilegiados, también la ignorancia se esforzaba por no ser tal) Gracias y aplausos por el momento literario

    Bien dicho, que sea la literatura la que hable,
    pues con ella es como hablar con el vientre
    de la madre, oquedad tibia de una página
    virgen e ingenua de las babilonias por venir
    refrendadas por contratos de costumbres,
    versos, sangre, más pasión que sano juicio
    pa’ hacer cuadrar el círculo de la Constitución,
    donde todos los hombres de buena voluntad
    son iguales y tienen derecho y la obligación de
    vivir juntos en contrapunto, como una payada
    entre el Diablo y Santos Vega a la lumbre de
    Las Tres Marías y del Lucero frio y mañanero
    que nos dieron este idioma nuevo e irreverente
    que a España le tomó el pelo truncando acentos,
    ignorando las aristocráticas declinaciones y dobles ele:
    «ustedes y vos son muchos más que mil vosotros»,
    que no es pa’todos la bota e’potro de la lengua
    cuando las madres cambian de estrellas y de paraje,
    que es más nutriente un choclo, un che, una cancha,
    o un poncho guaraní que una espada de Toledo
    o los oros mal habidos de Sevilla y de Madrid,
    que es mejor un Sarmiento reaccionario, aunque
    haya llenado de inútiles gorriones parisinos
    Buenos Aires mientras escriba para la eternidad
    camino al exilio “Necios, las ideas no se matan”
    o el desmadre lexical de un loco revolucionario
    con esa frase enigmática “hasta la victoria siempre”
    sin considerar que vivir es, aunque no queramos
    una gramatical derrota existencial solo consolada
    por ese sistema de sonidos más de barrio, de calle,
    de potrero, de amores clandestinos en los zaguanes,
    de velorios graves con mate, Cristos y hondos patios
    en poder de la noche, de la luna, el aljibe y los espejos,
    que no necesita de tratados para saber lo que el otro
    dice, estaba por o ha dejado de decir con el silencio.

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